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Anécdotas de un aficionado

Por Eugenio Martín No vengo de una familia con tradición flamenca. Pero en casa siempre se escuchó cante o copla. Recuerdo aquellas radios grandes, de lámparas, que al mover el dial buscando emisoras hacían un ruido de mil demonios. Pues en casa había una, en el salón, en una repisa sostenida por dos escuadras. A todas horas sonaba flamenco o copla, menos

Por Eugenio Martín

No vengo de una familia con tradición flamenca. Pero en casa siempre se escuchó cante o copla. Recuerdo aquellas radios grandes, de lámparas, que al mover el dial buscando emisoras hacían un ruido de mil demonios. Pues en casa había una, en el salón, en una repisa sostenida por dos escuadras. A todas horas sonaba flamenco o copla, menos a la hora del «parte» (boletín informativo a las horas en punto) que le gustaba escuchar a mi padre cuando estaba en casa. Estaba tan alta que yo, a mis 10-11 años, tenía que subirme en una vieja silla de enea para llegar a los botones. Cuando terminaba un programa de cante en una emisora, rápidamente me subía a la silla y buscaba otra con más ambiente flamenco. En esos años (los 60) todas tenían al menos un programa dedicado a este arte tan nuestro. Programas variados: crítica, opinión, y cómo no, los inevitables entonces de «discos dedicados», programas a los que se podía escribir solicitando un cantaor o cante determinados y dedicárselo a un amigo o familiar. A veces, desde la cocina, mi madre me gritaba si había terminado el cante en la emisora que estaba puesta y yo no había estado aliquindoy: «niño, cambia la radio a otro sitio que haya flamenco, que ahí no hay más que paparruchas, ¡venga!» Un enigma irresoluble para mí entonces era el siguiente: si estaba escuchando «La Voz del Guadalquivir» y cantaba Valderrama, si lo cambiaba a «Radio Sevilla» y seguía cantando Valderrama, yo no paraba de preguntarme: «si hace un momento estaba cantando en otra emisora, ¿cómo ha hecho el tío este para cambiarse tan rápido de una a otra?» Lo de los discos y las cintas magnetofónicas no lo tenía asimilado aún.

Las décadas de los 60, 70 y 80 fueron muy positivas en cuanto a la difusión del flamenco, toda una legión de críticos, periodistas y aficionados hablaban de flamenco en sus distintos foros. No sabría citarlos a todos, alguno se me olvidaría, pero no quiero dejar de señalar la labor impagable de uno de ellos, el maestro Miguel Acal. Todos los días a la una y media nos saludaba con su «salud y libertad, amigos». A Miguel se le entendía todo, decía lo que pensaba y creo que pensaba lo que decía. Cuando tenía que alabar a un artista, lo hacía, pero cuando una noche no había estado bien, también, por muy grande cantaor que fuera el cantaor de turno. Lo mismo repartía estopa a sus compañeros de profesión de vez en cuando, recuerdo que no soportaba a los trincones, a los que por dinero hacían una buena crítica, sin dar nombres, eso sí. Su voz siempre pausada y su buen tono se metían cada mediodía en nuestras casas.

Entonces lo que sonaba en todas las emisoras eran los fandangos, cantes de ida y vuelta y recitados sentimentaloides en la voz de Valderrama, El Pinto, Manolo el Malagueño, Farina, Caracol, Niño de la Huerta, Pepe Marchena, Antonio Molina, etc. A mí todos estos cantaores sé que quedaban en la mente y las cosas que cantaban. También, pero menos, se escuchaba a Chocolate, Mairena o Fernanda. Lo que me hizo mirar hacia otro lado (escuchar más a estos últimos) fue el conocer a un amigo de mi padre que se llamaba Juan y al que todos conocían por el sobrenombre de El Cantaor. Tendría yo unos 11-12 años, y un día fui al bar a avisar a mi padre que la comida estaba lista. Estaba tomándose unos vinos con El Cantaor. Mi padre al verme le dijo a su amigo: «Mira Juan, éste es mi hijo, que también le gusta el cante.» El Cantaor se me quedó mirando con cara de póquer, me puso una mano en el hombro y me preguntó: «A ver, ¿qué cantaores te gustan a ti?» Y yo, con toda mi timidez, le contesté citándole a los Marchena, Valderrama, Pinto, Niño de la Huerta, etc. que eran los que más sonaban. La cara que había llegado a ser afable se tornó en otra casi de enfado y de incredulidad. Me dijo, subiendo un poco el tono: «¿Eso es lo que te gusta a ti? Esos ni son cantaores ni son «ná». Y lo que cantan no es flamenco. Escucha, esto sí que es flamenco.» Y me cantó unas letras por soleá, a mí, que no alcanzaba ni a los botones de la radio. A mí aquello me impresionó, sobre todo por estar al lado de la voz y además de escuchar estaba viendo el cante en su cara, en sus gestos. Era la primera vez que escuchaba cantar más o menos en serio así al lado mía. Creo recordar que hizo algún cante más, no podría asegurar que fueran siguiriyas. Cuando terminó de cantar me dijo: «¿Tú sabes que cantes son éstos?» Yo negué con la cabeza. «Estos son soleares, que con la siguiriya sí que son cantes, lo otro no vale «pa ná». ¿Te enteras? Y eso se quedó en mi mente como marcado a fuego. Ese día mi padre y yo nos comimos los garbanzos fríos. Esto que narro ocurrió en el pueblo de Nerva, en la comarca de la Cuenca Minera de la que forman parte pueblos como Zalamea la Real, Rio Tinto, Campillos, Nerva, Berrocal o Campofrío, enclavada en la Sierra de Aracena. Nerva es tierra de pintores, siempre dio extraordinarios “poetas de lienzo”, salen por allí espontáneamente, como salen de la tierra uno de los manjares más deliciosos que pueda uno llevarse a la boca: los gurumelos. Uno de mis maestros era pintor, su hermano pintor, su tío pintor… Los dos más conocidos fuera de aquella tierra fueron José María Labrador y el universal Daniel Vázquez Díaz, el pintor de los toreros. La Cuenca Minera está junto a la comarca del Andévalo, tierra de fandangos, en todos sus pueblos se canta el fandango serrano, y muchos de ellos le ponen su nombre a un estilo, como Alosno, Cabezas Rubias, Calañas, Paymogo, San Bartolomé de la Torre, Santa Bárbara de la Casa o Valverde del Camino (famoso además de por su fandango, por sus botos camperos, los más cotizados de España). El Andévalo roza sus tierras por un lado con la provincia de Badajoz y por otra con la Raya de Portugal.

Desde ese momento y en los sucesivos años, fui escuchando más a los cantaores gitanos o payos, pero que cantaban cantes más serios que los que «La Romería Loreña», «El Emigrante» o «Los cuatro muleros» que había escuchado hasta entonces. Y algo dentro de mí eligió y se decantó por lo que a partir de entonces me llenaba de verdad. Me gustaba escuchar aquellos programas en los que además de escuchar, se hablaba de cante y cantaores, donde se aportaban datos biográficos que yo anotaba con verdadero interés: fechas y lugar de nacimiento, de defunción, cantes en los que cada uno había destacado, anécdotas, vivencias, etc. Por ahí en algún sitio tiene que estar todo eso, aunque ahora tenemos ese gran libro que es internet, dónde está todo, incluso la mentira. Años más tarde empecé a comprar algunos libros, los que podía permitirme, y cada dato, anécdota o historia me enganchaba más y más al cante. Cayó en mis manos un libro maravilloso, «Memoria del Flamenco», de Félix Grande. Dos tomos, una segunda edición. Lo compré en Barcelona y recuerdo que me costó sobre 400 pesetas, poco más de 2 euros de ahora. En estos momentos esa edición no tiene precio, para mí la Biblia del Cante Flamenco, sobre todo gitano. Un libro que ahonda en la antropología del cante, circunstancias que se tuvieron que dar para su nacimiento aquí en Andalucía y no en otro sitio, venida de los gitanos a España, Pragmáticas y bandos en contra de éstos, etc. Este libro me hizo entender y conocer muchas cosas, dejándomelas claras. O eso creo yo.

En esos y anteriores años, los programas de flamenco eran numerosos en la UHF (la 2 de ahora), uno de ellos, el más didáctico de todos, «Rito y Geografía del Cante Flamenco» que en principio estuvo emitiéndose hasta 1973, lo iban repitiendo cíclicamente. Creo, sin temor a equivocarme, que viendo uno de esos capítulos, el dedicado a gente de Jerez, donde aparecían desde Manuel y Juan Morao, hasta El Chozas, El Guapo, Tía Pepa la Chicharrona, Tía Malena o Tía Juana la del Pipa, tuve mi primera aproximación a sentir eso tan traído y tan llevado y que nadie puede explicar ni aun habiéndolo experimentado: el duende. Varios veladores (mesas de madera de tijera), vasos y botellas de vino peleón en ellas, los artistas sentados formando un gran círculo. Canta Tío Gregorio el Borrico por bulerías, se dio una vueltecita Tía Malena, y se sentó otra vez. De pronto, como impulsada por un resorte, pegó un brinco de su silla Tía Juana y empezó a bailar con una gracia y una agilidad impensable viendo su corpulencia. Estaba viéndola bailar encantado, pero no fue hasta que no hizo un simple movimiento de hombros que sentí algo que no conocía hasta entonces. No tengo palabras para explicarlo. Sentí que algo me subía desde las tripas y el estómago hacía la garganta, quedándose ésta acorchada, un escalofrío como de muerte recorrió mi cuerpo y todos los pelos de mi cuerpo se pusieron como escarpias, entonces, sin poder evitarlo, se me llenaron los ojos de sentimiento y una lágrima como un garbanzo de Paradas bajó por mi cara. Quise decir ¡ole! pero no salió palabra alguna de mi boca. ¿Qué fue eso? ¿El duende? Seguramente. Experimenté algo parecido un par de veces más, ahora entonándome por soleá. Puede que estuviera predispuesto a sentir algo así al estar tan lejos de la tierra y añorarla tanto. Sea como fuese, aquello que sentí fue real, tan real como que ahora mismo, más de 40 años después, lo estoy recordando.

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