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Por flamencólicas

Creo que fue Camarón el que se inventó el apelativo flamencólico, o fue Enrique. José dijo que “los auténticos flamencólogos somos los cantaores”. Y Enrique me espetó: “Si un día me meto a flamencólogo os mando a todos por tabaco”. ¡Y que lo digas, Maestro!

Investigar el flamenco es, alguna vez lo he comentado por aquí, una vocación. Los que nos dedicamos a traer luz sobre el pasado de lo jondo no lo hacemos por dinero, ni por darnos importancia, ni como último recurso después de haber visitado otros géneros. No. Estudiar el pasado del flamenco sólo puede hacerse por amor al arte. No están pagados los malos ratos, y por supuesto no se puede vivir de esto. Tienes que bregar un día sí y otro también con cuatro que sabes que te van a poner a caldo por no opinar como ellos, y otras lindezas del género. Pero ahí sigues, dejándote los ojos para disipar la niebla, analizando las cenizas del pasado, cuando ya hace mucho que el incendio se ha apagado.

 

Aunque hay quien se lo toma como una competición de a ver quién la tiene más grande, la cabeza. Cuando esto no es ni liga, ni competición, ni carrera, ni nadas, que diría el tío Chano. Aquí cada uno aporta lo que puede y Dios dirá. Leí el otro día a Bohórquez que el flamante director del IAF, Cristóbal Ortega, va a prestar atención a la investigación, y proponía el bueno de Manolo que convocara una reunión. ¿Y quién le va a dar la alineación del equipo? Porque aquí nos conocemos todos, pero fuera de nuestro ámbito cuando llegan los días señalaítos, más si hay dineros de por medio, salen trescientos que jurarán que llevan toda la vida en el tajo cantando por flamencólicas, tocando por analíticas o bailando por investigativas, y que su abuelo fue un buen gitano. ¿Qué? ¿Que no? Lo que yo te diga.

 

 

«Estudiar el pasado del flamenco solo puede hacerse por amor al arte. (…) Dejándote los ojos para disipar la niebla, analizando las cenizas del pasado, cuando ya hace mucho que el incendio se ha apagado»

 

 

Lo cierto es que son muchos a quienes les importa un bledo el pasado. Mejor dicho, no quieren que les cambien su idea del pasado, con sus mitos y leyendas, prejuicios y demás retazos de soberbia. Prefieren dejarlo como está, con su costra de mentirijillas que adorna una novela escrita en pleno franquismo pero que les mola más que la cruda y a veces insulsa realidad. Que si El Mellizo era taciturno y le gustaba el canto gregoriano, que si la Andonda le dijo al Fillo, no al hijo del genio sino al gran Fillo de la Isla, que si a Mojama lo mataron en Jerez aun sabiendo que murió en Madrid. Aquí el más pintado te cuenta la vida y milagros del cante por livianas, aún siendo consciente de lo mal que se lleva con el cante, el arte y el compás. Reconozco lo poco que sé de esto después de tres décadas dedicado a su estudio, y me resulta al día de hoy un repertorio tan vasto e inabarcable que estoy convencido de que se necesita una larga vida para asimilarlo al completo, y ni por esas.

 

Lo que no acabo de entender es por qué en este mundillo se lleva tanto lo de barrer para casa, arrimar el ascua a la sardina propia, hacer lo posible por ser el centro. Como vigués no tengo ese problema. Quienes diseñaron los triángulos del flamenco siempre intentaron dejar su tierra natal dentro del polígono, aunque para ello tuvieran que forzar los ángulos hasta lo imposible. El que, para mí, trazó el triángulo más verosímil fue Soriano Fuertes en 1850, cuando el flamenco tal y como hoy lo reconocemos aún estaba en proceso de definirse. El compositor murciano dijo en referencia al recitativo de la ópera florentina que se hacía «a golpe seco de guitarra como hacen hoy en día los cantadores de los barrios de Triana, la Viña, y el Perchel». Ahí está el triángulo más creíble, pero claro, a muchos les disgusta que su pueblo no quede dentro de ese territorio fundacional. Por supuesto se refiere al origen, ya que después fueron muchos más los territorios que se subieron al barco de la música jonda aportando al repertorio sus respectivos estilos y múltiples variantes locales y personales.

 

 

«Cuando llegan los días señalaítos, más si hay dineros de por medio, salen trescientos que jurarán que llevan toda la vida en el tajo cantando por flamencólicas, tocando por analíticas o bailando por investigativas, y que su abuelo fue un buen gitano»

 

 

También me llama la atención la cantidad de buscadores de errores que hay. No leen libros de flamenco, los escrutan queriendo encontrar la falta, el tropiezo, algo que calme su malestar crónico. ¿Y los artistas que al saber que has dado conferencias te quitan el saludo? Reconozco que algunos compañeros no han hecho mucho por ganarse el afecto de artistas y afición. Creo que fue Camarón el que se inventó el apelativo flamencólico, o fue Enrique. José dijo incluso “los auténticos flamencólogos somos los cantaores”. Y Enrique un día riéndose me espetó: “Si un día me meto a flamencólogo os mando a todos por tabaco”. ¡Y que lo digas, Maestro!

 

Lo de flamencólico lo encuentro muy acertado, por lo revuelto que algunos tienen el coco. Oyes cada cosa en este mundillo nuestro. Lees cada exabrupto en estas redes de Dios. Cada uno es libre de opinar lo que quiera, hasta ahí podíamos llegar, pero “a modiño”, con un mínimo de cabeza, y las ideas disparatadas se ignoran y ya está. Pero nada, no tenemos remedio, nos va la marcha y si no hay bronca no hay tu tía. Si no no seríamos españoles, seríamos de un país cualquiera, como cantaba José. Muchas veces te quedas con las ganas de decirle algo a un artista y te lo callas por no molestar, por no importunar, por no dar el cante por flamencólicas.

 

 

«Si de mí dependiese haría una Escuela Superior de Flamenco con sus departamentos de cante, toque, baile, percusión, piano, violín, pedagogía y musicología con su biblioteca, fonoteca y todas las tecas imaginables»

 

 

La verdad que nunca he escuchado hablar de la jazzología, rockología o clasicología, pero tuvo que venir Climent a liarlo todo e inventarse lo de la flamencología. Que hasta estudios universitarios hay. Yo mismo estuve once años en la cátedra del Superior de Córdoba. Aunque jamas estudié flamencología, sino musicología, y no en Jerez precisamente.

 

Si de mí dependiese haría una Escuela Superior de Flamenco con sus departamentos de cante, toque, baile, percusión, piano, violín –flamencos, claro–, pedagogía y musicología con su biblioteca, fonoteca y todas las tecas imaginables. Un lugar donde se acceda con pruebas de admisión y se otorguen becas a quienes lo necesiten y merezcan. Y, lo más importante, que al profesorado no se le exija título alguno, siempre y cuando cumpla los requisitos propios de quien va a enseñar flamenco: conocer el paño y tener capacidad pedagógica. El centro debería ser  privado, que lo público tiene trampa, tarde o temprano acaban llegando los políticos a meter sus manazas y escarallarlo todo. Es decir, que jamás lo veremos. Ojalá que alguien en Shinjuku-ku tenga la lana y las ganas de hacerlo, y ya si eso habrá que irse a Japón, que es donde más gusta y respetan el flamenco de todos los países que he visitado como artista. O a Vancouver.

 

Qué bonito es soñar, por flamencólicas.

 

 

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Musicólogo de Vigo (Galicia). Investigador y profesor. Amante de la música. Enamorado del flamenco. Y apasionado de La Viña gaditana.

1 COMMENT
  • Charo Cala 27 septiembre, 2021

    Lo bordó.Ole!!!!Charo Cala

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