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Aquel jilguero de Marchena

Don José Tejada fue un cantaor colosal y no solo por fandangos, tarantas, guajiras o colombianas, sino en casi todos los palos de la baraja flamenca. No era gitano y tampoco tenía una voz quebrada, gastada, sino brillante y timbrada, de jilguero o de canario enamorado.

Tal día como hoy pero del año 1976 murió en Sevilla uno de los genios más grandes del cante andaluz, José Tejada Martín, el Niño de Marchena. Murió de un cáncer de esófago que se lo comió en pocas semanas. Me comentó Juan Valderrama, su gran amigo y rival, que Pepe lo llamó una mañana y le dijo: “Juan, ven a verme que me voy a morir y si no me organizas algo voy a dejar a Isabelita en una situación delicada”. Isabelita era su esposa. Valderrama fue a verlo a su piso de la sevillana calle San Pedro Mártir y cuando Isabel le abrió la puerta vio al Maestro sentado en una silla, que no pesaría más de treinta kilos. El cáncer se lo había comido. Y su compañero le organizó un homenaje en Madrid para remediar la situación, aunque no pudo evitar su muerte, la de quien había sido siempre su principal referencia como cantaor, su ídolo.

Nacido en una familia muy humilde, el Niño de Marchena tuvo que hacer de todo para sobrevivir, desde guardar cochinos, cuando era solo un niño, hasta cantar por las tabernas a cambio de algunos reales. Pero había nacido con el don de la voz y del arte y no tardó en salir de la pobreza y de sacar a los suyos de la miseria. Cuando empezó a cantar, el cante era ya un arte muy popular en España y fuera de nuestras fronteras, con figuras como Chacón, Manuel Torres, la Niña de los Peines, Manuel Escacena o José Cepero. El Niño de Marchena, el Pinto y el Carbonerillo, los tres más o menos de la misma edad, empezaron juntos a cantar por los pueblos de Sevilla y revolucionaron el fandango. El padre del Carbonerillo, Manuel Vega Villar, bailaba en el Novedades de Sevilla y logró que cantaran los tres en ese local de tanto prestigio, armando la marimonera. Y a partir de ahí empezó la apasionante historia de este genio, un superdotado del cante que fue durante más de medio siglo la primera figura del arte de cantar lo jondo. A su manera, claro, porque nació distinto a todos, con unas condiciones poco comunes.

 

«No es flamenco, decían, pero era de los más flamencos, tanto cantando como en su forma de concebir la vida, que llevó de una manera anárquica, a su aire. Treinta y nueve años hace que se fue y aún vive. Y todavía lo lloran los pájaros de los campos marcheneros»

 

Chacón le puso el remoquete de La Vieja, de lo que sabía, y Pastora Pavón se volvió loca con él. Su hermano Tomasito, el gran Tomás Pavón, llegó a decir que cuando Dios echó la sal sobre la tierra le cayó toda encima al Niño de Marchena. Y así fue durante toda su larga carrera, un artista idolatrado hasta por los propios cantaores, aunque también tuvo detractores, cómo no, porque llegó rompiendo moldes, revolucionando las formas, la estética, la forma de vestir, todo. La crítica de la época fue cruel con él, quizás porque los críticos no entendieron bien que saliera al escenario como un palmito, oliendo a colonia y hablando con salero. Entonces, cuando Marchena era un adolescente, salvo excepciones, los cantaores aún cantaban con gorra campera y marcaban el son con una varita de mimbre. No solían cuidar su imagen, que Marchena cuidó hasta la obsesión. Físicamente era un hombre guapo, con el pelo muy negro y ondulado. La gran mayoría de las artistas de aquel tiempo, del cante y de la copla, estaban enamoradas de él y eso provocó los celos de quienes refregaban sus barrigas por los mostradores de los tabancos.

El Niño de Marchena era un cantaor de cine. Pero además de eso don José Tejada fue un cantaor colosal y no solo por fandangos, tarantas, guajiras o colombianas, sino en casi todos los palos de la baraja flamenca. No era gitano y tampoco tenía una voz quebrada, gastada, sino brillante y timbrada, de jilguero o de canario enamorado. Cantó con la voz natural en sus comienzos, y ahí están sus primeros discos, y luego fue derivando a una manera de cantar, adornándose, que muchos entendieron como falta de pureza o autenticidad. “No es flamenco”, decían, pero era de los más flamencos, tanto cantando como en su forma de concebir la vida, que llevó de una manera anárquica, a su aire. Treinta y nueve años hace que se fue y aún vive. Y todavía lo lloran los pájaros de los campos marcheneros.

 

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Crítico de flamenco, periodista y escritor. 40 años de investigación flamenca en El Correo de Andalucía. Autor de biografías de la Niña de los Peines, Carbonerillo, Manuel Escacena, Tomás Pavón, Fernando el de Triana, Manuel Gerena, Canario de Álora...

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