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Por eso Chocolate cantó como cantó

Yo tenía que partirle el alma a un señorito para que me asegurara el plato de comida de ese día. O lo hacía llorar o no me pagaba nada. Esa necesidad me daba un sentimiento que hoy no hay.

Una noche hablé dos o tres horas con Antonio el Chocolate sobre la manera que tenía de estudiar los cantes cuando era un adolescente y me contó cosas muy interesantes. Entre otras, que no estudiaba nada.

– Yo escuchaba a los cantaores, y a las cantaoras, en las reuniones. A La Moreno, que apenas tenía voz. Al Niño Gloria de Jerez, que acabó muy pobre. A Arturo, el hermano mayor de Pastora y Tomás, del que guardo dos o tres seguiriyas.

– ¿Y no escuchabas discos de pizarra en una gramola?

– No tenía ni para comer. ¿Cómo iba a tener para una gramola o para discos, que costaban el jornal de un obrero? En la Alameda había bares con gramola y a veces me sentaba a escuchar los discos de Manuel Torres o Manuel Vallejo. Pero yo aprendí en los cuartos y escuchando a los artistas en los teatros o las juergas. Ese aprendizaje era mejor que el de ahora.

Me contó Chocolate que un día lo llamó Antonio Mairena para que le cantiñeara un cante por tonás de Arturo que el maestro de Mairena del Alcor no le pudo coger en reuniones porque no tuvieron buena relación debido a un altercado con él una vez muerto Tomás.

Antonio quería saberlo todo sobre esa toná, y se la tuve que hacer varias veces. Era su manera de aprender, por eso era quizás demasiado técnico.

Chocolate no se atrevió a decir demasiado frío o cerebral, aunque lo pensaba.

Han cambiado los modelos de aprendizaje y, por tanto, la manera de cantar. Siempre hubo imitadores, en todas las épocas, pero ahora hay quizás más que nunca. De hecho, los que más festivales hacen no son precisamente cantaores –o cantaoras– con un sello propio, sino seguidores de un cantaor u otro. Y no creo que haga falta dar nombres.

Chocolate me habló de su estilo de fandango.

Cuando yo era un chiquillo, en Sevilla cantaban fandangos hasta los municipales. Había veinte o treinta genios que te partían el alma, y no hablo de esos a los que tenemos en la cabeza, como fueron El CarboneroEl de la Carzá o El Sevillano, que eran figuras, sino aficionados que vendían en las plazas de abastos o que trabajaban en la Cruzcampo. Mi estilo de fandango tiene mucho de aquellos fandangueros anónimos a los que yo escuchaba en las tabernas de la Alameda o la Macarena. Al lado de los cantaores de hoy, de los nuevos, aquellos eran genios.

Hay que desmentir categóricamente que hoy todos los que cantan hayan aprendido de los discos. No creo en eso, aunque se haya dicho muchas veces. Yo mismo he visto a Arcángel de fiesta, cuando era casi un niño, escuchando a Enrique Morente o a Paco Toronjo en Huelva. Y lo que habrá vivido desde niño Jesús Méndez en su Jerez natal escuchando a Juan Moneo El Torta o a Fernando el de la Morena. O Rancapino hijo, que era solo un niño cuando ya escuchaba a todos los grandes acompañando a su padre.

Entonces, ¿por qué nos resulta hoy el cante tan frío o cerebral, sin que generalice? Es, al menos, lo que escucho decir por ahí a muchos aficionados. Quizá la obsesión por la perfección técnica, no sé. Los amplificadores de la voz, quizás. Seguramente la forma de vivir, que es muy distinta a la de hace ochenta años. Chocolate era de esta opinión.

Yo tenía que partirle el alma a un señorito para que me asegurara el plato de comida de ese día. O lo hacía llorar o no me pagaba nada. Esa necesidad me daba un sentimiento que hoy no hay.

¿Van a reflexionar sobre esto?

 

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Crítico de flamenco, periodista y escritor. 40 años de investigación flamenca en El Correo de Andalucía. Autor de biografías de la Niña de los Peines, Carbonerillo, Manuel Escacena, Tomás Pavón, Fernando el de Triana, Manuel Gerena, Canario de Álora...

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