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Lo que me gustaba de Antonio Mairena

Estuvo veinte años mandando en el cante jondo, dejó una obra monumental y creó una de las mejores escuelas de cante del siglo XX. Lo hizo, además, en un momento decisivo, cuando los últimos coletazos de la ópera flamenca dañaban al flamenco. Admiro el mérito que tuvo este hombre de Mairena del Alcor, gitano, con casi todo en su contra

Hace unos días me preguntaba un mairenista cerrado, con tela de guasa, que si había algo de Antonio Mairena que me gustara. Del Antonio Mairena cantaor, todo. Sobre todo en los cantes que él llamaba básicos, como son las seguiriyas, las soleares, las tonás y los aires festeros. Para los aires de levante, las malagueñas, las granaínas y los fandangos siempre he preferido a otros, aunque el maestro conocía de sobra esos palos y los grabó. La única vez que estuve en su casa de Sevilla, en la calle Padre Pedro Ayala, hablamos de los llamados cantaores enciclopédicos y él me dijo que no existían, que no había habido ni un cantaor que brillara con la misma intensidad en todos los palos de la baraja flamenca.

Era muy joven, 20 años, y no iba a discutir de cante con uno de los que más sabían en aquel tiempo, pero le hablé de Manuel Vallejo y de su inmensa obra discográfica, y evitó debatir sobre el genio sevillano para a continuación invitarme a hablar de Pastora Pavón como prototipo de cantaora larga. Pastora y Vallejo no solo fueron los intérpretes más largos de su tiempo, sino de todos los tiempos, y ahí están sus obras discográficas, aunque el maestro destacara más a su prima.

Cuando se dice que Antonio Mairena recuperó muchos estilos a punto de perderse, ¿cuántos no salvaron los dos genios sevillanos? ¿Se imaginan qué antología pudo haber dejado hecha Pastora, al margen de lo que dejó grabado en discos de pizarra, de haber podido? Cantando desde niña y habiendo escuchado a muchos de los grandes clásicos, desde Mercedes la Sarneta a la Trini de Málaga, pasando por la Juanaca, Paca Aguilera, Carmen la Trianera, Luisa la del Puerto o Frijones.

 

«De Antonio Mairena me gustaron muchas cosas. En primer lugar, su amor al cante y su gran afición»

 

Pastora no aprendió solo de los maestros de su tiempo, los profesionales, sino de intérpretes anónimos. Dijo una vez Mairena que no venía de una familia de artistas, pero su padre y su madre cantaban, así como su abuelo Tomás el Calilo, que era de los tiempos de El Fillo y Silverio. Juan Valderrama me dijo que Pastora era capaz de llevarse una hora cantando por soleá sin repetir estilo ni letra, y por seguiriyas o tangos. Y que lo mismo se metía en Huelva y hacía catorce fandangos diferentes.

Curiosamente, Antonio dijo una vez que, “aunque no supiera lo que cantaba, su sonido y su gracia eran únicos”. ¿Cómo que no sabía lo que cantaba? Supongo que quiso destacar ese metal tan personal de Pastora, porque no quiero pensar que desdeñara de verdad la sabiduría de una mujer que estuvo cantando setenta años y que conoció a todos los grandes de esas siete décadas.

¿Alguien se ha parado a analizar detenidamente la obra discográfica de Manuel Vallejo? ¿Cuántas antologías dejó, de todos los palos? Es verdad que en aquellos tiempos no existía en los cantaores esa mentalidad de dejar un legado para las nuevas generaciones, y que no había medios para grabar una antología de cincuenta discos de pizarra de una tacada. Pero disco a disco, año tras año, tanto Pastora como Vallejo crearon dos de las antologías más importantes del cante jondo.

De Antonio Mairena me gustaron muchas cosas. En primer lugar, su amor al cante y su gran afición. No le resultó fácil hacerse cantaor en Mairena del Alcor, donde en sus comienzos llegaron a abuchearlo algunas veces por tener, según fiables testimonios, “voz de becerro”. No gustaba en su propio pueblo, esa es la verdad, solo a su familia y a una minoría de aficionados. El maestro ocultó esto en sus memorias porque en el fondo adoraba a Mairena del Alcor, quizá por las raíces familiares, que para un gitano son siempre importantes.

Voló pronto de su pueblo por diversos motivos, y vivió en lugares como Arahal, Carmona, Sevilla y Huelva. Nunca dejó de ir a Mairena, donde además tuvo un chalecito, y cuando iba era muy bien recibido por los buenos aficionados del pueblo, gachés la mayoría de ellos. Pero en cuanto podía regresaba a su casa porque sabía que su carrera la tenía que hacer fuera, donde tampoco lo tuvo fácil. Mairena lo pasó muy mal en Sevilla, por ejemplo.

 

«Pastora y Vallejo no solo fueron los intérpretes más largos de su tiempo, sino de todos los tiempos, y ahí están sus obras discográficas»

 

Viendo que le resultaba difícil hacerse un hueco entre los más grandes de su época, se volcó en la formación a la espera de que le llegara su momento, y le llegó cuando Ricardo Molina lo eligió para darle la III Llave de Oro del Cante en Córdoba, en 1962. Ocho años antes, le dijo a Juan de la Plata en una entrevista –la primera que se le hizo en un periódico, ya con más de cuarenta años– que la Niña de los Peines era “la única merecedora de la Llave del Cante”. Pero cuando Ricardo le habló de la posibilidad de que se le diera el trofeo a él, le gustó la idea y se olvidó de Pastora. De hecho, La Niña quiso disputarle la distinción y él hizo todo lo posible para quitarle la idea de la cabeza.

Sabía que ese era su momento, el que esperaba desde hacía años, y no estaba dispuesto a dejar pasar el tren. Sin una obra discográfica de interés y una carrera sin grandes logros, se convirtió en el amo. No creó los festivales de verano, pero se subió al carro porque sabía que en ese terreno podía mandar. Y empezó a diseñar su carrera ya de una manera ordenada y planificada, creando el mairenismo y aplastando cualquier conato de maniobra contra él.

Lo demás ya es sobradamente conocido. Antonio Mairena estuvo veinte años mandando en el cante jondo, dejó una obra monumental y creó posiblemente una de las mejores escuelas de cante del siglo veinte. Lo hizo, además, en un momento decisivo, cuando los últimos y desesperados coletazos de la ópera flamenca estaban dañando bastante al flamenco. No estoy nada de acuerdo con muchos de sus postulados y me interesa poco la parte teórica de su obra. Pero admiro el mérito que tuvo este hombre de Mairena del Alcor, gitano, con casi todo en su contra desde sus inicios. Y esto no lo podrán negar los mairenistas más fanáticos, que tanto daño le han hecho y le siguen haciendo.

Fotos de Antonio Mairena: Archivo Segundo Jiménez

 

 

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Crítico de flamenco, periodista y escritor. 40 años de investigación flamenca en El Correo de Andalucía. Autor de biografías de la Niña de los Peines, Carbonerillo, Manuel Escacena, Tomás Pavón, Fernando el de Triana, Manuel Gerena, Canario de Álora...

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