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​El poderío de Rubito en Mazaco

Un recital largo y con detalles muy buenos en soleares de Alcalá o Triana, alegrías, tientos-tangos, seguiriyas granaínas y fandangos. Comenzó con unas tonás de una potencia increíble, una manera poco común de empezar un recital por el desgaste que sufre el cantaor.

Ahora no voy tanto a las peñas flamencas como lo hacía hace años e incluso décadas, quizá por cansancio o porque tengo demasiadas obligaciones. Vivo ahora cerca de la Peña Mazaco de Coria y aprovechando esta tesitura me iré acercando de nuevo, porque si hay un lugar donde se pueda disfrutar de un recital de cante es en una peña de solera, y esta lo es. Coria es un pueblo al que quiero mucho por razones que creo que ya conté aquí mismo y ayer daban un recital el cantaor Rubito Hijo acompañado a la guitarra por Ismael Rueda, de la provincia de Málaga. A muy mala hora, las 3 de la tarde, pero lo cierto es que se llenó el pequeño local y que echamos un buen rato de cante por derecho.

Manuel González Cabrera, Rubito, de La Puebla de Cazalla (Sevilla), es un corazón que canta. Pocos cantaores hay que se entreguen como él al cante jondo de verdad, sin aliviarse jamás y con una potencia de voz espectacular. Es verdad que el cante no solo es entrega y voz, pero soy de la opinión de Chacón, al que un día le preguntaron las tres condiciones que debería tener un buen cantaor y dijo que voz, voz y voz. En cambio, Caracol decía que la voz no era tan fundamental y que artistas con un hilo de voz habían hecho cosas muy importantes en el cante. Opiniones para todos los gustos.

Rubito es del pueblo de Francisco Moreno Galván, La Niña de la Puebla, José Menese, Miguel Vargas y Manuel Gerena. O sea, de un pueblo cantaor. Hijo de un gran cantaor de Paradas afincado en esta localidad, Rubito de Pará. No tuvo que ir, pues, a ninguna parte a aprender a cantar porque tenía en su casa a un maestro. Luego aprendió de todos, creo que como la mayoría de los cantaores, sintiendo siempre una predilección especial por Miguel Vargas, Menese y Antonio Mairena, sin olvidarnos de otro cantaor que para él es casi un dios, el gran Paco Toronjo.

Dio un recital largo y con detalles muy buenos en soleares de Alcalá o Triana, alegrías, tientos-tangos, seguiriyas granaínas y fandangos. Pero comenzó con unas tonás de una potencia increíble, que es una manera poco común de empezar un recital por el desgaste que sufre el cantaor. Cada día hay menos cantaores que se entreguen de esta manera y que tengan esa raza cantando.

Me gustó el guitarrista, Ismael Rueda, porque no se lució nunca de manera gratuita y estuvo siempre al servicio del cantaor, con una técnica depurada y un sonido brillante. Al final el público se puso en pie porque, además de que cantara bien algunas cosas, tuvo mérito hacerlo a las tres de la tarde, después de almorzar, con la morriña sofalera que entra. Dos grandes profesionales lograron espabilarnos.

El recital, por cierto, pertenecía a un circuito de la Federación de Entidades Flamencas de Sevilla, que va dedicado a la maestra Cristina Hoyos. Las peñas flamencas, apreciados lectores, siguen siendo imprescindibles.

 

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Crítico de flamenco, periodista y escritor. 40 años de investigación flamenca en El Correo de Andalucía. Autor de biografías de la Niña de los Peines, Carbonerillo, Manuel Escacena, Tomás Pavón, Fernando el de Triana, Manuel Gerena, Canario de Álora...

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