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Fernandito Terremoto o la inmortalidad

La enfermedad se lo llevó hace diez años, dejándonos huérfanos de una voz flamenquísima y una manera de cantar que se nos escapa entre las yemas de los dedos. Fernando Terremoto Hijo tenía el don, no era un cantaor de laboratorio, sino un artista vital, de sangre y de carne, con increíble facilidad para meterte su jondura en el alma.

No sé si es bueno o no negarse a olvidar a los artistas flamencos que se fueron. Algunos modernos se escandalizan cuando los antiguos conmemoramos las efemérides y hasta se burlan cuando vamos a un cementerio a llevarles un ramo de flores o a dejarles una soleá en sus tumbas. Es un error pensar que un cantaor se va cuando se muere. Es al contrario: en algunos casos, se mueren para quedarse para siempre. El 13 de febrero se cumplen diez años de la muerte de Fernando Fernández Pantoja, Terremoto Hijo (Jerez, 1969). Diez años ya, cómo corre el tiempo.

Traté a Fernandito Terremoto desde los inicios de su carrera, cuando una mañana me lo presentaron en Sevilla y quedé maravillado de su humildad. Lo escuché cantar por bulerías y pensé, lo confieso, que era un chaval atrapado en el recuerdo de su padre, al que conocí bien. Era increíble su parecido al genio, a su padre, no solo cantando sino hablando. Pensaba entonces que Fernandito no tendría mucho recorrido como cantaor. Hasta que una noche lo escuché en un recital completo y descubrí que sí, que había cantaor más allá del recuerdo de su padre. Aquella noche cantó bulerías para escuchar y también las clásicas festeras de su tierra. Bordó los cantes seguiriyeros de Juan Mojama, las malagueñas del Mellizo, los tangos de Frijones y las soleares de la Sarneta, Juaniquí y Joaquín el de la Paula. Lo interpretó todo llevando los tercios a su sitio, con un exquisito compás y sobrado de conocimientos. Sé que a algunos les podrá parecer una barbaridad, pero Fernando mejoró en muchas cosas a su padre. Un día se lo dije y le gustó, quizás porque estaba cansado de comparaciones y de que le hablaran tanto de mimetismo. También se enfadó alguna vez conmigo por este motivo, porque alguna vez le hice saber que su padre era único e irrepetible y que tenía que buscar su propio mundo expresivo.

 

«El día que murió no se fue a ninguna parte: se quedó para siempre, como se quedaron su padre, Juanito Mojama, Tomás Pavón o El Carbonerillo. La inmortalidad no la decide el que se muere, sino quienes no aceptan su muerte»

 

Recuerdo grandes noches de Fernando, la mayoría de ellas en Sevilla, donde vivió algunos años. Una noche cantó por bulerías en el Teatro Nacional Lope de Vega y lo hizo de una forma que bailaron hasta los gorriones del Parque de María Luisa. Nadie tenía su soniquete y en la bulería corta de Jerez era el verdadero rey, con una velocidad increíble y sin descomponer jamás la melodía ni la medida. Cantaba con gusto, sintiéndolo, sin encorsetamientos y vocalizando siempre de manera admirable. Pero un día, estando de tertulia en Triana, alguien me dio la noticia de que le habían diagnosticado una terrible enfermedad y que luchaba ya para evitar la muerte. Son de esas noticias que no te las crees, porque Fernando era joven y fuerte y, sobre todo, porque era un pedazo de pan bendito. Lamentablemente, la enfermedad se lo llevó hace diez años, dejándonos huérfanos de una voz flamenquísima y una manera de cantar que se nos está escapando por entre las yemas de los dedos. Fernando tenía el don, no era un cantaor de laboratorio, sino un artista vital, de sangre y de carne, con una increíble facilidad para meterte su jondura en el alma.

Cuando voy a Jerez y me pierdo por sus calles, siempre llevo en la cabeza a Fernandito y me acuerdo de cuando lo veía callejeando por Triana o en la taberna de José Lérida, que ya no existe. Tenía razón Antonio Mairena cuando hablaba de que la pureza del cante estaba en el paisaje, que un cante por soleá de Alcalá te tiene que llevar con los ojos cerrados al Castillo, en cuyas faldas vivían Joaquín el de la Paula, Manolito el de María o el Enriquillo. Cuando escuchabas a Fernando, aunque fuera en Francia, cerrabas los ojos y te veías en el Barrio de Santiago, olías los jazmines de sus corrales de vecinos y te embriagaba el vino de sus tabernas. Por eso, el día que murió no se fue a ninguna parte: se quedó para siempre, como se quedaron su padre, Juanito Mojama, Tomás Pavón o El Carbonerillo. Solo se muere lo que se olvida y hay voces que son imposibles de olvidar. La inmortalidad no la decide el que se muere, sino quienes no aceptan su muerte.

 

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Crítico de flamenco, periodista y escritor. 40 años de investigación flamenca en El Correo de Andalucía. Autor de biografías de la Niña de los Peines, Carbonerillo, Manuel Escacena, Tomás Pavón, Fernando el de Triana, Manuel Gerena, Canario de Álora...

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