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Manuela Carpio: aquella niña que asombraba

Sigue siendo una bailaora de casta, de raza, con una fuerza sobrenatural y conservando la esencia, esa escuela que tiene Jerez, que es única. Dejen que aquella niña prodigiosa de los Moneo y los Carpio vuelva a asombrarnos y a matarnos de emoción, ahora con el regusto que dan los años.

¿Estamos en una buena época de bailaoras? Unos dicen que sí y otros que no. En los últimos cuarenta años he visto bailar a cuarenta o cincuenta grandes artistas, desde Matilde Coral a todas las jóvenes de ahora. No llegué a ver nunca a Trini España, solo la he visto en vídeo y me parece colosal, una combinación perfecta de elegancia y flamencura sevillana. Me han gustado siempre las bailaoras que en un solo baile han sido capaces de dar una dimensión única, y eso ya es un regalo de los dioses. Matilde ha sido el enciclopedismo, como Mairena lo fue en el cante o Montoya en la guitarra. Pero quiero destacar a quienes me han conmovido por bulerías, ahora que muy pocas son buenas en este baile tan difícil, al que han vulgarizado de una manera lamentable. Recuerdo momentos mágicos de Tía Juana la del Pipa. Esta gitana de Jerez bailaba sin melindres, marcando con una naturalidad asombrosa y moviendo los brazos como nadie. Era espectacular por su sencillez, no por los saltos o por patear el escenario hasta partirlo. En aquel tiempo disfruté muchas veces de bailaoras no profesionales de Triana, de la Cava Gitana, como Pepa la Calzona, emparentada con Juan Pelao, el célebre martinetero.

Una noche en Sevilla, en el Teatro Lope de Vega, descubrí a una niña de Jerez, Manuela Carpio Moneo, que actuaba en la Compañía de Manuel Morao. Debe hacer treinta y cinco años. Bailó solo dos minutos y puso el teatro en pie. A partir de esa noche la vi otras muchas veces, en espectáculos como La fragua del Tío Juane o Esa forma de vivir. Y le perdí la pista. Solo la volví a ver en algún programa de televisión. Dedicada a la docencia, ahora quiere volver a los festivales, después de maravillar en la pasada Fiesta de la Bulería de Jerez. Es una buena noticia, sin duda, porque echo de menos en los festivales esa manera de bailar, esa escuela, que ha desaparecido de manera inexplicable, dejando paso a otra, la que llaman contemporánea, basada fundamentalmente en la técnica. También es baile flamenco, pero de otro corte. No diría que sin alma, porque no hay flamenco sin alma, es imposible. Pero sí de pose y con coreografías cansinas que solo buscan la belleza plástica y el embeleso del público.

Manuela Carpio sigue siendo una bailaora de casta, de raza, con una fuerza sobrenatural y conservando la esencia, esa escuela que tiene Jerez, que es única, creada durante años por grandes bailaoras de la tierra, unas profesionales y otras no. Creo que ambas escuelas, la clásica y la contemporánea, pueden convivir perfectamente, siempre ha sido así. La Argentinita creó Las calles de Cádiz, una obra histórica, para que convivieran las dos formas, de ahí que llevara a tres jerezanas con arte como La Macarrona, La Malena y Fernanda Antúnez, en contraste con ella y su hermana Pilar López. Y un siglo antes convivían en perfecta armonía las boleras con las flamencas. Olvidar a las bailaoras que siguen conservando esas formas clásicas, gitanas o no, esa manera de bailar tan andaluza, es renunciar a lo que hizo del baile flamenco un arte único en el mundo. Por eso celebro que Manuela Carpio vuelva a tener interés en bailar en los festivales de los pueblos, en las semanas culturales y en los festivales internacionales. Porque se echa de menos esa emoción, esa manera casi salvaje de bailar lo jondo. Manuela nunca se fue, combina la docencia con sus actuaciones, aunque esporádicas, demasiado ocasionales. Si tiene ganas de volver a emocionarnos, que lo haga. Dejen que aquella niña prodigiosa de los Moneo y los Carpio vuelva a asombrarnos y a matarnos de emoción, ahora con el regusto que dan los años.

 

* Artículo publicado originalmente en ExpoFlamenco el 27 de noviembre de 2015 / Foto superior: Juan Garrido

 

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Crítico de flamenco, periodista y escritor. 40 años de investigación flamenca en El Correo de Andalucía. Autor de biografías de la Niña de los Peines, Carbonerillo, Manuel Escacena, Tomás Pavón, Fernando el de Triana, Manuel Gerena, Canario de Álora...

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