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El abuelo recuerda a Tomás Pavón

Me gustaba Tomás Pavón porque cantaba como vivía, porque su cante era coherente con su forma de entender la vida. Cada copla suya era un episodio de su vida. No era raro, era auténtico. No cantaba, rezaba.

-Abuelo, ¿está usted desencantado por cómo va el flamenco? Le veo muy alejado del arte.

-No, cómo voy a estar desencantado. Eso sí, vivo en mi flamenco, en el que siempre me ha emocionado, leo los libros que me han enseñado algo y escucho solo a los cantaores que me han ayudado a sentirme aficionado. Y casi todos se han muerto ya.

-¿No le gustan los cantaores actuales?

-Me gustan algunos, sí, aunque pocos. Los hay que cantan bien, aunque me dicen poco. Me gustaba Tomás Pavón porque cantaba como vivía, porque su cante era coherente con su forma de entender la vida. Sus letras, por ejemplo, eran el retrato de su personalidad. Cada copla suya era un episodio de su vida.

-Tomás era un raro del cante, ¿no?

-Tomás no era raro, era auténtico. No cantaba, rezaba. Cuando cantaba ponía las manos como si estuviera rezando, como Juan Talega. ¿Te has fijado alguna vez en cómo ponía las manos Juan Talega? Pues así las ponía Tomasito. Para él, el cante era una religión, creía en su fe de cantaor. Detestaba los escenarios, aunque alguna vez cantó en algún café, pero más por necesidad que por cualquier otra cosa.

-¿Cómo era Tomás como persona, abuelo?

-Muy callado, solo hablaba lo justo, pero sentenciaba siempre. Una noche, en La Europa, el colmado sevillano de la Alameda, Manuel Torres le dijo: “Tomasito, busca los duendes, échale carbón al cante”. Porque Tomás era algo frío, a veces muy cerebral. Y le contestó muy en seco, con aquella seriedad suya: “Ocúpate tú de tus duendes, Manuel, que yo me ocuparé de los míos”.

-¿Era festero?

-No, no lo era. Nunca cantó para bailar, que se sepa. De hecho, cuando las reuniones se ponían festeras se levantaba y se iba. No le gustaba divertir a nadie, sino partirles el alma a los aficionados cantando en serio. Ese carácter suyo limitó mucho su economía, porque no iba a cualquier fiesta. Siempre preguntaba tres cosas antes de aceptar una fiesta: que si iban mujeres, que quién era el señorito que pagaba la fiesta y, por último, con quién se tenía que jugar los cuartos.

-Por eso murió pobre, ¿no?

-Todos morían pobres entonces, Manolillo, sin dinero para enterrarse. Tomás tuvo la suerte de tener a su hermana Pastora y a su hermano Arturo, que le ayudaban, y así y todo las pasó canutas. Murió en una humilde habitación que le había dejado su hermano Arturo en su casa de la Plaza de la Mata. Y no dejó nada más que dos o tres relojes de bolsillo, algunas cañas de pescar y un puñado de novelas, porque era un buen lector. Cuando murió, su mujer, Reyes Bermúdez, se tuvo que poner a vender muñecas de trapo y colonia por las calles. Y fíjate, ahora dan mucho dinero por sus discos de pizarra.

-¿Se atrevería a decir usted quién es el Tomás Pavón de hoy?

-Pues fíjate, ahora hay algunos cantaores que me lo recuerdan, aunque no en su manera de cantar, que eso se lo llevó a la tumba. Hay cantaores raros también, de esos a los que solo le gustan las reuniones, que huyen de los escenarios, donde a veces tienen que vender la burra. Me lo recuerda mucho Diego el Cabrillero, de Utrera. Casi nadie le hace caso, pero cuando se muera dirán de él que era un fenómeno. Y de Perico el Pañero. Tomás era del corte de estos cantaores, salvando las distancias, claro.

-¿Recuerda usted el día de su muerte?

-Cómo no. Hacía un calor terrible y ese día no había ni pájaros en los árboles de la Alameda. Recuerdo que el Pinto, su cuñado, lloraba como un niño. Lo quería como a un hermano. Todo fue muy triste aquel día.

-Gracias, abuelo.

-A mandar, Manolillo.

 

* Artículo publicado originalmente en ExpoFlamenco el 21 de marzo de 2016

 

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Crítico de flamenco, periodista y escritor. 40 años de investigación flamenca en El Correo de Andalucía. Autor de biografías de la Niña de los Peines, Carbonerillo, Manuel Escacena, Tomás Pavón, Fernando el de Triana, Manuel Gerena, Canario de Álora...

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