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Fernando Crespo, parando el compás

Ha creado esta maravillosa obra fotográfica, 'Manos y palmas por bulerías', como el director de cine que elige lugares, planos y luces antes de empezar a rodar su obra maestra. Fernando Crespo ha sabido ver lo que solo se puede sentir.

De entrada he de reconocer que cuando me llamó Fernando Crespo para que le hiciera el prólogo a esta obra sobre la fotografía flamenca, Manos y palmas por bulerías, como estaba de mudanza y muy quemado casi deseé que se aburriera y se lo encargara a otro, a pesar de que lo he admirado siempre como fotógrafo y gran profesional de la prensa gráfica. Ha fotografiado a multitud de artistas de flamencos famosos y he visto obras de él que me han producido envidia y no precisamente sana, sino totalmente putrefacta.

Fernando tiene una técnica y una visión como fotógrafo que envidio, porque también hago fotos de flamenco y debo de tener miles de negativos en blanco y negro de cuando iba a los festivales de verano y El Correo no me mandaba fotógrafo. Por tanto, tengo grandes razones para admirar a este hombre y envidiarlo insanamente, quizá porque soy en realidad un fotógrafo frustrado, como también soy un cantaor fracasado que se dedicó a la crítica flamenca un poco como venganza. No puedo ser como ustedes, los genios del cante, pues os machaco y punto. Y ahí ando, siendo un cabroncete lleno de complejos.

Tras ver bien todas las fotografías de este hermoso y original libro de flamenco, destaco precisamente el hecho de que no conozca a nadie de los que aparecen en las imágenes en blanco y negro, la inmensa mayoría mujeres que intentaban aprender a conocer y a bailar las bulerías, el palo más difícil del cante jondo, porque si no tienes compás es como intentar jugar al tenis sin brazos. Y ahí es donde me paré y me empezó a interesar este trabajo tan novedoso en el que su autor juega con el compás como el mejor cantaor especialista y hasta se atreve a pararlo, a congelarlo, sin descomponer nunca la imagen. Son fotografías aparentemente fáciles, sencillas, pero no es así. No es cuestión de congelar una imagen, sino de saber dónde parar el compás sin que el gesto de la que canta o baila deje de tener interés y la métrica no sea algo frío o matemático.

Cada una de estas fotografías, las ochenta, podrían ponerse en movimiento con algún ingenio mecánico y pensar que estás en esa sala de ensayos sintiendo el compás, ese un, dos, tres, cuatro cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez…, un, dos…, donde cabe toda una teoría de la fiesta flamenca. Gestos, miradas, poses, posturas que hasta tienen música o que te invitan a crearla tú mismo. El flamenco es muy fotogénico y, a veces, se te dispara la cámara sin querer en una fiesta y te puede salir una maravilla inesperada, aunque sea movida. Pero Fernando ha creado esta maravillosa obra fotográfica como el director de cine que elige lugares, planos y luces antes de empezar a rodar su obra maestra.

Viéndola completa, desde la primera a la última imagen, acabas entendiendo que a veces el duende no está en el artista, sino en quien sabe sentirlo. Y Fernando ha sabido ver lo que solo se puede sentir.

 

 

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Crítico de flamenco, periodista y escritor. 40 años de investigación flamenca en El Correo de Andalucía. Autor de biografías de la Niña de los Peines, Carbonerillo, Manuel Escacena, Tomás Pavón, Fernando el de Triana, Manuel Gerena, Canario de Álora...

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