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La Dictadura del Soniquete

Reconozcámoslo: vivimos desde hace unas décadas el triunfo inapelable del compás, que se ha convertido en la vara de medir de todo lo flamenco. El compás, el ritmo, el tiempo, ese es el rotundo triunfador de nuestra época.

Llevo varios años pergeñando como periodizar la historia del flamenco, trazar las etapas para hacerla más comprensible, primero para mí y, si a alguien le interesa, para quien quiera. He leído bastante sobre el tema y visitado diferentes propuestas, y en general ninguna me ha convencido. Por eso me puse manos a la obra.

Algunas etapas las tengo más claras que otras. La época bolera, por ejemplo, entre 1780 y 1850 queda demarcada por el inicio de las seguidillas boleras hasta que, mediado el siglo XIX, da señales de evidente agotamiento, cuando las últimas boleras se convierten en las primeras en bailar por soleá, Petra Cámara en 1853 y Pepita Vargas en 1854. Otra, la Edad de Oro, en mi opinión, y en contra de lo normalmente establecido, ocupa los años que van desde el cierre de los cafés por orden del ministro de Gobernación, en 1908, hasta el comienzo de la guerra que dio al traste con todo, en 1936. En esos casi treinta años estaban los mejores en activo, son los años de Chacón, Torres, Pastora y Tomás, Marchena, Montoya, Argentina y Argentinita, Vicente Escudero y Javier Molina, Gloria y Cayetano, Fosforito de Cádiz y Cepero. ¿Quién da más?

Pero hay un periodo que, aún teniendo más o menos claro cuándo se inicia, en 1973, con la edición de Fuente y Caudal, y todo apunta que aún no se ha agotado, me ha traído de cabeza el nombrarlo. El que más me gusta es el de Tradición y Vanguardia, acordándome de Enrique, sin embargo no he podido resistir la tentación de bautizarlo como la Dictadura del Soniquete, porque, reconozcámoslo, vivimos desde hace unas décadas el triunfo inapelable del compás, que se ha convertido en la vara de medir de todo lo flamenco. Puedes tener la voz de una burra, pero si tienes soniquetazo todo arreglao. Puedes desafinar como una hiena, pero si estás pasado de compás, pa’lante. Puedes tocar con menos talento que Leonardo Dantés, pero si pegas dos chorlitazos a tiempo tienes ganado el cielo de la sonanta. Si bailando los brazos y la cabeza no tienen sentido pero de pies estás que te sales, ya está, a reinar. El compás, el ritmo, el tiempo, ese es el rotundo triunfador de nuestra época.

 

«Puedes tener la voz de una burra, pero si tienes soniquetazo todo arreglao. Puedes desafinar como una hiena, pero si estás pasado de compás, pa’lante. Puedes tocar con menos talento que Leonardo Dantés, pero si pegas dos chorlitazos a tiempo tienes ganado el cielo de la sonanta»

 

No digo que no haya que tener sentido del compás, que por supuesto. Fuera del ritmo no hay música, cantar cruzado, tocar atropellado, bailar folleteado no es de recibo. Pero de ahí a despreciar a más de un genio del pasado porque no alcanza el nivel de soniquete exigido hoy en día es un grave error de diagnóstico en el que más de uno suele caer.

Hace unos años una Vaca Sagrada de la cosa flamenca, a quien públicamente acusé de dar conferencias menospreciando a Marchena y a Chacón, en el siglo XXI, le amenacé, to serio: ¡cuidado, porque el frente guerrillero pro Niño de Marchena somos gente peligrosa! Me decía todo campanudo que tuvo que hacer, por encargo, una recopilación conmemorativa del genial José Tejada y que había sufrido mucho porque no tenía compás y siempre iba cruzado de ritmo. Pero alma de cántaro, eso te pasa por medir con parámetros actuales una música grabada hace seis décadas, le dije. Pero nada, la Vaca en sus trece y que de ahí no se movía, como en la India. Fue entonces cuando pensé por vez primera en la mencionada dictadura.

En otra ocasión, produciendo un disco homenaje al Niño, le comenté a uno de los guitarristas que en él participaban si podíamos recrear la inestabilidad rítmica de la Edad de Oro, y me contestó que nanai, hoy los jóvenes cantan supercuadrado, no se alejan un ápice del compás, no conciben el cante libre, aquel que cultivaron, además de Marchena, Chocolate y hasta el mismísimo Antonio Mairena.

Tenía más razón que un santo. Y es que hay un antes y un después del prodigioso dueto que todo lo cambió para siempre, y más en lo relacionado con el ritmo y el compás. Me refiero, claro está, a Paco y José. Aquellos dos prodigios de los Puertos de Cádiz, como me gusta llamarlos, replantearon muchas cosas en el flamenco. Más allá del cante sublime del genio de la Isla, o el toque inefable del algecireño, renovaron para siempre el sentido último del compás, impusieron una forma de hacer el flamenco que, en cierto modo, significaba borrón y cuenta nueva en relación a lo hecho hasta entonces. Los cantes iban cuadrados al extremo porque no los concebían de otro modo, estaban llamados a repensar todo lo relacionado con el ritmo y lo convirtieron en una religión. “Si tú no tienes soniquete pa qué te metes”, casi nos increpaba Potito en Zyryab.

 

«Entiendo que la guitarra y el baile tienen un compromiso con el compás que no te lo puedes saltar a la torera, pero el cante… Como decía el inolvidable Enrique de Melchor, los guitarristas somos los que vamos arreglando los desastres que van dejando los cantaores por el camino»

 

Así empezó el toque a desplazar los remates del diez habitual al ocho y medio, al nueve, al ocho, donde sea menos en el diez. Ahí sobre todo el baile encontró un filón. Del andar con elegancia flamenca y pararse con temple, pasamos a los recitales de percusionistas que bailan y sus escobillas de trece interminables minutos. Jamás olvidaré a mi maestro Antonio Gades, el día que se presentaron trescientas niñas para el papel de Laurencia en Fuenteovejuna, y que finalmente se llevó Marina Claudio. Las recuerdo, cada una con su número dorsal y todas ellas ataviadas a la última moda Amor De Dios, como las ponía el Pájaro simplemente a andar en diagonal por el escenario, veinte pasos. Y yo le preguntaba: ¿pero no las vas a hacer bailar? Y me contestaba con su sempiterno tono de bronca: ¡Si no saben andar cómo coño van a saber bailar!

Confieso que muero escuchando al siempre añorado Juan Moneo El Torta entrando por soleá en el siete, o al gran Tomás Pavón en el tres y cuadrando el cante con la jondura intacta. Entiendo que la guitarra y el baile tienen un compromiso con el compás que no te lo puedes saltar a la torera, pero el cante… Como decía el inolvidable Enrique de Melchor, “los guitarristas somos los que vamos arreglando los desastres que van dejando los cantaores por el camino”. Ja, ja, ja. ¡Qué verdad es!, que diría mi Selu. Pero benditos desastres, cuánto se echa de menos esa inestabilidad rítmica que proporciona una inyección de verdad y sencillez que, como ya apunté en mi último artículo, valga la redundancia, según palabras de mi querido Ramón Soler, eso es lo puro, de verdad, lo auténtico, sin aspavientos.

Todo esto sea dicho con mi absoluta admiración y cariño que él sabe que le tengo al Gurú del Soniquete Diego Carrasco.

 

→ Ver aquí todas las entregas de A cuerda pelá: sección de opinión de Faustino Núñez.

 

 

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Musicólogo de Vigo (Galicia). Investigador y profesor. Amante de la música. Enamorado del flamenco. Y apasionado de La Viña gaditana.

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