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¿Una profesión arriesgada?

Una de las veces que hablé con Camarón, con motivo de la presentación en Cádiz de su disco Soy gitano (1989), me dijo estas palabras: “Qué cariñoso eres con Enrique”. No creo que haga falta decir a qué Enrique se refería.

Un buen libro sería Cómo ser crítico de flamenco y no acabar cogiendo moscas. Ahí queda la propuesta para alguna editorial valiente. Creo que es de las profesiones más duras que existen, y de las peor pagadas, sobre todo si eres honrado e independiente. Si eres un cantamañanas, te dejas llevar y no hay problemas. Cuando pensé en dedicarme a esto sopesé muchas cosas, porque conocía ya el paño. Siempre me llamó la atención la relación de los críticos de los setenta con los artistas, y confieso que no me gustaba nada. Por tanto, procuré desde el principio no mirarme en ciertos espejos, al menos en aquellos aspectos que me repateaban. No sé si lo conseguí o no, pero al menos lo he intentado.

No es fácil evitar ser atrapados por el encanto de los artistas flamencos, sobre todo si, además de crítico, eres aficionado. Si lo eres de verdad tienes tus gustos y cuesta ocultarlos. Por eso ha habido críticos caracoleros, maireneros y marcheneros, como los hay camaroneros, morentistas o menesistas. Es algo muy humano y nada criticable. Alguna vez he pensado en cómo sería la relación de los artistas y los críticos del XIX, cuando los cantaores usaban facas y hasta pistolas. Ves la fotografía de alguno de ellos y te da pavor pensarlo.

Me consta que Demófilo tuvo algún que otro problema en Triana cuando publicó su célebre libro Cantes flamencos (1881), donde dio el nombre de muchos artistas pero omitió el de otros. Fernando el de Triana también los tuvo cuando editó Arte y artistas flamencos (1935), por el mismo motivo, porque dejó fuera de su inventario a artistas fundamentales, o no les prestó la atención que merecían. Fernando estaba tieso en aquella época y, según me comentó un día Juan Valderrama, les pedía dinero a los artistas para aparecer en el libro, aunque supongo que no a todos. A Valderrama se lo pidió, según él, a pesar de que empezaba a destacar. El cantaor trianero Rafael Pareja no tuvo esos problemas, porque sus memorias aparecieron cuando ya había fallecido. Si no, los hubiera tenido también.

A los flamencos les encanta salir en los periódicos, que los críticos los elogiemos, pero no les gusta que señalemos sus defectos porque, según argumentan, les quitamos festivales a sus niños. Recuerdo que un día critiqué a un guitarrista muy malo, aunque con respeto. Una noche me vio en una peña flamenca de Sevilla y me invitó a salir a la calle a ajustar cuentas. Sacó el recorte del periódico de su cartera y me preguntó que si había dicho eso de él. Le dije que sí, lógicamente, y me comentó que por culpa de esa crítica había perdido cuarenta festivales ese verano. Lo cierto es que cuarenta festivales no tenía en aquella época ni Juan Habichuela, el gran maestro de la sonanta. La cosa se arregló con unas cervezas y una disculpa por mi parte, pero hubo sus tensiones aquella noche. Es solo una anécdota, de las miles que podría contar.

No se conoce que haya muerto ningún crítico de flamenco a manos de algún artista, aunque alguna que otra bofetada sí ha habido, sin que sea necesario dar nombres. Por lo general, la relación entre críticos y artistas es buena y correcta, al menos en la actualidad, quizás porque la crítica de hoy está más profesionalizada que la de antaño y siempre hay un respeto entre los profesionales.

¿Es una profesión arriesgada la de crítico de flamenco? De ningún modo, al menos es lo que creo y me avala la experiencia de casi cuatro décadas dedicado a esta labor. No lo digo por dorar la píldora a nadie, pero los artistas flamencos son por lo general cariñosos y suelen respetar nuestro trabajo. Eso sí, les molestan más las buenas críticas a los demás que las malas a ellos mismos. Son tremendamente celosos. Una de las veces que hablé con Camarón, con motivo de la presentación en Cádiz de su disco Soy gitano (1989), me dijo estas palabras: “Qué cariñoso eres con Enrique”. No creo que haga falta decir a qué Enrique se refería. A uno que, por cierto, Camarón adoraba.

 

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Crítico de flamenco, periodista y escritor. 40 años de investigación flamenca en El Correo de Andalucía. Autor de biografías de la Niña de los Peines, Carbonerillo, Manuel Escacena, Tomás Pavón, Fernando el de Triana, Manuel Gerena, Canario de Álora...

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