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La Bienal de Flamenco se arranca por mascarillas

El Real Alcázar de Sevilla acogió la inauguración del festival flamenco más importante del mundo, en su edición más absurda.

Ya está aquí, ya llegó. La Bienal más esperada, remanso soñado en mitad de un año maldito en el que las citas son menos frecuentes que las cancelaciones. De lo que pudo haber sido a lo que es, ya sabes. Del mundo leguas y leguas, que cantaba la divina Pastora por jotillas de Cádiz. Ay, qué diría ella sobre las flasmobs. Ya sabes que tenía muy mala lengua.

Total, que la pandemia no ha podido con ella. Con la Bienal, digo. El escenario gigantesco de la Plaza de España, que debía albergar cientos de parejas de baile, se transformó en el bellísimo Patio de la Montería del Real Alcázar. Y el público. Qué. Que no hay público. Solo unas decenas de privilegiados, hombre, por la pandemia. Autoridades, prensa, algún artista. Y entonces, dime, cuánta gente bailó. Doce o trece parejas de estudiantes, por sevillanas. No, no empieces con eso de que las sevillanas, flamenco, flamenco, no son. Que si las canta Camarón, sí.

 

«Qué frío todo, verdad. Ni un jaleo, ni un ole. Ni siquiera ninguno de los presentes se atrevió a tocar las palmas»

 

Y todos con mascarilla. Ay, primo, porque me lo estás contando tú, porque eso no lo han visto nunca estos ojillos, ni lo han de ver. Bueno, Antonio Canales y María Moreno bailaban delante y estaban exentos. Tampoco Rafael Riqueni la llevaba. Serán negacionistas. Qué frío todo, verdad. Ni un jaleo, ni un ole. Ni siquiera ninguno de los presentes se atrevió a tocar las palmas. Las sevillanas eran de Riqueni, las de Aire de Sevilla. Pero escucha, escucha. La Bienal no se inauguró por sevillanas. Que el maestro le metió delante una marcha de Semana Santa, esa que siempre toca, Amarguras, de Font de Anta. Várgame Undivé.

La jondura de la tarde la puso el pregonero, el gran Manuel Herrera (Casariche, Sevilla, 1937. El respetadísimo flamencólogo fue uno de los responsables de la gestación de la primera Bienal, desde su querida peña El Pozo de las Penas, en la sevillana localidad de Los Palacios y Villafranca. También es célebre por su labor al frente del ciclo Los Jueves Flamencos de Cajasol, una de las citas más importantes con el arte jondo en la capital hispalense.

Desde la humildad, comenzó pidiendo perdón a la audiencia. «Confieso que no soy pregonero, es más, este es el primer pregón que doy en mi vida». Manuel se arrimó a su pozo querido y comenzó a sacar agua desde lo hondo. Con las trenzas de tu pelo, para que lo entiendas, compañerita mía. Llegó hasta los mismísimos albores del cante, hasta el bachiller Revoltoso y la nieta de Baltasar Montes en su gitanería de Triana, antes de la Pragmática de Carlos III. Que si Antonio Monge cantando en Cádiz, en el Teatro del Balón. Que si Demófilo. Siguió ofreciendo su sabiduría en vaso de plata, para pasar por el Concurso de Granada de 1922, con sus aciertos y errores. Concurso Nacional de Córdoba, Fosforito, Llave de Oro del Cante para Antonio Mairena.

Y todo ese viaje con parada en el momento fundacional de la Bienal de Flamenco, hace cuarenta años. Fue la hora de remover conciencias, qué hacía esa Sevilla ombliguista sin un festival grande de flamenco. También tuvo un recuerdo emotivo para las peñas, que deberían ser el primer vivero del que se nutra la programación del festival. Tome nota, señor Zoido.

Fotos: Claudia Ruiz Caro (Bienal de Sevilla)

 

 

 

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Filólogo madrileño. Media vida en Sevilla. Centinela de las palabras. Lo jondo le acelera peligrosamente el corazón.

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