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¿Existe el mejor cantaor de la historia?

Es humano sentirse atraído por quien nos ha zamarreado el alma. Hoy veo el asunto del cante de una manera más fría, cerebral, porque ninguna figura joven me ha enganchado aún como lo hicieron Morente, Lebrijano o Camarón. Ya no hay figuras de esta talla. Disfruto del cante sin borracheras a media noche en peñas de mala muerte.

¿Existen el cantaor o la cantaora más grande? Juan de Juan, el cordobés imitador de Marchena, suele decir que el mejor es el que a uno le gusta y no le falta razón. Ayer se cumplieron veintisiete años de la muerte de Camarón y las redes sociales se llenaron de homenajes al genio, coincidiendo muchas personas en que fue el mejor de todos los tiempos. ¿Mejor que Chacón, la Niña de los Peines, Marchena, Caracol, Vallejo y Mairena? Imposible, pero cada cual tiene el legítimo derecho a decir lo que siente.

Es muy difícil ser objetivo en este asunto, porque nos pierde la pasión y el amor que sentimos por los ídolos del cante o el toque. Ocurre igual con Paco de Lucía, el mejor de la historia para muchos. Hay quienes reducen la historia del arte flamenco al binomio Paco-Camarón, que es como reducir la pintura a Velázquez o Picasso o la poesía a Machado y Lorca. Pero es muy humano que nos sintamos atraídos de una manera pasional por quien nos gusta o nos ha enamorado porque nos ha zamarreado el alma. Me ocurre a mí también, que soy crítico de flamenco y se supone que tengo que controlar las emociones y ser lo más objetivo posible.

 

«Lo mismo escucho a Chacón, Manuel Torres o Marchena que a Perico el Pañero, El Cabrillero o Rancapino Chico. Me gusta el cante en sí y lo vivo sin prejuicios. Seguramente es que me he hecho mayor»

 

El primer cantaor que me cautivó de una manera casi enfermiza fue El Carbonerillo (Sevilla, 1906-1937), el genial cantaor de la calle Sol. Hasta el punto de escribir su biografía. Llegué a obsesionarme tanto con Manuel Vega García que no dormía y busqué de él todo lo que quedaba en Sevilla: fotografías, carteles, objetos personales… Busqué a sus hermanas vivas para que me hablaran de él y cuando descubrí que sus restos aún estaban en el Cementerio de San Fernando de Sevilla, solía ir casi todos los meses a charlar con él. En serio, para mí El Carbonero era Dios, el mejor fandanguero de la historia y una de las voces más puras que he escuchado.

Años más tarde me ocurrió lo mismo con Enrique Morente, el maestro de Granada al que tanto echo de menos. Era yo muy joven cuando cantaba sus cosas, sobre todo La Estrella, que me cautivó. Sin embargo, como estaba abducido por el mairenismo, reconozco que no entendía muchas cosas de Morente y que me aburría a veces. Todo cambió cuando comencé a estudiar su discografía y descubrí que era no solo un gran cantaor, sino un creador genial. Muy criticado siempre en Sevilla, por cierto, de ahí que apostara tanto por él y le defendiera a capa y espada, lo que me trajo muchos problemas con el mairenismo y los gitanistas más intransigentes.

Hoy veo el asunto del cante de una manera muy distinta a hace cuarenta años y no me apasiono tanto. Quizá también de una manera más fría, cerebral, porque ninguna figura joven me ha enganchado aún como lo hicieron Morente, Lebrijano o Camarón. Es que hoy no hay figuras de esta talla. Por tanto, disfruto del cante de una forma más relajada y tranquila, sin emociones desbordadas ni borracheras a media noche en peñas de mala muerte. Lo mismo escucho a Chacón, Manuel Torres o Marchena, que a Perico el Pañero, El Cabrillero o Rancapino Chico. Me gusta el cante en sí y lo vivo sin prejuicios. Seguramente es que me he hecho mayor.

 

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Crítico de flamenco, periodista y escritor. 40 años de investigación flamenca en El Correo de Andalucía. Autor de biografías de la Niña de los Peines, Carbonerillo, Manuel Escacena, Tomás Pavón, Fernando el de Triana, Manuel Gerena, Canario de Álora...

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