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¿Somos engreídos los críticos de flamenco?

¿Somos capaces de marcar el compás, de afinar bien una guitarra, de darnos una pataíta por bulerías sin caernos o de identificar la ojana? ¿Somos artistas frustrados y por eso desarrollamos una mala leche especial que empleamos como venganza contra quienes sí tienen el don innato del arte?

Recientemente daba un repaso a los artistas del cante, el baile y el toque flamencos, analizando, unas veces con ironía y otras por derecho, pero siempre de manera cariñosa, cómo son, si son o no vanidosos, petulantes, presumidos…, esas cosas. Pero ya que estamos inmersos en este juego, ¿cómo somos los críticos de flamenco? ¿Sabemos? ¿Somos capaces de marcar el compás, de afinar bien una guitarra, de darnos una pataíta por bulerías sin caernos o de identificar la ojana? ¿Somos artistas frustrados y por ese fracaso desarrollamos una mala leche especial que empleamos como venganza contra quienes sí tienen el don innato del arte?

Naturalmente, en este artículo no voy a opinar sobre mis compañeros, porque estaría feo. Ni siquiera sobre la crítica en general, por una cuestión de ética y compañerismo. Voy a referirme solo a mí, que llevo cuarenta años de crítico de flamenco y sí, soy un cantaor frustrado, lo confieso. Quise ser artista del cante, un Mairena, un Camarón o un Turronero, pero no lo conseguí. Solo fui a un concurso de cante en mi vida, cuando tenía 18 años, y fracasé estrepitosamente. Cantaban aquella noche conmigo Manuel Márquez El Zapatero, Rufo de Santiponce y el Brujo de Huelva, por citar solo a los que les podrán sonar de algo. Lo pasé tan mal y fue una experiencia tan aterradora, que nunca más fui a un concurso. Ni he vuelto a subirme jamás a un escenario a cantar. Esa noche me di cuenta de que no servía, que era raro para el escenario. Y como amaba el cante, el flamenco en general, decidí intentar ser crítico de flamenco.

Canto para que me tiren a los cochinos, no toco la guitarra y no sé bailar ni por sevillanas, que ya es delito siendo sevillano.

Eso sí, durante algún tiempo formé parte de un grupo de sevillanas, Arte y solera, donde además de cantar tocaba los timbales. A compás, por supuesto. Llegué a actuar en el Teatro Nacional Lope de Vega de Sevilla, creo que en 1978. Y como tenía compás, a pesar de no ser calé, grabé también discos de palmero con el Niño de Arahal y Rosa María, la hija del cantaor sevillano Niño de San Julián. Con dos grandes guitarristas como son Manolo Franco y Paco Arriaga, que lo pueden corroborar.

Si les soy sincero, que suelo serlo, parte de mi mala leche a la hora de escribir es producto de esa frustración, la de no haber nacido con el duende enredado en la garganta, como un Mojama o un Terremoto. Emulando a un famoso gato de una célebre serie de dibujos animados, odio a esos malditos roedores que cantan con tanto gusto y tanto compás y tanta enjundia y que gracias a su arte viven como Dios y le dan premios y les piden autógrafos en el Mercadona. En 2010 me dieron el Premio Nacional de Flamenco, es cierto, pero porque se lo tenían que dar a alguien y me tocó a mí, solo por eso. Tengo escritos doce libros, aunque ninguno me ha dado dinero. En realidad decidí escribir libros de flamenco para presumir ante mi familia, en la que nadie escribió nunca un libro. Por mi madre, sobre todo, quien cuando un día me vio escribiendo a máquina con un solo dedo, me dijo: “No dejes nunca el palustre, hijo”. Llevo 36 años en un periódico centenario, El Correo de Andalucía, de Sevilla, pero los primeros ocho años no me dieron ni para el autobús. He escrito decenas de miles de artículos, producido programas de televisión y he creado letras para cantaores. He ofrecido conferencias en toda España y en algunos otros países de Europa, y he dado cursos de historia del flamenco. También he escrito prólogos para importantes libros y algunos de mis textos se han traducido a varios idiomas.

Soy muy vanidoso, lo confieso. Creo que soy el mejor crítico de flamenco del mundo, el más leído, el más honesto y el más guapo.

El más grande y no solo de estatura, que también. Y a pesar de todo, como hoy he decidido ser sincero, claro como el agua, abrir mi pecho en canal, les digo que me cambiaría ahora mismo por el cantaor más malo del planeta. Contestando a la pregunta con la que encabezo el artículo, los críticos de flamenco sí somos vanidosos, presumidos y hasta tontos de remate. Aunque no se lo crean, somos de carne y hueso, como los flamencos. Tenía que decirlo.

 

* Artículo publicado originalmente en ExpoFlamenco el 18 de enero de 2016.

 

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Crítico de flamenco, periodista y escritor. 40 años de investigación flamenca en El Correo de Andalucía. Autor de biografías de la Niña de los Peines, Carbonerillo, Manuel Escacena, Tomás Pavón, Fernando el de Triana, Manuel Gerena, Canario de Álora...

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