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​Manolito de Paula

Me he alegrado mucho de que la Caracolá de Lebrija de este año vaya a rendir homenaje a uno de los artistas de este pueblo tan flamenco.

Me he alegrado mucho de que la Caracolá de Lebrija de este año vaya a rendir homenaje a uno de los artistas de este pueblo tan flamenco, Manuel Valencia CarrascoManuel de Paula, con quien hace muchos años viví grandes momentos en privado junto a Pepe Ábalos, Rancapino de Tomares y otros grandes aficionados que ya se fueron. He seguido la trayectoria de este cantaor desde sus comienzos, cuando era un adolescente y cantaba ya como un viejo los estilos de su tierra, que conocía muy bien porque había vivido desde niño las fiestas flamencas en su propia familia.

Lo recuerdo muy jovencito cantando ya en los festivales de verano, y no solo en el de su pueblo sino en otras citas del verano andaluz. En su pueblo lo escuché una noche, en La Caracolá, cantar por bulerías con el llorado guitarrista Pedro Bacán y teniendo como palmero a Lebrijano, su primo Curro Malena, José Menese y, si no recuerdo mal, porque escribo de memoria, Pepe Montaraz. Había que ver las caras de los improvisados palmeros escuchando con embeleso al hijo de Ana Carrasco y nieto de La Rumbilla mientras cantaba los cantes de Antonia Pozo o de Antonio Mairena.

Manuel era un gitanito más bonito que un San Luis y tenía algo en su voz, una voz de corral y fragua, de patio y taberna. No un vozarrón hueco y largo, sino una voz corta y de sabor que olía a Lebrija en todos los palos, en especial los romances, las bulerías y los tangos. Mario Maya lo contrató para su compañía y se hizo imprescindible en ella junto a Miguel López. “Manuel es inteligente y sobrio, sin adornos superfluos”, me dijo una vez el maestro del baile. Hablaba siempre maravillas de él y no solo como cantaor, sino como artista con ideas propias. Y no digamos como persona. Manuel es de las mejores personas que me he encontrado en el flamenco, un hombre serio, amable, generoso y amigo de sus amigos.

Vivía en la barriada sevillana de Su Eminencia, de Sevilla, donde también viví mucho tiempo y nos veíamos con cierta frecuencia cuando yo dirigía El duende y el tárab, un programa de radio en la localidad de Tomares que dirigí durante once o doce años. Estaba entonces Manuel en su máximo apogeo, aunque nunca fue un artista de muchos festivales, esa es la verdad. Sí solía cantar mucho en las peñas flamencas de la provincia de Sevilla y lo acompañaba a veces junto a amigos ya citados porque me gustaba escucharlo ante pocas personas. Me parecía un cantaor apropiado para las reuniones y disfruté mucho siguiéndolo. Luego desapareció de Su Eminencia y no nos veíamos ya con tanta frecuencia.

Su regreso a Lebrija y los problemas de salud de su esposa nos fueron apartando y ahora solo sé de él por amigos comunes. Así que el hecho de que le hayan concedido el Caracol de Oro de Lebrija, que recibirá en la 54 Caracolá, me ha producido una enorme satisfacción porque Manuel es muy lebrijano y lo sé muy bien. Su cante huele a Lebrija y sus raíces familiares se hunden en aquella tierra tan hermosa.

A los artistas hay que reconocerles su valía cuando puedan disfrutar los homenajes. Ni que decir tiene que estaré este verano en ese homenaje y viendo su espectáculo. Recordando, claro, aquellos años de tanta y sincera amistad en Tomares, que era como su casa y la mía. Celebrando junto a él este más que merecido reconocimiento a una carrera larga y flamenquísima, que aún no ha acabado porque Manuel es aún un cantaor joven.

 

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Crítico de flamenco, periodista y escritor. 40 años de investigación flamenca en El Correo de Andalucía. Autor de biografías de la Niña de los Peines, Carbonerillo, Manuel Escacena, Tomás Pavón, Fernando el de Triana, Manuel Gerena, Canario de Álora...

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