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Javier Barón y el tesoro de la familia

El veterano bailaor presenta en El Puerto de Santa María (Cádiz) su espectáculo ‘Desde Alcalá’, en la conmemoración del décimo aniversario de la declaración del flamenco como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Escenario chico, repertorio grande.

A las administraciones, ya se sabe, no hay quien las entienda. Tan pronto se olvidan del flamenco como organizan un atracón de espectáculos del que no sabe uno con cuál quedarse. Eso ha ocurrido, está ocurriendo, este fin de semana en la localidad gaditana de El Puerto de Santa María, donde, con el pretexto del décimo aniversario de la Declaración del Flamenco como Patrimonio de la Humanidad, se ha programado una veintena de espectáculos para tres días. No seremos los aficionados quienes nos quejemos del exceso de oferta, pero sin duda un reparto más racional en el tiempo sería bueno para todos, artistas y público. En fin.

Uno de los platos irresistibles de tan abundante menú era la actuación de Javier Barón, uno de esos bailaores que rara vez defraudan, aunque en los últimos tiempos no se haya prodigado demasiado. Si, además, el título de su propuesta era Desde Alcalá, sugiriendo una vuelta a su villa natal, había razones para subir las expectativas. Y no fueron defraudadas.

 

«Se trataba de ir desde Alcalá… hacia donde el corazón llevase. Nos fuimos a Lucena por fandangos, a Cádiz por esas alegrías que tan bien se le han dado siempre, a la huerta de Murcia con las seguiriyas cabales de Silverio y de vuelta a Alcalá con la trilla de Bernardo el de los Lobitos»

 

La primera sorpresa fue el emplazamiento. Acostumbrados a disfrutar de Barón en grandes escenarios, tenerlo en un espacio de pequeñas dimensiones como el que se le concedió en la Ermita de Santa Clara, templo portuense del siglo XVI, no dejaba de tener su atractivo. Era como ver al maestro en un tablao modesto o en una peña, con esas entradas y salidas de escena en las que casi se tropieza uno con los cantaores o sale directamente de las tablas a la puerta de camerinos.

Momentos hubo en que, al alargar un brazo, parecía que fuera a atravesar algunos de los cuadros que decoraban las paredes. Por suerte para el arte sacro, Barón es un dominador absoluto del espacio. Podrían haberle concedido dos azulejos y habría desplegado su maestría en los mismos términos. En un gran teatro esa cualidad queda a menudo difuminada, y su carencia disimulada: pero en apenas dos o tres metros no hay trampa ni cartón.

Aunque a lo largo de su extensa carrera ha buscado novedosos caminos expresivos, Javier Barón sabe también ser un ortodoxo. Escoltado por dos acreditados cantaores como el palaciego Miguel Ortega y el moronense David El Galli, hizo desde el principio gala de sus mejores atributos, esa mezcla de solidez y de ligereza que se traduce a la vista como una fluidez encantadora. Aunque ya no es un muchacho, sigue siendo un bailaor ágil, dotado con un equilibro que no es solo resistencia a la gravedad, sino también armonía en conjunto. Aunque nadie le exija velocidad, en contados momentos puede demostrar sus facultades en ese campo. Y, de brazos como de piernas, tiene catálogo de sobra para sorprender sin caer en efectismos o excentricidades.

 

«No seremos los aficionados quienes nos quejemos del exceso de oferta, pero sin duda un reparto más racional en el tiempo sería bueno para todos, artistas y público. En fin»

 

Con Desde Alcalá entendimos que se trataría de una vuelta a la raíz –¡siempre la raíz!–, pero pronto quedó patente que se trataba de ir desde Alcalá… hacia donde el corazón llevase. Nos fuimos a Lucena por fandangos, a Cádiz por esas alegrías que tan bien se le han dado siempre, a la huerta de Murcia con las seguiriyas cabales de Silverio y de vuelta a Alcalá con la trilla de Bernardo el de los Lobitos, que bordó Ortega. Escenario chico, repertorio grande: hubo momento de lucimiento para todos, incluido el guitarrista Salvador Gutiérrez y el percusionista Raúl Botella a golpe de udu. Pero todos estuvieron lealmente al servicio del bailaor, amo y señor de las tablas.

Para el final quedó la soleá, el tesoro de la familia. El artista de la barriada de los Toreros volvió a manifestar ese conocimiento de la tradición que para él nunca ha sido una cadena, sino un par de alas con las que alzar el propio vuelo. Un vuelo por momentos majestuoso, dueño de los tiempos, imaginativo y viril. Sobre las letras de Joaquín el de la Paula o de la Roezna demostró una vez más por qué, aunque vaya camino de los 60 años, no hay aficionado al baile que se pierda un cartel donde figure el nombre de Javier Barón.      

 

Ficha artística

Desde Alcalá, de Javier Barón
Ciclo Flamenco 10. 7 de Noviembre de 2020
Ermita de Santa Clara, El Puerto de Santa María (Cádiz)

Javier Barón. Baile
Miguel Ortega. Cante
David El Galli. Cante
Salvador Gutiérrez. Guitarra
Raúl Botella. Percusión

 

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Un pie en Cádiz y otro en Sevilla. Un cuarto de siglo de periodismo cultural, y contando. Por amor al arte, al fin del mundo.

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