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Mayte Martín y la fragilidad

La cantaora barcelonesa vuelve sobre las lecciones de los grandes maestros en un espectáculo que pone de manifiesto su espléndida madurez artística. Nos convence de que el flamenco es más fuerte de lo que pensábamos, que una herencia así es indestructible.

Una vez le pregunté a Mayte Martín si creía que esa histeria que cada cierto tiempo cunde entre los aficionados, el temor a que esta música se desvirtúe y se pierda (algo que lleva ya dos siglos aterrorizando al personal), se debía a la generalizada idea de la fragilidad del flamenco. O lo que es lo mismo, a la poca confianza que hay en su fortaleza y su capacidad de resistir el paso del tiempo y sus procesos evolutivos. Esta fue su respuesta: “El flamenco es vulnerable, efectivamente, y está en un momento de auténtica vulnerabilidad. El hecho de que yo no haga más discos flamencos, en realidad, demuestra un respeto profundo por esa música”.

 

Pero, ¿cómo mantener las esencias –sean lo que sean y estén donde estén– sin permitir que este arte muera por petrificación? En ese difícil equilibrio seguimos, y sigue Mayte Martín desde aquel debut discográfico de hace algo más de 25 años que titulara, precisamente, Muy frágil. Su último espectáculo, Memento, nos trae a una cantaora en un estado de espléndida madurez, decidida a mirar atrás para no perder de vista las lecciones de los grandes maestros en un tiempo de fácil amnesia. Y quería recordarlo también el público del Teatro Central (Sevilla), con ese cien por cien de aforo recuperado y libre de restricciones pandémicas, que se llenó de artistas para la ocasión: con lo que había en el patio de butacas daba para un festival de los buenos.  

 

 

«El Teatro Central, con ese cien de aforo recuperado y libre de restricciones pandémicas, se llenó de artistas para la ocasión: con lo que había en el patio de butacas daba para un festival de los buenos»

 

 

Lo que encontraron fue una Mayte Martín capaz de conjugar una presencia en escena sobria, concentrada y serena, con ese desenfado que dan las muchas tablas. Saltó al escenario del Teatro Central acompañada por sus dos guitarristas para arrancar con la memoria de La Niña de la Puebla y sus Campanilleros, encadenar con la canción lorquiana de los Cuatro muleros y cerrar la presentación con el cancionero de palacio en su versión de Tres morillas m’enamoran.

 

Allí donde otros artistas se agarran a un repertorio de sota, caballo y rey, a veces incluso heredado de sus mayores, Martín siempre despliega cantes para dar y regalar. Sabe sorprender, y como aficionada y estudiosa que es, cada uno de los palos que toca se convierte en un catálogo maravilloso de estilos y escuelas. De los tangos-tientos a la soleá de amplio abanico, de la seguiriya a los fandangos de Pastora, el recital avanzaba con una solvencia sin tacha, apoyado sobre todo por la guitarra del alicantino Alejandro Hurtado, con su acompañamiento a la guitarra a la vez preciosista y servicial con la voz. Imposible detenerse a pensar, al menos un momento, en el altísimo nivel que posee la guitarra flamenca hoy, y soñar con lo que pueden hacer tantos jóvenes talentos en los tiempos venideros.

 

 

«Como aficionada y estudiosa que es, cada uno de los palos que toca se convierte en un catálogo maravilloso de estilos y escuelas. De los tangos-tientos a la soleá de amplio abanico, de la seguiriya a los fandangos de Pastora»

 

 

Pero sobre el escenario sigue Mayte Martín, guardiana del legado, con una afinación exquisita que se hace patente hasta cuando, eventualmente, tiene que chequear su micro con el técnico de sonido. Sin embargo, mientras nos va convenciendo de que el flamenco es más fuerte de lo que pensábamos, de que una herencia así parece poco menos que indestructible, nos damos cuenta de otra fragilidad: la del espectador. Qué difícil es mantener el encantamiento, aun haciéndolo todo bien. Cómo se escapa la sensibilidad a ratos, porque –todo artista lo sabe– la crueldad de esta profesión es que no basta con ejecutar un cante a la perfección. En el momento en que se pierde el voltaje, y la barcelonesa lo distrajo a ratos, el ave del misterio levanta el vuelo y la magia queda suspendida.

 

Con todo, terminó muy arriba, con la milonga de Marchena y una extraordinaria guajira de Valderrama, para poner el broche por cantiñas. Ovación y público en pie la obligaron a un bis, en el que sacó a relucir su faceta cantante –porque Mayte Martín es, ante todo, una amante de la música– para hacer una versión de la Milonga del solitario de Atahualpa Yupanqui. Que también es memoria y esencia. 

 

 

Ficha artística

Teatro Central, 30 de septiembre de 2021. Ciclo Flamenco Viene del Sur.

Voz: Mayte Martín. Guitarras: Alejandro Hurtado y José Tomás Jiménez.

 

                 

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Un pie en Cádiz y otro en Sevilla. Un cuarto de siglo de periodismo cultural, y contando. Por amor al arte, al fin del mundo.

2 COMMENTS
  • Francisco en Paris 2 octubre, 2021

    Me ha encantado la crónica, gran estilo. Gracias

  • Alejandro Luque 3 octubre, 2021

    Muchas gracias por la generosa lectura.

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