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La soledad de Manolo Sanlúcar

Aún se oye decir que le faltan el pellizco, la enjundia, el aire y la gitanería de Paco. Y Manolo se consume en una soledad que le ha dado al flamenco un baño de oro puro, que brilla con el inigualable sol de Sanlúcar de Barrameda.

Cuando murió Paco de Lucía, el 26 de febrero de 2014, me enteré de la noticia mientras iba conduciendo y tuve que parar el coche en plena autovía, echarme a un lado para evitar un accidente. No me lo podía creer porque siempre pensé que era inmortal. Recuerdo que cuando publiqué al día siguiente una doble página en El Correo de Andalucía, el diario sevillano para el que trabajo desde hace treinta y cinco años, algunos lectores me reprocharon que no me hubiera mojado a la hora de analizarlo como guitarrista. No era el momento de eso, solo de llorar su muerte y de hacer un perfil de urgencia. Hubo quienes fueron más allá y me animaron a compararlo con Manolo Sanlúcar, la otra gran figura de la guitarra flamenca de los últimos cincuenta años, por quien, lo digo ya, en seco, siempre he sentido verdadera debilidad. Por encima incluso de Paco, si quieren que les sea sincero, que lo suelo ser siempre.

Hace unos días*, el 3 de diciembre, el maestro don Manuel Muñoz Alcón recibía la Medalla de Oro de las Bellas Artes en Sevilla junto a otros dos grandes maestros del flamenco, María Pagés y El Güito. Me hice eco de la noticia, pero sin opinar sobre él y su obra, algo que he hecho ya muchas veces. Para mí, como crítico de flamenco, amante de la guitarra y aficionado, la obra de Manolo Sanlúcar no tiene parangón en la guitarra flamenca, y el tiempo lo demostrará. Que Manolo es un guitarrista y compositor reconocido en el mundo entero es algo irrefutable, pero debería estarlo aún más. No solo por su obra musical, por lo que ha aportado a la guitarra y a la música andaluza en general, al flamenco, sino por muchas más cosas. Manolo no se ha limitado a ganar dinero, que también, sino a investigar, a enseñar, a escribir y a hacer grande el flamenco más allá de sus composiciones. Su compromiso con este arte es total, sin fisuras. Lo ha defendido siempre a capa y espada lo mismo en una peña flamenca que en el mejor teatro del mundo o en las universidades más prestigiosas. Y ha puesto en el camino a guitarristas que hoy son primeras figuras sin ser imitadores de su estilo. Es más, muchos lo han aprendido casi todo con él y ahora dicen que son guitarristas por Paco de Lucía.

Para Manolo, ser guitarrista, un buen músico, no es solo comerse la guitarra o picar sin que se te vean los dedos, sino algo más. Manolo es de la opinión, compartida por mí, que un buen guitarrista debe ser alguien con sensibilidad para amar la música, la pintura, la poesía, el arte, por encima de las facultades o la genialidad innata. Desconfía del guitarrista que cree tenerlo todo porque tiene el son, el pellizco, la gracia y el aire. Su obra no está basada en las facultades, en la fuerza, en el don, como la de Paco de Lucía –que es un genio, claro que sí–, sino en el talento, el amor a la música andaluza y el trabajo: investigación, estudio, constancia y fe en lo que hace. Creo que es lo que le diferencia de Paco y de otros genios anteriores de la guitarra. Y hay algo que me chifla del maestro sanluqueño, que es su generosidad, esa actitud suya de darse a los demás. El empeño en ayudar a los jóvenes guitarristas a formarse, a ser artistas, a amar la guitarra, a conocerla, a morir por ella. Eso es lo que ha hecho grande a Manolo Sanlúcar.

Y después, claro está, su obra musical, que no tiene parangón. No disponemos de espacio para desmenuzar esa obra, grandiosa y variada, pero hay un disco, Tauromagia (1998), que bastaría para inmortalizarlo. En esa prodigiosa obra se resume la esencia de este compositor andaluz, su capacidad creadora, cómo describe en ella a Andalucía, el mundo del toreo, el campo, la angustia, el amanecer, el miedo, el éxito, el orgullo, la soledad, el arte, la creación. Tan grande es ese disco, esa obra musical, que no solo la hubiera firmado Paco de Lucía, sino Julián Arcas, Paco el Barbero, Paco el de Lucena, Ramón Montoya, Sabicas o el Niño Ricardo. Le han dado la Medalla de Oro de las Bellas Artes, algo tarde, pero en cada ciudad andaluza debería haber un teatro con su nombre. En vez de eso, aún se oye decir que le faltan el pellizco, la enjundia, el aire y la gitanería de Paco. Y Manolo se consume en una soledad que le ha dado al flamenco un baño de oro puro, que brilla con el inigualable sol de Sanlúcar de Barrameda.

 

*  Artículo publicado originalmente en ExpoFlamenco el 11 de diciembre de 2015

 

 

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Crítico de flamenco, periodista y escritor. 40 años de investigación flamenca en El Correo de Andalucía. Autor de biografías de la Niña de los Peines, Carbonerillo, Manuel Escacena, Tomás Pavón, Fernando el de Triana, Manuel Gerena, Canario de Álora...

2 COMENTARIOS
  • Paquidan 4 junio, 2019

    Olé muy bien dicho, pero yo dire «no es un baño» es oro puro !

  • Magdalena Salgado Torres 18 noviembre, 2019

    Es injustamente tratado donde deberían adorarlo.En su pueblo Sanlúcar de Barrameda.Que razón tiene usted cuando dice que los que han aprendido con él todo lo que saben de guitarra,que los a acogido en su casa como a un hijo más,digan ahora que se lo deben a Paco de Lucía.Que poca gente es bien nacida(por aquello del refrán)

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