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¿Quién fue Concha La Peñaranda?

Todos mis lectores de tantos años saben de mi admiración por Silverio Franconetti, el gran cantaor sevillano

Cuando hace unas semanas tuve noticias de la muerte del gran investigador levantino José Gelardo, sentí su pérdida porque ara un buen amigo al que admiraba mucho desde hacía años. Y enseguida pensé en algo que teníamos pendiente: averiguar si era o no La Peñaranda la cantaora que localizó en Valencia, asesinada en 1889, Concepción Rodríguez y Calvo. Que era cantaora la mujer a la que asesinaron en Valencia, es indudable. Que fuera La Peñaranda, la célebre cantaora que triunfó en el Café del Burrero,  como aseguró, es menos probable. Lo hablé con él y me pidió que le pasara todo lo que averiguara, pero lo fui dejando porque, entre otras cosas, cómo iba a pensar que el buen amigo moriría tan pronto.

El único cartel donde aparece Concepción Peñaranda (a) La Cartagenera, así, lo publiqué en mi libro El Cartel maldito, sobre la vida y la muerte de Juan Reyes Osuna El Canario. Cuando Gelardo vio el cartel me llamó y me dijo que le habían entrado dudas sobre si era o no La Peñaranda la cantaora asesinada en Valencia, porque en dicho cartel, la artista aparece anunciada como Concepción Peñaranda, es decir, Peñaranda como apellido y no de remoquete artístico, que era el de La Cartagenera. Curiosamente, el que encargó aquel histórico cartel no se equivocó con ninguno de los artistas que aparecían en él y eso me hace preguntarme que por qué se iba a equivocar precisamente con esta artista.

Está claro que La Peñaranda se llamó Concepción Peñaranda y no Concepción Rodríguez, y que esta última, la asesinada en Valencia, era otra artista. Fernando el de Triana escribió sobre La Peñaranda en su libro Arte y artistas Flamencos (Madrid, 1935), y la llamó La Cartagenera, como aparece en el cartel. Si hubiera sido asesinada la verdadera  Peñaranda, con lo famosa que era, ¿no lo hubiera contado Fernando al escribir de ella, como ocurrió con El Canario? Con toda seguridad. Porque, además, el trianero llegó a escucharla y, por lo que escribió sobre ella, está claro que la tuvo que admirar como artista. O Núñez del Prado, que escribió sobre ella en Cantaores andaluces (1904), y es raro que no dijera nada sobre su trágica muerte, con lo fantástico que era este autor.

Es verdad que La Peñaranda desapareció en la década de los ochenta del XIX y que nunca más se supo, pero esto es algo que ocurrió con otras muchas cantaoras y otros cantaores. José Gelardo no llegó a localizar la partida de nacimiento en Málaga de Concepción Rodríguez y Calvo, la infortunada cantaora de café que mataron en Valencia. La he localizado y estos son los datos principales que constan en el documento:

Concepción Rodríguez y Calvo, hija de Rafael Rodríguez Díaz y de Agustina Calvo Delgado. Nació la niña el 31 de diciembre de 1863, en el número 74 de la calle Lagunillas. Curiosamente, su abuela materna, Antonia Díaz, era natural de la ciudad de Cartagena. Este dato da que pensar, porque a lo mejor le decían La Cartagenera a Concepción Rodríguez por su abuela. Sin embargo, el hecho de que aparezca en el cartel como Concepción Peñaranda La Cartagenera, y no como Concepción Rodríguez, me sigue pareciendo un dato incontestable. Entonces, ¿cuál de las dos mujeres fue la célebre Concha la Peñaranda?

Me parece raro lo de Peñaranda, de ser la malagueña, porque, ¿a cuento de qué si no era ninguno de sus apellidos ni tampoco el de nadie de sus antepasados? Por tanto, y así se lo hice saber a José Gelardo, estoy totalmente seguro de que la asesinada en Valencia era Concha la Cantaora, al parecer, hermana del Niño de San Roque. Y que la verdadera Peñaranda, la auténtica, era Concepción Peñaranda, la que aparece en el cartel de 1885 cantando con El Canario de Álora, El Canario Chico, La Serrana, Antonio el Pintor, Lamparilla y La Carbonera, entre otros y otras artistas célebres.

Prometo aclarar pronto este misterio en homenaje al entrañable amigo José Gelardo, quien se ocupó de tan célebre artista en su estupendo libro sobre El Rojo el Alpargatero, en 2007. Sin ánimo de enmendarle la plana, y menos después de su muerte, sino por cumplir la promesa que le hice de aclarar un asunto que le llegó a quitar muchas horas de sueño.

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