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El abuelo y los cuartitos flamencos

Llamamos cuartos a esos lugares donde se reunían los artistas flamencos antiguos para cantarle, bailarle o tocarle la guitarra al señorito aficionado. Se han perdido un poco, pero aún hay cantaores que les gusta meterse en un cuarto a echar el rato o a divertirse y disfrutar del cante en reunión.

– Abuelo, ¿es verdad que se ha idealizado demasiado lo de los cuartitos flamencos o en realidad fueron importantes?
– Para quienes no lo sepan, llamamos cuartos a esos lugares donde se reunían los artistas flamencos antiguos para ganarse la vida, para cantarle, bailarle o tocarle la guitarra al señorito aficionado. Se han perdido un poco, pero aún hay cantaores que les gusta meterse en un cuarto a echar el rato, si no para buscarse la vida, sí al menos para divertirse y disfrutar del cante en reunión.

– Pues yo pienso que un buen artista donde de verdad da de sí es en un escenario, si es artista. Ahora, es verdad que en un cuarto suelen estar aficionados más o menos entendidos y en un teatro entra cualquiera, el que paga una entrada.
– Creo que lo has pillado, Manolillo. Mira, Manuel Torres, Mojama, Tomás Pavón y Matrona, por citarte a algunos, eran cantaores de cuartos. Y no lo digo por desmerecerlos o infravalorarlos, sino porque ellos solo estaban a gusto en las reuniones. Eso sí, si el que pagaba la reunión chanelaba, o sea, si sabía. Sin saber de cante, una soleá te puede emocionar, claro, pero se te van los matices. Mairena era un fenómeno en un cuarto, y cuando se acostumbró a los escenarios, ahí también lo era. Pero son habas contadas. Estamos hablando de un fuera de serie, claro.

– Los cuartos nada más que daban fatigas, abuelo, porque ¿cuánto podía cobrar Tomás en un cuarto?
– Poco, lo justo para comer al día siguiente, pero de eso vivió casi siempre. De niño probó el escenario y se dio cuenta de que no era lo suyo. Solo una vez cantó en un teatro, que se sepa, y lo pasaría muy mal. Los Pavones eran raros para las luces. Arturo era el más raro, más que Tomás. Y a Pastora no le gustaban tampoco, lo que pasa que ella era el sostén de la familia. ¿Sabes cuánto ganaba Pastora por noche cuando iba en una de aquellas compañías de Vedrines y Monserrat? Casi mil pesetas, lo que un trabajador normal no ganaba ni en tres o cuatro meses. Por eso se subía a los escenarios. Le gustaban las joyas, los buenos abrigos de pieles, la buena vida… Y, sobre todo, ayudar a los suyos, porque fue una mujer muy generosa.

 

«Aquella noche pasé seis horas en un cuarto de la Venta Vega de Sevilla con Morente y Eduardo de la Malena. Enrique se llevó tres o cuatro horas sin abrir la boca. Pero ya casi por la mañana, el de la Malena le pidió que hiciera algo y cantó unas alegrías a media voz que aquello fue una locura»

 

– ¿A quién te gustaría escuchar hoy en un cuarto, de los actuales?
– A Manuel Moneo, por ejemplo. También me hubiera gustado ver a Fernando de la Morena. Y a otros muchos. A Álvarez, otro cantaor de cuartito. O a los Pañeros, que son naturales, de pellizco. No te venden la burra, ¿sabes?

– ¿Y a Miguel Poveda?
– A ese lo quiero en un escenario, ahí es una fiera, conoce bien al público y sabe perfectamente lo que tiene que darle. En un cuarto no lo veo, porque le falta profundidad en los cantes fundamentales, ¿me entiendes? No le niego su mérito, pero puestos a echar un rato en una fiesta prefiero a Antonio Reyes, que ese es de cuartito y luego se sube a un escenario y transmite mucho. O a Jesús Méndez, el de Jerez. Escucha bien lo que te voy a decir: no lo pierdas de vista, porque tiene lo básico, lo que no se puede aprender en un curso. Tiene el don de la voz, el metal flamenco. Cuadra bien los cantes y en un escenario es una fiera. Confío mucho en sus posibilidades.

– ¿Y de cantaoras?
– Me metería con Dolores Agujetas, Inés Bacán y la Caíta, por ejemplo. No porque sean gitanas puras, sino porque tienen profundidad y me transportan a otros tiempos. Y desde luego con Mayte Martín. Esa es buena donde la pongan. Es artista, con eso está dicho todo.

– Estás citando nombres y luego te dan fuerte, abuelo, ya lo sabes.
– Sí, lo sé muy bien. Pero no se pueden dar cien nombres, solo los que tú creas que son necesarios. Cada uno tiene sus gustos y sus opiniones, y deben respetarse, que es lo que hago yo, respetar los gustos de todo el mundo. Porque esto, Manolillo, es muchas veces cuestión de gustos.

– Abuelo, cuéntame alguna noche que pasaras en un cuarto con algún artista importante.
– Pues mira, he vivido algunas reuniones inolvidables. Recuerdo un ratito en la intimidad con Enrique Morente y El Pele, que se respetaban mucho. Aquella noche, Enrique dejó que cantara El Pele y cantó de forma genial. Y otra noche pasé seis horas en un cuarto de la Venta Vega de Sevilla con Morente y Eduardo de la Malena, en 1989, que es lo más grande que he vivido. Enrique se llevó tres o cuatro horas sin abrir la boca, dejando cantar a los demás. Pero ya casi por la mañana, el de la Malena le pidió que hiciera algo y cantó unas alegrías a media voz que aquello fue una locura. Enrique en un cuarto era eso, una locura.

– Casi me has convencido, abuelo.
– Me alegro.

 

 

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Crítico de flamenco, periodista y escritor. 40 años de investigación flamenca en El Correo de Andalucía. Autor de biografías de la Niña de los Peines, Carbonerillo, Manuel Escacena, Tomás Pavón, Fernando el de Triana, Manuel Gerena, Canario de Álora...

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