Home / En Portada  / Merche Esmeralda: «Cuando voy a un espectáculo de baile flamenco no quiero ver una función de circo»

Merche Esmeralda: «Cuando voy a un espectáculo de baile flamenco no quiero ver una función de circo»

La célebre bailaora reflexiona sobre la escuela sevillana, la elegancia en las formas, el presente de la danza flamenca, la técnica del zapateao más redoblao y aquel soñado abrazo a la Niña de los Peines. Una artista purasangre. Talmente la música a la que ha entregado su vida.

La bailaora Merche Esmeralda, en los cielos de la Sevilla de su alma. Foto: perezventana

«El baile flamenco me ha dado la vida. En los momentos más duros, solo bailar era capaz de liberarme», dice. La sevillana Merche Esmeralda es una de las más importantes figuras del flamenco y la danza española. Ha actuado en los mejores tablaos, teatros y festivales de España. Ha sido la primera bailarina del Ballet Nacional de España durante una década, dejándonos, entre otras muchas joyas, un Amor brujo y una Medea insuperables. Lleva más de cincuenta años de carrera artística y ha llevado el flamenco a todos los continentes, también como prestigiosa profesora de danza. Antonio el Bailarín dijo de ella que «es la bailarina de movimientos más perfectos de cuantas existen». Posee los mayores reconocimientos que puede recibir un artista: Premio Nacional de Baile en el Concurso de Córdoba de 1968, Compás del Cante en 2007, Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes en 2011. «El flamenco me ha dado mucho y yo solo le he dado mi amor».

 

– Permítame que comience leyéndole un párrafo de una crítica de nuestro director, Manuel Bohórquez, a un espectáculo suyo de La Bienal de Sevilla en 1994: «El baile de Merche Esmeralda, sobre todo por tangos, fue para pedirle de rodillas que renuncie al mundo civilizado y me acompañe a una isla desierta a esperar juntos la llamada de Dios».
– Ja, ja, ja. Qué lindo. Qué exagerao es Manuel, como buen andaluz. Siempre agradecida a esas cosas. Los artistas lo que queremos es llegar al corazón de los demás.

– De usted se ha escrito que ha sido la bailaora más completa de su generación.
– Yo solo puedo decir que amé el baile. Le entregué mi tiempo y mi esfuerzo. Pero los calificativos los tienen que poner los demás. Mi madre me decía que yo era aprendiz de todo y maestrito de nada. Si había una forma diferente de bailar, ahí estaba yo intentando estudiarla. Porque la danza se escribe con mayúsculas. Luego están las parcelas: clásico, neoclásico, escuela bolera, clásico español, flamenco… Cada uno tiene su forma de expresión, depende de lo que has vivido, dónde te has educado. Yo he conocido a bailarinas que se iban a los pueblos de Galicia y Aragón a aprender las danzas más primarias. A mí me ha gustado investigar, saber de otras cosas, pero eso no tiene ningún mérito. Mi único mérito ha sido amar el baile. Luego he tenido el cuerpo que me ha dado Dios.

– ¿Tiene Sevilla una deuda con usted?
Mira, en poquitas palabras. En casa me decían que más vale nacer con estrella que ser estrella. Mi estrella fue tener un cuerpo para bailar y un amor para la danza. A nadie le debo nada. Todo lo que he hecho ha sido con mi esfuerzo. Bueno, sí le debo algo a Adelita Domingo. Mi padre estuvo enfermo y ella me regaló unas clases sin tener que pagarlas. Esa es mi vida.

 

«El flamenco es como un caballo purasangre. Lo ves en pleno campo y admiras su condición salvaje. Luego lo domas y disfrutas de él de forma diferente, ese saber caminar… Así es la escuela sevillana de baile»

 

– Su baile siempre fue de sevillanas maneras.
– Claro. Yo soy así. Hasta cuando discuto, que soy mujer vehemente y visceral, no sé ser agresiva. Cada persona nace con un carácter y yo soy de estilo sevillano. Me va mucho más que otro que sea más fuerte. Pero cuando mamé ese estilo no tenía conocimiento de lo que estaba eligiendo. Entonces no sabía lo que era la escuela sevillana de baile.

– Seguro que ahora sí es capaz de definirla.
– Es un baile más académico, más estilizado. Hay otro flamenco más cerrado, más impetuoso, más rompedor. El arte flamenco nace en un sitio primario. Un lugar de expresión de fuerza y alegría. No tiene tanto conocimiento de lo que es un comportamiento de danza. El flamenco es como un caballo purasangre, un animal fabuloso y aún no dominado. Lo ves en pleno campo y admiras su condición salvaje. Luego lo domas y disfrutas de él de forma diferente, ese saber caminar… Así es la escuela sevillana.

– ¿Cuidan más a sus artistas otras ciudades?
– Eso no solo pasa en Sevilla, sino en toda España. Si muchos de nuestros grandes artistas hubieran nacido en Inglaterra, Francia o Estados Unidos serían dioses. Aquí, el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Andando. Se ha muerto. Ea, que Dios lo tenga en su gloria. Y nunca más se acuerdan de esas personas. Muchos de nuestros artistas son grandes, han hecho grande la danza española, han pisado los más grandes escenarios del mundo. Y están olvidados.

– Cabría pensar que el mayor reconocimiento a los maestros llega por parte de los alumnos, no tanto de los artistas.
– Así es. Los artistas nuevos quieren otra cosa, lo que hoy existe. Van con la corriente del agua, de la vida. La danza es cultura y la cultura está en movimiento constante, como la sociedad. Pero yo siempre apuesto por que el alumno conozca de dónde viene este arte, quiénes son los predecesores. Yo, con solo 16 años, me caminé toda Sevilla para comprarme el libro de Fernando el de Triana y estudiar a los artistas. La gente que llega al flamenco debe conocer quiénes eran los artistas de antes, cómo hacían las cosas. Así tendrán más respeto a la hora de hacer lo que hacen.

 

«Vas a un espectáculo y solo ves la técnica, la dificultad. Perdona, date una vuelta y haz que me duela algo. Que yo diga ‘ole’ y me levante del sillón. No me hagas tres piruetas si luego te vas a caer en la cuarta. Enséñame lo bonito tuyo»

 

– Estos días hemos asistido en Sevilla a la presentación de una gran alianza de tablaos flamencos para garantizar la calidad de los espectáculos. ¿Hay un flamenco para entendidos y otro para el gran público y los turistas?
– Es cierto. El flamenco para entendidos se cuida de una manera y hay otro para salir del paso. Pero no todo el mundo es igual. Yo he visto a gente en un tablao como si estuviera en el Metropolitano o en la Zarzuela. Otros se colocan la horquilla mientras bailan. Se ve de todo. Es verdad que el flamenco habría que cuidarlo.

– ¿Qué aspectos hay que cuidar?
– Las formas. No se puede bailar con la melena suelta, sin flores, sin mantoncillo. Yo no puedo imaginar ir a una boda en bikini. En El Corte Inglés nadie me despacha en bata. Cada arte tiene su vestuario. Hay que ser más respetuoso a la hora de presentarte ante el público. Yo siempre he sido muy exigente en eso.

– Usted siempre ha sabido ser elegante. ¿Se nace o se hace?
– Yo me he gastado mucho dinero en trajes. Siempre sentí que si el baile me permitía vivir bien, lo menos que yo podía hacer era esforzarme en respetarlo. Cuando iba a algún lugar, intentaba vestir según el estilo de ese sitio. Cuando montaba una coreografía, primero soñaba con el vestido que iba a llevar. El vestuario y la coreografía iban de la mano.

 

Merche Esmeralda posa en la casa de su amiga Inmaculada Bustos. Calle San Isidoro, Sevilla. Foto: perezventana

Merche Esmeralda posa en la casa de su amiga Inmaculada Bustos. Calle San Isidoro, Sevilla. Foto: perezventana

 

– ¿Qué le parece el sendero por el que transita el baile flamenco en la actualidad?
– Hay muchas cosas que no me gustan. De hecho, si sé que no me va a gustar lo que voy a ver, no voy. Así evito disgustarme, sentirme triste. Porque, como decía la actriz Florinda Chico, que Dios la tenga en su gloria, yo ya estoy en una edad mu mala. Lo único que quiero son buenos ratos, una sonrisa, disfrutar.

– Comparta con nosotros qué le disgusta, doña Merche.
– La danza es un arte con mayúsculas, insisto. Sea el estilo que sea. Entonces, cuando voy a un espectáculo de baile flamenco no quiero ver una función de circo. No me gusta el más difícil todavía. Otra cosa es que vaya a ver baile contemporáneo, que exige otras técnicas. Pero en el flamenco, que es lo que me gusta, quiero ver la forma, la esencia, la expresión, el comportamiento. Ya sé que esa persona no va a bailar como Carmen Amaya o Pastora Imperio. ¡No le hace falta! Vive en un momento diferente, con otros métodos. Sé que no hay que bailar como se bailaba al principio del siglo XX o en 1800. Pero esas épocas te marcan un comportamiento. No es normal que vayas a un espectáculo y solo veas exhibición de técnica. Perdona, date una vuelta y haz que me duela algo. Que yo diga ‘ole’ y me levante del sillón. No me hagas tres piruetas si luego te vas a caer en la cuarta. Enséñame lo bonito tuyo. No me enseñes la dificultad, el zapateao más redoblao. Si es que a mí eso me importa muy poco. La persona, cuando va a ver a un artista, lo que quiere percibir son los sentimientos. La dificultad te la pone el artista porque es un vehículo.

 

«Con solo 16 años, me caminé toda Sevilla para comprarme el libro de Fernando el de Triana y estudiar a los artistas. La gente que llega al flamenco debe conocer quiénes eran los artistas de antes y cómo se hacían las cosas»

 

– ¿Y el cante qué?
– Hay alguno que sí me emociona, pero te voy a decir la verdad: yo prefiero el cante de toda la vida. Me cuesta mucho entender los tonos que hoy se utilizan, no estoy acostumbrada a ellos. Si me das a escoger, prefiero a la Bernarda, a Mairena, a Menese.

– Ahora canta Miguel Poveda y baila Israel Galván, por citar a dos primeras figuras. ¿No disfruta con ellos?
– Israel baila muy bien por derecho, cuando quiere. Y luego hace sus diferencias, se traslada al mundo que él quiere mostrar. Eso es respetable, solo faltaría. Yo puedo ir un día y verlo, valorar qué camino ha tomado. Pero no soy una persona a la que le guste demasiado ver esas cosas. Disfruto del flamenco como puedo.

– El pasado verano, en los cursos de verano de la Olavide en Carmona, nos contó aquel momento en que se plantó delante de su madre y le dijo que quería ser artista. Qué situación.
– Mi madre había tenido ocho hijos. Solo vivió el noveno, que fui yo. Yo era su hija única, su niña mimada. Mari Pepa –la madre de Malú–, que era una niña fuera de serie, estuvo en Francia actuando y regresó con regalos maravillosos. Su madre, que era amiga de mi madre, le dijo: uy, si tu hija los viera… Y yo, con la inocencia, le dije a mi madre: ¿lo ves, mamá? Si yo también fuera artista… Entonces la madre de Mari Pepa dijo: ah, ¿pero a tu hija le gusta esto? ¡Esta está siempre con el bailoteo! ¿Y por qué no la llevas a una escuela para que aprenda unos pasitos? Y así empezaron a llevarme a la academia de Adelita Domingo. Un día íbamos a bailarle a los niños de San Juan de Dios. Adelita le dijo a mi madre que yo tenía mucha madera, que necesitaba un traje de flamenca. ¡Mire usted, mi hija no puede tener madera porque su padre no es carpintero! Pero me compraron un traje y conocí lo que era estar frente al público con un vestido precioso, bailar y que la gente te aplaudiera. Así que me enfrenté a mi madre. Mamá, yo no quiero seguir estudiando. Yo lo que quiero es bailar. Y mi madre: ay, qué disgusto me das. La culpa es mía por llevarte a ver los regalos de Mari Pepa. Total, que me puso como condición que de sus manos me fuera a las de mi marido. Que ella me acompañara a todas partes. Y que si me quitaba del colegio, siguiera estudiando. Y tuve que estudiar mecanografía.

– Y más tarde actuó como Merchi Rodríguez en la caseta del Círculo Labradores. Definitivamente, Merche Esmeralda suena mejor.
– Es que yo me llamaba así, Merchi Rodríguez. Y cuando fuimos a cobrar, Jesús Antonio Pulpón le dijo a mi madre que la niña bailaba bonito y tenía futuro, pero que ese nombre era para trabajar como dependienta de unos grandes almacenes o en una casa de comestibles. Que la niña debía tener un nombre con fuerza.

 

«Pasábamos por el bar de la Campana y mi madre me decía: mira, aquel del sombrero es Pepe Pinto. Con el tiempo me daba mucha rabia no haber entrado en ese bar y haberle dado un abrazo a la Niña de los Peines»

 

– ¿Cómo era la Sevilla de su niñez?
– Muy bonita. Probablemente había muchas necesidades, pero se compensaban con la generosidad. Yo vivía en una casa de vecinos. Había una muchacha que tenía dos hijos y su marido se murió de momento. Mi madre criaba a sus hijas. Y si mi madre no podía, la tenía otra vecina. Había una generosidad de almas que era muy bonita. Y en Navidad, todos poníamos aquello que podíamos.

– ¿Usted tenía contacto con la Sevilla flamenca?
– Ninguno. Pero mi familia era muy aficionada. Mi abuela le cantaba saetas a San Benito. Cuando yo tenía diez o doce años, me enseñó la saeta sencilla, la corta, que luego hace el cambio para entrar en el martinete. Mis dos tíos cantaban muy bien, pero tenían miedo escénico. Me contaba mi abuela que un día fueron a un festival y no pudieron salir al escenario del miedo que tenían. Y mi tío Rodrigo Gamero dejó al morir una gran pinacoteca. Era un aficionado grandísimo. Él se levantaba con el flamenco y se acostaba con el flamenco.

– ¿Qué artistas de aquella época le marcaron el camino?
– Sin saber la trayectoria de esos grandes personajes, siempre me fascinaron las figuras de Pepe Pinto y la Niña de los Peines. Ellos tenían un bar en la Campana. Cuando íbamos a la Semana Santa, mi madre pasaba por el bar a ver si los veíamos. Y me decía: mira, aquel del sombrero es Pepe Pinto. Luego, cuando yo ya fui una artista de cierta popularidad, me daba mucha rabia no haber entrado de chica en aquel bar y haberle dado un abrazo a la Niña de los Peines.

– ¿Qué le ha aportado el flamenco a su vida y qué le ha aportado usted al flamenco?
– Hombre, aportarle yo al flamenco, con lo grande que es, creo que poco. Pero él me ha aportado a mí mucho. En ciertos momentos, me ha dado la vida. Porque en los momentos más duros, solo bailar era capaz de liberarme. Me ha dado una cultura, porque como lo amé tanto intenté adquirir conocimientos. Me ha dado el amor de públicos maravillosos. Vivir experiencias que cualquier persona no puede vivir. Conocer a personas maravillosas. A mí el flamenco me ha dado mucho. Y yo solo le he dado mi amor.

– ¿Qué le diría a los jóvenes que le entregan sus vidas al flamenco?
– Yo soy poco de dar consejos. A mis hijos nunca les obligué a hacer algo que no quisieran. El trabajo ya tiene suficiente dificultad como para trabajar en algo que no te gusta. Eso es lo que yo le diría a un bailarín. La danza es muy difícil, muy exigente. Siempre le estás dando cosas. Y cuando pasa un mes sin darle nada tienes que volver a empezar. Para que un bailarín disfrute de eso tiene que ponerle mucho amor y entrega. Si no es así, es demasiado trabajo para algo que no se ame.

 

La bailaora Merche Esmeralda, en los cielos de la Sevilla de su alma. Foto: perezventana

La bailaora Merche Esmeralda, en los cielos de la Sevilla de su alma. Foto: perezventana

 

Comparte este artículo

Periodista andaluz de intereses etéreos y estrofas cabales. Tres décadas de oficio en prensa musical y cultural. Con arrimo y sin arrimo, para seres de cualesquier afecto.

2 COMENTARIOS
  • Paco de Cái 15 octubre, 2019

    Esta intervius con Merche Esmeralda es fantástica. Hay cosas que yo siempre las he tenido en mente, vestimenta para bailar flamenco y sobre lo dicho sobre la actuación en un escenario con baile flamenco. Yo quiero ver flamenco y no cosas de circo. Verdad que se ve mucho en esta época.

  • Francisco Pozo 16 octubre, 2019

    Coherencia pura, conciencia de lo vivido, pureza de sentimientos y fuerza expresiva.
    Un ejemplo de sensatez y respeto al Flamenco y sus artistas.
    Se agradecen estas palabras por el bien que hacen y cuanto enseñan sin pretenderlo.
    Gracias desde Málaga, Esmeralda, de un aficionado al arte y amante del baile.
    Mil gracias, bailaora, flamenca.
    A sus pies, señora del baile.
    Gracias.

ESCRIBE TU COMENTARIO. Rellena los campos NOMBRE y EMAIL con datos reales. Para que se publique en nuestro portal, el comentario no puede ser anónimo.

X