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La crítica y los jóvenes flamencos

La carrera de crítico de flamenco no se estudia en ninguna parte. En realidad yo quería ser cantaor, pero me di cuenta que no era lo mío, que me faltaba el duende, que no tenía el don.

¿Cómo es la relación de los artistas jóvenes con la crítica flamenca? Es un tema que me interesa y que lo comento hoy en El Bordonazo por si también les interesa a ustedes, amables lectores. Cuando yo empezaba en la crítica flamenca, hace ya casi cuarenta años, escribía a veces sobre artistas importantes del flamenco para intentar atraer su atención. Era una manera de ir dándome a conocer entre ellos y de proyectar mi trabajo. Y me llevaba algunas sorpresas muy agradables.

Se pueden imaginar lo que significaba para un crítico joven, de unos 25 años, que todo un Manolo Sanlúcar se molestara en enviarme una carta a casa para agradecerme una crítica o que Camarón de la Isla me hiciera saber que me solía escuchar por la radio cuando dormía en Sevilla. Eran dos de mis ídolos entonces y lo siguen siendo treinta y tantos años después. Recuerdo que Manuel Mairena, uno de mis cantaores favoritos entonces, se molestó conmigo por un artículo y estuvo algún tiempo sin hablarme. Pero una mañana sonó el teléfono de casa y era él, que había leído otro artículo en el que aseguraba que era el mejor saetero de su tiempo, lo que le había gustado. “Que sepas que aunque haya estado molesto contigo, admiro tu trabajo”, me dijo el menor de los hermanos Mairena.

Sinceramente, no me quejo de la relación que tengo con los artistas actuales, los más jóvenes, que suelen tratarme con respeto, quizá por los años. Algunos pueden ser mis hijos y los he visto crecer en el cante, el baile y el toque. Unos me gustan y otros no tanto, porque los artistas flamencos no son monedas de oro, que le gustan a todo el mundo. Y suelo ser sincero cuando escribo: lo que no me gusta, no me gusta. Hace algún tiempo decidí dejar de hacer crítica de discos porque tuve alguna mala experiencia con algunos de esos nuevos genios de ahora, nada modestos. “¿Usted sabe de música, acaso?”, me preguntó uno que desafina bastante, cuyo nombre omito para no perjudicarlo. “¿Dónde ha estudiado usted la carrera de crítico?”, me preguntó otro. Podría poner decenas de ejemplos, pero no merece la pena.

Creo, sin generalizar, que algunos valoran poco la experiencia que tenemos los críticos que llevamos treinta años o más escribiendo de flamenco en los periódicos o hablando en la radio. Pero es solo una opinión, claro. En efecto, la carrera de crítico de flamenco no se estudia en ninguna parte. En realidad yo quería ser cantaor, pero me di cuenta que no era lo mío, que me faltaba el duende, que no tenía el don.

No soy licenciado en Ciencias de la Información, solo periodista de oficio. Tampoco soy licenciado en Filosofía y Letras, solo una persona que escribe porque un día descubrió que era su mejor manera de comunicarse y de contar historias que necesitaba contar. De hecho ni siquiera tengo el certificado de estudios primarios, porque abandoné el colegio a los 12 años para ayudar a que en casa hirviera el puchero una vez a la semana, como mínimo. Soy, en teoría, un analfabeto funcional. O lo era, porque algo he aprendido en todos estos años, de flamenco y de otras muchas cosas, sin querer presumir de nada.

Pues parece que lo que a algunos de estos jóvenes artistas les importa son los títulos académicos, no la experiencia y haber escuchado a todas las grandes figuras de este arte, algunas, por cierto, grandes estrellas cuando aún no habían nacido mis padres. ¿Es esto menos importante que tener un doctorado en Flamenco, saber leer una partitura o entender de escenografía contemporánea?

 

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Crítico de flamenco, periodista y escritor. 40 años de investigación flamenca en El Correo de Andalucía. Autor de biografías de la Niña de los Peines, Carbonerillo, Manuel Escacena, Tomás Pavón, Fernando el de Triana, Manuel Gerena, Canario de Álora...

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