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Anécdotas flamencas: Maya, Farruco, El Sevillano, Chano, Chocolate, Mojama…

«¡Cuánto lo siento, Manué! Bueno, a ver lo que sacas de ahí. Lo del perro no lo vayas a poné en el libro que es más embustero que Fregenal» (Antonio el Sevillano)

La gracia de Mario Maya

Cuando Mario Maya empezó a ganar dinero decidió abrir un local en el Sacromente granadino para apoyar a los gitanos, ayudarlos en el acceso a la cultura, al conocimiento de sus costumbres, danzas, músicas, etc. Le puso al centro cultural el nombre de Zincalés. Y me contaba con mucha gracia que cuando los gitanos pasaban por la puerta decían muy enfadados:

– ¡Mal doló le entre en las tripas al primo Mario! Se ha hecho famoso y ya no quiere que entremos los gitanos en su casa.

 

Farruco y las sevillanas

El cineasta aragonés Carlos Saura mandó a dos emisarios a la academia de Antonio el Farruco para convencerlo de que tenía que bailar unas sevillanas con los otros dos miembros de Los Bolecos, Matilde Coral y Rafael el Negro, su marido. Era para la película Sevillanas, de mucho éxito. Le daban un buen dinero. Pero el genio no solo no aceptó la oferta, sino que les dijo a los emisarios:

– Decidle a Carlos Saura que si me llamara algún día para bailar por soleá lo haría gratis. Pero yo no soy bailaor de sevillanas.

Su yerno, El Moreno, que en paz descanse, me contó que en esa época estaba más tieso que una mojama.

Así era don Antonio Montoya Flores.

 

El aguardiente de Chano Lobato

Hará unos treinta años me encargó mi periódico una entrevista a Chano Lobato y quedamos en su casa, al lado del campo del Betis. Era por la mañana y me ofreció una copita de aguardiente. Pero como no estaba su esposa y no encontraba una copa normal, cogió una de aquellas grandes que solo servían para adornar el mueble bar. De medio litro, vaya. Y me la puso media, quizás por temor a que me pareciera poco aguardiente. Mientras íbamos charlando le daba un sorbo a la copa, hasta que acabé con ella. Cuando llegó la Chana y vio la copa que me había puesto se puso como una fiera:

– ¡Chiquillo! ¿Esa copa le has puesto al muchacho?

– Po se la bebío entera, ¡con dos cojones!

Como estaba sentado no me di cuenta de que estaba mareado, pero al levantarme parecía que me acababa de bajar de unas cunitas. Chano me dijo que me acostara un rato hasta que se me pasara y le dije que no, que era mejor que me diera el fresco en la calle. Todo fue salir de la casa y en la Avenida de Reina Mercedes vi un banco y me acosté. Cuando me desperté eran las tres de la tarde y me habían robado la grabadora.

 

«Chocolate se estaba poniendo pálido y cansado de las correcciones del pastelero, cuando acabó de cantar uno de los palos, le dijo: ¡Cagondiez! ¿Te digo yo a ti cómo tienes que doblá los pestiños?»

 

El Sevillano y su ingenio

Una mañana entrevisté a Antonio Pérez Guerrero El Sevillano en su piso de la calle Doctor Fedriani, de Sevilla, para mi libro del Carbonerillo. Hacía calor y nos salimos a la terraza. Todo fue encender la grabadora y empezó a ladrar el perro de la vecina de al lado, que estaba también en la terraza. Era un mastín del Pirineo, creo recordar, que ladraba en el tono de Centeno, según el propio Sevillano. No había manera de hablar y tuvimos que parar la entrevista varias veces. Para colmo, la esposa de Antonio, en su afán de callar al perro, se puso a dar voces. El Sevillano tenía una gracia increíble y cuando me despedí de él me dijo:

– ¡Cuánto lo siento, Manué! Bueno, a ver lo que sacas de ahí. Lo del perro no lo vayas a poné en el libro que es más embustero que Fregenal.

 

Chocolate y los pestiños

Antonio el Chocolate estaba cantando en la Peña El Chozas y en la primera fila se sentó un pastelero del barrio al que conocía. Mientras Antonio iba cantando, el pastelero no paraba de decirle cosas, de corregirlo:

– Antonio, ese tercio de Cádiz va un poco más liago, como lo hacía Tomás.

Chocolate lo miraba de reojo, con cara de sorprendido.

– Antonio, céntrate con la guitarra, que te descuadras.

Chocolate se estaba poniendo pálido y cansado de las correcciones del pastelero, cuando acabó de cantar uno de los palos, le dijo:

– ¡Cagondiez! ¿Te digo yo a ti cómo tienes que doblá los pestiños?

 

Don Ramón y don Mojama

Cuando Juanito Mojama grabó sus discos con Ramón Montoya (Gramófono, 1929), el cantaor jerezano se presentó con una lujosa gabardina, en la que don Ramón vio una mancha:

– Juanito, ¿tienes algo en el bolsillo de la gabardina? Es que veo una mancha muy poco estética.

– Sí, don Ramón. Tengo guardaos dos arenques para aclarar la voz. Me viene mejor el jamón, pero esto del cante no da para lujos.

– Pues vete a la calle, te comes los arenques y no vuelvas hasta dentro de tres horas, que luego los discos van a oler a pescado podrido, como tú.

Me contó Juan Valderrama que Ramón Montoya era muy pulcro, limpio. Le molestaba ver a alguien desaliñado. Y eso que Mojama era muy elegante vistiendo.

 

Dos enanos con arte

Dos enanos, uno cantaor y el otro guitarrista, se pelearon en el escenario por culpa del lucimiento del guitarrista, que estaba dejando en evidencia al cantaor. Y esta fue la discusión:

– Enano, me cago en tu padre, o tocas pa cantá o te bajas ahora mismo del escenario.

– ¿Enano me has dicho?

– Sí, enano, ¿pasa algo?

– ¡¡Adiós, Romay!!

 

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Crítico de flamenco, periodista y escritor. 40 años de investigación flamenca en El Correo de Andalucía. Autor de biografías de la Niña de los Peines, Carbonerillo, Manuel Escacena, Tomás Pavón, Fernando el de Triana, Manuel Gerena, Canario de Álora...

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