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​El Carbonero sí que fue un genio

El Carbonero tendría hoy 113 años, de vivir todavía. No vive, pero sí su cante, que seguirá vivo durante siglos, porque fue un genio que hizo del fandango una joya de cultura urbana andaluza.

Tal día como hoy, pero de 1906, nacía en la sevillana calle Sol uno de los genios del cante sevillano, Manuel Vega García, el célebre Carbonerillo. No era macareno, como tantas veces se ha dicho, sino de la collación de San Julián. De esta calle larga y estrecha que nace en San Román y acaba en El Pumarejo fueron también Antonio Pozo Rodríguez El Mochuelo, la cantaora Emilia Jandra y el gran torero sevillano Manolo González, además de otras figuras que eran ya del XIX, que trabajaron en los cafés cantantes de Sevilla como El Burrero o El Silverio.

El Carbonero fue traído al mundo por Rocío García Cuesta, del casco antiguo de Sevilla, y Manuel Vega Villar, de la localidad sevillana de Benacazón aunque criado en Triana. Era carbonero, de ahí el apodo del artista, porque siendo un niño acompañaba a su padre en la venta del carbón por las calles de esa zona de Sevilla y, como ya contaba, le decían El Carbonerillo. Era un niño más bonito que un San Luis y tenía una voz tan dulce como el almíbar. Sus hermanas, que eran empleadas en una fábrica de telas de Capuchinos, se lo llevaban algunas mañanas al trabajo y a la hora del almuerzo lo subían a una mesa para que cantara fandanguillos. Y, según me contó una de ellas, Anita, liaba la marimorena en la fábrica, porque era un niño prodigio del cante.

Existe la polémica desde hace tiempo sobre la autoría de los fandangos que cantaba El Carbonero, que empezó cuando un ignorante de Sevilla con apellido de cantaor alosnero empezó a decir que eran de Pepe Pinto. Pepito el Pinto, el hijo de La Pinta, era algo mayor que El Carbonerillo, aunque poco, y se criaron juntos en el mismo barrio de la Macarena, de donde eran El Colorao y otros grandes cantaores. Tuvieron las mismas referencias y los mismos maestros, y el parecido entre ellos era extraordinario, aunque el Carbonero fue siempre mejor cantaor, con más duende y pellizco gitano. La manera en la que Manolo Vega acometía los fandangos no era la de un copista, sino un cantaor de inspiración. Que se dejara llevar por la creatividad de su hermano el Pinto es una cosa y otra muy distinta que fuera su imitador.

El Carbonero pasó de ser un chaval lleno de vida, porque ganaba dinero y tenía una familia maravillosa, a convertirse en un ser vulnerable y amargado por sus desamores y problemas con la bebida y las drogas en general, lo que le llevó a ser prácticamente un despojo humano cuando aún no había cumplido los treinta años. La traición de su novia le llevó a tal estado de depresión que acabó con su vida a los 31 años, comido por la tuberculosis pulmonar, una enfermedad que se llevó a verdaderos genios del cante como Manuel Torres, Paco Mazaco y el propio Carbonerillo, entre otros muchos.

Murió el 6 de abril de 1937, en plena Guerra Civil Española, en la calle Don Fadrique 51, en uno de los costados del antiguo Hospital Central, lo que es hoy la sede del Parlamento de Andalucía. Tenía solo 31 años, aunque había vivido un siglo y no precisamente de una manera normal sino conviviendo con vicios muy propios de la época. Me contó un día Paco Lira, el dueño de La Carbonería, que el mismo día de su entierro su madre se puso a comprar sus discos de pizarra para hacerlos triza. Hay quien niega esto, pero no me extraña nada, porque la buena de Rocío García sufrió como una condenada.

El Carbonero tendría hoy 113 años, de vivir todavía. No vive, pero sí su cante, que seguirá vivo durante siglos, porque fue un genio que hizo del fandango una joya de cultura urbana andaluza.

 

 

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Crítico de flamenco, periodista y escritor. 40 años de investigación flamenca en El Correo de Andalucía. Autor de biografías de la Niña de los Peines, Carbonerillo, Manuel Escacena, Tomás Pavón, Fernando el de Triana, Manuel Gerena, Canario de Álora...

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