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El gran secreto de Silverio

El hijo de Franconetti se llamó también Silverio, así consta en el registro de su muerte, y su abuelo materno fue también todo un personaje en Sevilla. El niño, además, nació en la calle Rosario, la misma calle sevillana donde Silverio tuvo su célebre café.

El gran cantaor Silverio Franconetti (Sevilla, 1831-1889) se llevó varios secretos a la tumba y uno de ellos fue el de la identidad de su único hijo, del que se ha escrito alguna vez pero sin dar datos contrastados, solo especulando, algo muy propio de la flamencología. Ese hijo existió, lo tuvo con la hija de uno de los históricos del cante y el toreo andaluz, aunque no pudo disfrutar de él porque el niño nació un año antes de que muriera el gran cantaor de la Alfalfa. Existió y fue todo un personaje en Sevilla, cantaor aficionado y agitador cultural, además de un destacado impresor que hasta llegó a editar algún libro de flamenco, en concreto de coplas flamencas. Él supo que Silverio era su padre, aunque lo mantuvo en secreto toda su vida y no disfrutó de su célebre apellido, solo de los dos de su madre, una mujer de gran belleza que enamoró no solo al gran cantaor sino a conocidos pintores sevillanos de la época.

En Sevilla había quien lo sabía, como es natural, porque la capital andaluza era entonces como un pueblo y en los pueblos se acaba sabiendo todo, hasta lo que no se debe saber. En la partida sacramental del niño consta Silverio como su padrino, y como madrina, la segunda esposa del célebre artista. Y cuando muere el hijo de Silverio, en el registro de su enterramiento en el Cementerio de San Fernando de Sevilla consta que, en efecto, era su hijo, seguramente porque ese fue su último deseo. Murió joven en los años treinta del pasado siglo, casado y sin hijos, luego no hay descendientes de este hombre, nietos o bisnietos de Silverio Franconetti.

¿Por qué es importante la existencia de este vástago de Silverio? En primer lugar porque atañe a su vida y es un dato de interés para completar su biografía, que aunque José Blas Vega le hizo una de un gran valor, quedó incompleta. En segundo lugar, porque algún flamencólogo puso en duda su hombría, con el estúpido argumento de que se casó dos veces con mujeres mucho más jóvenes que él, la primera de Linares (1868) y la segunda de Sevilla (1884), en concreto de Triana. Pero sobre todo, es importante por ser quien fue, un sevillano culto, sensible, amante del flamenco y gran aficionado, amigo y protector de intelectuales, poetas, pintores y cantaores. Sabiendo que era hijo del gran artista, el más importante de Sevilla, se ocupó de apoyar el arte al que se dedicó su padre y lo hizo con un gran sentido de futuro, apostando por lo jondo desde la Cultura, editando libros y promoviendo ciclos de conferencias en una época en la que aún había andaluces que despreciaban el flamenco, considerándolo un arte de escaso valor cultural. Logró implicar en su labor a grandes escritores y pensadores de la época, y cuando comenzaba a captar el interés de los periódicos sevillanos e incluso de la capital de España, una repentina enfermedad acabó con su vida en 1934, óbito que tuvo gran eco en la sociedad sevillana y en los medios de comunicación.

Al no haber dejado descendencia, es complicado poder demostrar que fue su hijo, aunque disponemos ya de pruebas más que suficientes para poder asegurarlo sin riesgo de equivocarnos. Se llamó también Silverio, así consta en el registro de su muerte, y su abuelo materno fue también todo un personaje en Sevilla. El niño, además, nació en la calle Rosario, la misma calle sevillana donde Silverio tuvo su célebre café. Toda una historia que daremos a conocer con pelos y señales una vez que concluyamos la investigación.

 

* Artículo publicado originalmente en ExpoFlamenco el 25 de enero de 2016

 

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Crítico de flamenco, periodista y escritor. 40 años de investigación flamenca en El Correo de Andalucía. Autor de biografías de la Niña de los Peines, Carbonerillo, Manuel Escacena, Tomás Pavón, Fernando el de Triana, Manuel Gerena, Canario de Álora...

1COMENTARIO
  • Paco Benitez 14 junio, 2019

    Muy interesantes las anécdotas del Sr. Bohórquez. A Silverio Franconetti se le atribuyen cuatro fechas de nacimiento: 1829, 1831, 1834 y, la más aceptada, 1823. Franconetti entabló amistad con El Fillo, monarca de cantaores, propietario de una voz carbonosa y ronca. De él aprendió los cantes gitanos puros a los que aún nadie llamaba flamenco. Una de las seguiriyas más famosas del maestro. Fillo lamentaba el apuñalamiento y la muerte de su hermano. No sería de extrañar que Silverio se arrancara en la sastrería y que su madre escuchara la letra arañando de puro pánico algún recorte de tela. Cuando zarpó rumbo a Buenos Aires y Montevideo se le conocía en Sevilla y Madrid. Ya había comenzado el trabajo de orfebrería. Suavizar el arte fragüero y fusionarlo con el folclore andaluz para hacerlo más accesible al público y lograr que se reconociera su dimensión artística. No obstante, la verdadera culminación de su esfuerzo por profesionalizar el cante gitano fue la fundación del Café de Silverio en 1881. Allí medrarían voces como la de Enrique El Mellizo, La Serneta, Fosforito o Antonio Chacón. El Café era como si fuésemos a la universidad a prender las cositas de los flamencos y disputarse a ver quién daba más de sí. Silverio estaba dotado de una prodigiosa garganta, no había retante que pudiera hacerle sombra. Lo que sí está claro es que la vida en sí de Silverio es un misterio lleno de fechas contrariadas. En aquellos fechas había mucha verdad y mucha mentira con relación a las fechas de los nacimientos, por aquello de los registros civiles en los que a la paternidad siempre estaba oculta por aquello de las infidelidades amorosas de unos y de otros. No es de extrañar lo del hijo de Silverio, que estuviese a la sombra y bien guardado a sabiendas de unos cuantos que a bombo y platillo sabían de las cornamentas de los patriarcas que eran la comidilla del critiqueo y de la razón oculta.

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