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Entender o sentir: ¿las dos cosas?

El conocimiento nunca está de más y un arte se entiende mejor cuando se conoce bien. Pero la emoción que te pueda producir una seguiriya no tiene nada que ver con entender o no el arte jondo.

La música es un lenguaje universal y cualquier tipo de música de un país puede ser sentida y entendida en otro. El flamenco es una música que engancha, aunque no es fácil de entender y menos por alguien que viene de un país con una cultura distinta a la nuestra. Sentir, sí. He llorado en Nueva York escuchando cantar en la calle a un músico callejero sin saber lo que decía, pero su música, sobre todo el alma que le ponía, me mató de sentimiento.

Recuerdo que hace unos veinte años o más estuve escuchando cantar en la Peña Torres Macarena de Sevilla al maestro José el de la Tomasa.  Observé que un niño de unos diez años estaba tan pegado al escenario que apoyaba sus codos en él. Cuando cantó José por seguiriyas, de una manera muy inspirada y sentida, miré al chiquillo y tenía la cara descompuesta, cadavérica. Le había lastimado el cante por seguiriyas.

¿Le puede pasar algo así a un niño de otro país que venga con sus padres a Sevilla y vayan a escuchar a un cantaor o a una cantaora? Estoy convencido de que sí. Pero siempre he defendido la teoría de que cuando un arte se estudia, se entiende y hasta se siente mejor. Sin pasarse, claro, porque cuando estudiamos o investigamos mucho nos volvemos unos aficionados o críticos muy exigentes.

He hablado de esto con grandes maestros del cante y encontré opiniones para todos los gustos, pero tengo mi propia teoría. Cuando Calixto Sánchez ganó el Giraldillo del Cante, en 1980, estaba en el patio de butacas del Lope de Vega de Sevilla y al acabar de cantar los fandangos de Cepero y El Carbonero que le ayudaron a ganar el trofeo, sentí que me moría en la butaca. Aquellos fandangos me habían impresionado, sobre todo el segundo, Por las lágrimas se va, cante del moguereño José Rebollo que El Carbonerillo arregló para adaptarlo a sus facultades, creando una maravillosa pieza musical.

En aquel instante no sabía apenas nada de El Carbonero, pero el fandango me mató. Y al día siguiente empecé a buscar sus discos y a personas mayores que lo hubiesen conocido y escuchado en persona. Tanto investigué sobre él que acabé escribiendo su biografía. Conocer cómo fue su vida, de dónde era, quiénes fueron sus padres, quién fue aquella novia que tuvo que le partió el corazón y cómo acabó sus días, muerto de tuberculosis pulmonar a los 31 años, me ayudó a entender mejor su cante. Y quizás también a sentirlo de otra manera.

Cuando los jóvenes  aficionados me preguntan por este asunto siempre les digo que el conocimiento nunca está de más y que un arte se entiende mejor cuando se conoce bien. Pero que la emoción que te pueda producir una seguiriya no tiene nada que ver con entender o no el arte jondo. Y les cuento la anécdota de aquel niño que en Torres Macarena se puso malo viendo el rostro retorcido de José el de la Tomasa cantando unas espeluznantes seguiriyas de Manuel Torres.

 

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Crítico de flamenco, periodista y escritor. 40 años de investigación flamenca en El Correo de Andalucía. Autor de biografías de la Niña de los Peines, Carbonerillo, Manuel Escacena, Tomás Pavón, Fernando el de Triana, Manuel Gerena, Canario de Álora...

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