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No me des coba, pofavó

Sin ánimo de ofender a nadie, creo que muchos flamencos son excesivamente teatreros. Les gusta aparentar. No me refiero a la vida diaria, sino a la vida artística, a la actitud en el escenario.

Sin ánimo de ofender a nadie, creo que muchos flamencos son excesivamente teatreros, les gusta aparentar. No me refiero a la vida diaria, que ahí pecamos todos en mayor o menor medida, sino a la vida artística, a la actitud en el escenario. La seguridad en los andares de un bailaor pone de manifiesto desde el primer paso esa confianza en sí mismo, de ahí que una de las varias teorías sobre el origen de la palabra flamenco atribuida al género que nos ocupa se refiera a la similitud entre un artista flamenco y el ave del mismo nombre, siempre altivo y mirando con desdén a diestro y siniestro, como diciendo: aquí estoy yo, y esto es lo que hay. Digamos que es congénito al flamenco. Un cantaor que no mira desafiante, un guitarrista que no se estremece en un picado, un bailaor que no tiene esa actitud no son buenos flamencos. Y de ahí que personalmente considere que abusar de ese tipo de ademanes no favorece, sino todo lo contrario. El público es más listo de lo que muchas veces pueda pensar un artista. No se deja engañar tan fácilmente y al final tanto gesto innecesario juega en contra de quien lo hace. Intentar hacer creer algo que realmente no es, forzar la apariencia, transformar la cara a base de muecas en un semblante desagradable que afean mucho y no aportan nada es contraproducente.

 

Es cierto que la teatralidad es inherente a la expresión artística. Me lo decía un día el fallecido Gonzalo Torrente Malvido (Malavida le llamábamos) con palabras similares a estas: “El artista es un engañador profesional. Hacer creer al escuchante lo que realmente no es, llevárselo a su terreno para transportarlo a lugares desconocidos de la mente y el espíritu. El que mejor hace eso es el mejor artista, el creador de artificio”. Repasemos algunos de los gestos más comunes entre los flamencos para hacer creer al público que los duendes te han llevado a un estado de éxtasis que al parecer solo ellos son capaces de alcanzar.

 

Cabecita al cielo. Fue Paco de Lucía, forzado quizá por sus vertiginosos picados, quien comenzó a levantar la cabeza mientras tocaba, gesto que siguió Vicente y que hoy es casi imposible no ver en guitarrista alguno. Sin embargo, muchas veces, demasiadas quizás, está totalmente injustificado dicho gesto. Entiendo que es muy difícil tocar algunos pasajes en la guitarra, instrumento por otra parte de un virtuosismo insólito, pero de ahí a estar cuatro minutos que dura por ejemplo una taranta con la cabeza hacia atrás resulta exagerado. En algunos resulta incluso tan poco creíble que más que tocando parece estar durmiendo una siesta.

 

Desplante angelical. Si hay algo que nunca he soportado en los artistas del baile es que, para rematar un desplante, se acerquen a la boca del escenario, se sitúen en el centro y abran los brazos casi exigiendo el aplauso del público. En ocasiones parecen casi balbucear: ¡aplaudidme, cabrones!, ¡que es más difícil que soltéis un ole a encontrar una abuela que se llame Jennifer! El ole hay que ganárselo, pichón, y esas estratagemas típicas de la televisión, aunque funcionan, no son éticas. Ya lo decía mi maestro Antonio Gades: antes que la estética está la ética del arte.

 

Manos rompecamisas. ¿Cómo es posible que un cantaor mientras entona una letra, pongamos Los pajaritos y yo nos levantamos a un tiempo..., el gesto de las manos sea el propio de estar cantando Mataste a mi hermano…? Soy de la opinión que hay que “contar los cantes”, y los gestos de manos y cara deben ir acordes al contenido de la letra.

 

 

«Hay que saber jalear y los oles hay que darlos a tiempo. (…) Recuerdo una vez que me tuve que levantar y decir: ¡no jalees tanto, picha, que no me dejas escuchar el final de la letra!»

 

 

Repiqueteo palmar. Las palmas son el instrumento de percusión flamenca por antonomasia. Los palmeros resultan hoy imprescindibles en un cuadro aunque no sea de baile. Una buena pareja de estos músicos flamencos puede ayudar mucho a lograr el éxito siempre deseado por un solista. Aunque también puede dar al traste con esa pretensión. Es bastante común escuchar palmas poco adecuadas a los diferentes momentos de un número concreto. Las llamadas sordas tienen su lugar y las abiertas lo mismo. Doblarlas siempre es un atractivo, pero una cosa es el uso y otra el abuso.  

 

El ronco de pega. Lo peor de un flamenco, y de cualquier otra expresión artística, es la ausencia de naturalidad. Ser poco natural es detestable. Y entre las desnaturalizaciones más comunes en el flamenco está el impostar la voz falseando el timbre natural que cada uno tenemos, que viene condicionado por la fisiología de cada cual, para así lograr dar coba al público con una voz digamos más ronca, más gitana si quieren. Algunos lo practican desde hace tanto tiempo, desde que empezaron prácticamente, que no son capaces ya de cantar de forma natural. Con lo que conlleva el hacer mal uso de la garganta (laringe y cuerdas vocales), lesiones de por vida y quedarse mudo con cincuenta tacos. Pero claro, como lo ronco cotiza al alza, enga, tolmundo a imitar el timbre de Borrico o Manuel Agujetas. Cada uno debe cantar con la voz que Dios le ha dado y siempre llegará más al público que intentando sonar de forma artificial.

 

El jipío interminable. Ligar los tercios de un aliento es una de las cualidades más valoradas por el escuchante de flamenco. Pero lo que no es de recibo es intentar ligar los seis tercios de un fandango de un solo jipío. Eso ya es exagerado y además no suena natural. No lo digo por nadie en especial, que sí, pero confieso que he llegado a sentir fatiga escuchando a un cantaor que, a costa de ponerse colorao y marcando vena en el cuello, logra ligar los tercios asfixiándose. Eso tampoco es, pichita.

 

 

«Lo puro es lo que se hace de verdad, desde el corazón, de veras, y eso es lo que debe imperar en una expresión artística tan completa como es nuestro flamenco»

 

 

El público jaleador. Entiendo que haya sectores del público que quieran demostrar su conocimiento del género soltando a cada compás un jaleo al artista de turno, aunque en muchas ocasiones moleste al resto de los asistentes. Siempre he estado muy de acuerdo con la máxima de que hay que saber jalear y los oles hay que darlos a tiempo. Un jaleo a destiempo puede destemplar al intérprete, lo mismo que uno a tiempo le anima. No abusemos de los jaleos que, sobre todo en las peñas, donde parece que todo el mundo tiene la necesidad de demostrar a los demás su conocimiento cabal del arte de jalear, a veces llegan a ser muy molestos. Recuerdo una vez que me tuve que levantar y decir: ¡no jalees tanto, picha, que no me dejas escuchar el final de la letra! 

 

La letra incomprensible. Y ya que estamos con las letras quiero apuntar que otra de las máximas del cante, de la música vocal en general, es vocalizar de forma que se comprenda la letra. Hay cantaores con unas cualidades vocales excepcionales pero no se les entiende nada. Y eso tampoco es.

 

Podría seguir con otros usos y costumbres de cara a la galería poco eficaces, como el abuso del zapateado, el volumen excesivo de los suelos amplificados, los a veces desaliñados picados de vértigo que más vale ahorrárselos, la escobilla sin fin que dura más que todo el número, o lo que podemos llamar el tarantito por tangos, hacer una letra de taranto en el baile y siete por tangos. Las alegrías tristes, con letras pa llorar tan impropias, por no hablar de la moda de introducir esos cantes con una letrita tipo canción a coro tirando a fea no, horrible. Y podría seguir, pero tampoco hay que pasarse. Lo puro es lo que se hace de verdad, desde el corazón, de veras, y eso es lo que debe imperar en una expresión artística tan completa como es nuestro flamenco.

 

 

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Musicólogo de Vigo (Galicia). Investigador y profesor. Amante de la música. Enamorado del flamenco. Y apasionado de La Viña gaditana.

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