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Rocío Molina: rielando a la sombra de doce cuerdas

Rocío Molina llevó a los Teatros del Canal de Madrid su espectáculo ‘Al fondo riela’. Si Antonio Gades distinguía entre zapatear y pisotear la tierra, ella sin lugar a dudas zapatea.

Al fondo riela, de Rocío Molina. Este es el espectáculo con el que culmina mi maratón de arte de este mes de febrero en Madrid. Una noche oscura con unas tablas a modo de lago negro son el pedestal que soportan el baile de la protagonista y los de sus compañeros. Los trémolos de la guitarra de Eduardo Trassierra sostienen los delicados pasos a través de los que Rocío avanza entre las sombras para comenzar a exponerse y confiar su alma al público. Ahora el protagonista es el movimiento incesante de sus muñecas que se esconde en cada tañido de la guitarra. La oscilación pendular y fluctuante. Un persistente vaivén por el que asoma la flexibilidad que la caracteriza y los movimientos contemporáneos que van a dominar cada escena.

La noche está en calma, pero no es del todo opaca. Rocío lleva representados en su atuendo los hilos plata propios de las costuras de la luna. Y entonces su reflejo se dispara como un resorte en la pared frontal del escenario. Se trata de un baile que declara una bella feminidad. Una representación dominada por el movimiento de cintura para arriba. Algo que ya no estamos acostumbrados a presenciar. Y por eso es motivador. Pero no solo eso. Pues sale del cuadrilátero un momento para adornar su cabeza con algo que parece un sombrero de damisela elegante. El negro sigue predominando en la escena. Entonces demuestra que no solo se exhibe ante nosotros una artista de movimientos femeninos y dúctiles. Pues esta ductilidad se adueña también de sus pies. Y un zapateado repleto de latiguillos y lleno de musicalidad adorna a una segunda guitarra que sale a escena. En este caso se trata de la guitarra de Yeray Cortés. La intérprete gira y zapatea. Y gira y zapatea. Sin perder en ningún momento las referencias del espacio en el que se manifiesta. Sin perder el equilibrio en cada giro. Ni cada vez que avanza. Parece algo que lleva intrínseco en su ser. Algo que sabemos complicado los que nos dedicamos a ello. Zapatear, avanzar, girar y no perder ni la fuerza de los pies ni el equilibrio del cuerpo. Ella lo hace fácil y consigue aportar a cada paso la agilidad que necesita. 

 

«La malagueña Rocío Molina no se caracteriza por interpretar un flamenco enteramente ortodoxo. Más bien está dominada por vibraciones contemporáneas que se alejan de lo arcaico. Pero sabe ganarse al público y defender cada una de sus actuaciones»

 

Rocío Molina es diferente y lo demuestra en cada pieza que conforma su espectáculo. A todo le añade una impronta muy personal. Por ejemplo, la escobilla de la seguiriya la comienza con los brazos. Y los que conocemos bien el flamenco desde lo alto de un escenario, sabemos que cuando en un baile llega la parte de la escobilla, enseguida nos ponemos las manos en la cintura o nos remangamos la falda y nos lanzamos a zapatear esperando que la guitarra nos acompañe. Ella en cambio escucha cada nota de la guitarra. Siempre está pendiente de crear armonías y de moverse acorde al humor que esta desprende a cada segundo. Su torso es una roca. Se aprecia por las sacudidas en cada vuelta de pecho. En cada quiebro. En cada mecida de su cuerpo. Entonces vuelve a escuchar la guitarra para dibujar una constante simetría con la misma. La percibe y le ofrece una aleación de suavidad y fuerza. De rigidez y flexibilidad. Además, la transmisión de la buena energía es fundamental. Y este elenco nos lo ofrece. Hay que decir que en este caso tiene más mérito, pues somos testigos en un par de ocasiones de los infortunios a los que se tiene que enfrentar Eduardo Trassierra con el micrófono de la guitarra.

Una pantalla de fondo acompaña toda la actuación. Una pantalla que proyecta unas imágenes en constante metamorfosis. A veces unas figuras indescifrables, pero no menos agradables. Otras, el mar en calma. Algo que hace que la representación sea más amena y aporte en cada momento la sensación que se pretende conseguir del público. Un paisaje que podría representar montañas rocosas, un bosque profundo o ramas de árboles inquietos acompañan el diálogo que interpretan ambas guitarras. Eduardo y Yeray consiguen una eufonía maravillosa. Son estilos diferentes. Cada una interpreta una manera de ser. Quizá cada una un punto de vista diferente. Pero son capaces de mantener una conversación y finalmente aportarse belleza y claridad la una a la otra. Algo que podríamos trasladar a la vida real. Un coloquio que termina mudando la pantalla a unos tonos azules muy magnéticos que dan paso al toque de Cortés. Un toque que mezcla melodías arcaicas con detalles muy personales.

 

«La bailaora gira y zapatea. Y gira y zapatea. Sin perder las referencias del espacio. Sin perder el equilibrio en cada giro. Ni cada vez que avanza. Zapatear, avanzar, girar y no perder ni la fuerza de los pies ni el equilibrio del cuerpo. Ella lo hace fácil»

 

El toque que da paso a una soleá con bata de cola. Así, Rocío presumida y valiente sale a escena. Rocío capaz de coordinar de manera eficiente los giros con las patadas a su bata. La bailaora también domina esta ardua técnica. Sabed que mover una bata de cola con delicadeza es complicado. Pero ella logra aderezar la volatilidad de las manos con la correcta colocación de las rodillas para conseguir la apertura perfecta de la pierna y no pisar en ningún momento la falda. A esto añadimos un attidude infalible para conseguir un buen movimiento y la miscelánea perfecta. El zapateado melódico que viene a continuación es sin duda notable y arranca un gran aplauso al público. Si Antonio Gades distinguía entre zapatear y pisotear la tierra, ella sin lugar a dudas zapatea. Pues sabe cómo acariciar el suelo para conseguir un sonido grato y agradable.

La malagueña no se caracteriza por interpretar un flamenco enteramente ortodoxo. Más bien está dominada por vibraciones contemporáneas que se alejan de lo arcaico. Pero sabe ganarse al público y defender cada una de sus actuaciones. En esta ocasión, el toque hogareño y añejo de las guitarras equilibra la remozada exégesis. La guinda de la función se rinde a unas extravagantes pinceladas en las que la intérprete uniformada de pies a cabeza –pues sale con una máscara que le cubre la cara– con un traje lleno de flores en el que predomina el color rojo, realiza una serie de movimientos espasmódicos. Movimientos que envuelve en unas cuantas carcajadas que contagian al público, para finalmente quitarse la máscara que la acompaña durante el último baile. En este caso, he querido traducir el colofón del mismo como una libre interpretación. Y en mi conclusión predomina la sensación de estar ante una gran bailaora que se reviste por completo de la situación actual de los artistas. Siento que alude a la tensión. La tensión y la incertidumbre mezcladas con el juego, el esfuerzo, las pasiones y los buenos momentos que brinda la danza. Pues siempre viene cargada de nuevos descubrimientos y de satisfacciones. De lágrimas de esfuerzo y decepción. Pero otras muchas de alegría y complacencia. Es por eso que independientemente de las circunstancias, es imposible abandonar algo que se lleva intrínseco al ser.

 

Ficha artística

Al fondo riela (Lo otro del Uno), de Rocío Molina
Creación Canal. Flamenco
Teatros del Canal – Sala Roja, Madrid. 27 de febrero de 2021
Baile: Rocío Molina
Guitarra: Yeray Cortés y Eduardo Trassierra

 

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Bailaora madrileña. Graduada en Comunicación Audiovisual por la Univ. Rey Juan Carlos. En Amor de Dios, Casa Patas y Cristina Heeren desarrolló su gusto por la danza y el flamenco. «No somos atletas. Estamos empezando a cometer el triste error de ofrecer al público una confección enlazada de complejos zapateados a una velocidad desorbitada sin la modulación propia de la música que estamos adornando y que nos adorna».

1COMENTARIO
  • teresa fernandez 1 marzo, 2021

    Maravillosa sorpresa por la mañana. Abro el correo y me encuentro con Expoflamenco. ¡Me habéis alegrado el día!

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