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José Manuel Gamboa: «El flamenco es de quien lo trabaja; un arte nacido en Andalucía y para el mundo mundial»

La de este inquieto flamencólogo madrileño de sangre sevillana es una vida con jondura. Y ahora entrega en formato tetralogía –cuatro volúmenes– un relato neoyorquino por bulerías. Se titula 'En er mundo', más un subtítulo larguísimo.

¿Sabían ustedes que en Nueva York se grabó el primer zapateado concebido como solo instrumental de guitarra? Y el mayor archivo flamenco no estaría en Sevilla o Jerez, sino en Washington. Tóquense un pie. Aquella metrópoli ha sido un fabuloso escaparate para el flamenco, pero también el más grande local de ensayo. Lo asegura José Manuel Gamboa, autor de ¡En er mundo! De cómo Nueva York le mangó a París la idea moderna de flamenco, que acaba de lanzar su cuarto y último volumen: Jet lag ole stars in Hi-Fi. 2a parte: La gran guitarra en la gran manzana (Athenaica Ediciones Universitarias, 2019). «La gran obra del flamenco moderno, la aventura de este arte hacia la contemporaneidad», asegura su editorial.

Crítico y artista flamenco. Dos en uno. Nació en Madrid en 1959 y se recrió en Arahal, Sevilla. En el plano periodístico, además de un extenso bagaje en radio, televisión y prensa escrita, ha firmado, entre otros, los libros Perico el del Lunar. Un flamenco de antología (2001), Camarón: Vida y obra (2002), Cante por cante (2002), Una historia del flamenco (2005 y 2011), Chano Lobato: Toda la sal de la bahía (2007), Sernita de Jerez (2007) o La correspondencia de Sabicas, nuestro tío en América (2013). En lo artístico ha producido a Morente, Carmen Linares, Pitingo, Rafael Riqueni, Gerardo Núñez, etc. Y la toca con la zurda.

«Por encima de ese arte de plástico que nos venden las grandes cadenas de televisión a voz en grito existe un arte genuino hecho por artistas. Basta descubrirlo para quedar enduendado de por vida», dice. Y su biografía nos libra de un surtido de vanidades con un escueto «posee los principales galardones que se entregan en el género». Bravo. En fin, dejemos que Gamboa nos cuente las andanzas de aquellas figuras que sentaron plaza flamenca en NYC.

 

– Cuatro volúmenes, nada menos. ¿Para tanto daba la historia del flamenco en Nueva York?
– Y para mucho más. Hay que tener en cuenta que nunca se había estudiado con un mínimo detenimiento, siendo Nueva York el centro de la cultura mundial y un lugar donde acudir para ganarse bien los jurdoles. Andaba escribiendo un libro sobre la discografía flamenca en microsurco, naturalmente en España, pero una y otra vez me veía obligado a referirme a Nueva York, donde se había presentado el invento en 1948 y por un largo plazo atesoró más y mejores grabaciones que las nuestras. Esto unido a la lectura de una tesis doctoral que aseguraba que el flamenco llegó a la Gran Manzana en los años 20 del siglo XX por boca de los emigrantes, cuando ocurrió un siglo antes y gracias a nuestros artistas punteros, fue lo que me llevó a acometer el trabajo. Lo dicho, y cómo el Estatuto de Andalucía –olvidando a aquellos que con el sudor de su frente y sin el calor de sus gentes marcharon a poner bandera flamenca en la City– se autoadjudica “la competencia exclusiva en materia de conocimiento, conservación, investigación, formación, promoción y difusión del flamenco como elemento singular del patrimonio cultural andaluz”, sabiendo, o debiendo haber sabido, que esta abrumadora colectividad de soberanos artistas flamencos, primeros representantes trasatlánticos de nuestros aires, las figuras que sentaron plaza flamenca en NYC y, desde el Manzanón, siguiendo una aventura que en París comenzó, se pusieron el mundo por montera, hechas las excepciones excepcionales, andaluces no fueron. ¡Y muchos ni tan siquiera españoles! Habrá que explicarles a los políticos despistados que “el flamenco es de quien lo trabaja”, un arte nacido en Andalucía y para el mundo mundial.

– Para el que no conozca el relato, que no es ni mucho menos el caso de un servidor, ¿qué historia se traen entre manos Nueva York y el arte flamenco? ¿Por qué utiliza el verbo mangar para referirse a ese affaire?
– El subtítulo está inspirado en De cómo Nueva York robó la idea de arte moderno, un clásico de las artes comparadas escrito por Serge Guilbaut. Comparto una misma tesis, aunque yo hablo en un lenguaje más flamenco –de ahí el mangó–, constatando cómo el flamenco va de la mano con las vanguardias históricas, primero a París, centro de la cultura que se convierte a su vez en nuestro centro, en el principal centro de contratación flamenco, y asistiremos a lo largo de las páginas –tras la guerra española y la II Mundial– a ese interesado traslado de la vanguardia a Nueva York, que acoge a lo mejor de nuestra guitarra y nuestro baile.

«En los años 50-60 del XX todo lo español estuvo de moda en América, Nueva York por delante»

– ¿Es un amor correspondido? ¿Es un amor perpetuo?
– Es un amor interesado, por nuestra parte. Nadie se va de su casa por placer, pero si en tu casa no te valoran o te bombardean… Desde luego correspondido fue largamente. Si a fines del siglo XIX triunfaban nuestras flamencas acaparando el entertainment, si la mayoría del cine sonoro se probó con nuestros mimbres, en los años 50-60 del XX todo lo español estuvo de moda en América, Nueva York por delante. Gracias a Nueva York tendremos la guitarra flamenca solista, abanderada por Carlos Montoya, Vicente Gómez, Sabicas, Mario Escudero. Sin la City jamás se hubiera convertido en la realidad que después representaron Serranito, Paco de Lucía y Manolo Sanlúcar. Sin el perfeccionamiento artístico que dotó el espectáculo neoyorquino a La Argentina, Vicente Escudero, La Argentinita, Pilar López, Carmen Amaya, Antonio o Rosario, hoy lo nuestro sería mucho más mediocre. Ellos son los referentes de los que vienen. Y hoy, si no nos ponemos las pilas, nos quedamos atrás. No hay amor a perpetuidad. Existe el divorcio.

– La ¿última? entrega de esta tetralogía lleva por sugerente subtítulo Jet lag ole stars in Hi-Fi – La gran guitarra en la gran manzana. ¿Qué aporta al global?
– Pues precisamente ese boom de la guitarra de concierto, que España rechazó siempre y siguen rechazando nuestras programaciones. Fue la crítica neoyorquina la que reclamó una mayor presencia de nuestra guitarra en los espectáculos de baile, y así despuntaron los mejores concertistas, a partir de fines de los años 40, que sirvieron de referente a los que en España estaban. Para allá marcharon Juan Serrano y casi todos los que tenían algo que decir en solitario, porque aquí no se les daba ni se les da su lugar. Yo me uno a la idea del guitarrista Paco Vidal, cuando la pasada semana en la presentación del Festival de Madrid estuvo tocando sin ser ni siquiera anunciado: vayamos a la huelga, una huelga de guitarristas, y nos enteraremos de cuál es su crucial papel en el espectáculo.

– ¿Quién dice que vendió por allí más discos que Bob Dylan?
– Manitas de Plata vendió más discos que Dylan –cuya poesía nobeliaria, por cierto, ejerce de cicerone en Nueva York a lo largo de los cuatro libros– y por ahí se andará Carlos Montoya, dos artistas para la mayoría de la afición española desconocidos, uno francés y el otro madrileño. En ambos casos, aunque su ejercicio profesional sea discutible, sirvieron para dar a conocer en el planeta a nuestra guitarra. Lo mismo que hizo Andrés Segovia con la guitarra clásica hizo Carlos Montoya con la flamenca, ofreciendo recitales en unas mismas salas, las más importantes del mundo, haciendo frente a una agenda agotadora e interminable.

– ¿El flamenco se lee? Que si se lee mucho, quiero decir. O lo suficiente.
– ¿En España se lee? Pues eso. Digamos que lo que la investigación va demostrando, tarda la afición en asumirlo 20 o 30 años, despacito y a compás entre copas. Lo bonito es que luego vienen y te lo cuentan. Pues no deja de ser un pasito adelante, ¿no?

«El flamenco ni se acaba ni está en decadencia. El único problema es que si no te gusta lo que tienes has de esperar 20 o 30 años para que vuelva lo de tu gusto»

– ¿Ha sentido el reconocimiento de los flamencos por esta ingente labor de investigación o pesan más los troles de las redes?
– Mi vida es flamenca, y no estoy rodeado, desde luego, de devoradores de líneas escritas, pero vamos escribiendo la vida sobre la marcha y no me puedo quejar. De hecho, varios flamencos han prologado algunos de mis libros. Lo único que intento es no liarme en las redes para vivir en paz y poder seguir disfrutando de lo mío en el cuerpo a cuerpo, dando la cara sin perfiles que valgan.

– La suya es una firma autorizada en la flamencología patria. ¿Qué le parecen los derroteros por los que transita lo jondo?
– Transitan, que ya es algo. Como siempre ocurre, a unas tendencias le siguen otras para después regresar las anteriores. Así que no me preocupa mucho lo que puntualmente suceda. Esto ni se acaba ni está en decadencia. El único problema es que si no te gusta lo que tienes has de esperar, eso, 20 o 30 años, para que vuelva lo de tu gusto. Con todo, el mundo del espectáculo y la cultura ha cambiado terriblemente y hay que saber adaptarse a los tiempos, a las pantallas y a lo que se ponga por delante para aguantar, y seguir esforzándonos en mostrar que por encima de ese arte de plástico que nos venden las grandes cadenas de televisión a voz en grito, existe un arte genuino hecho por artistas. Basta descubrirlo para quedar enduendado de por vida.

– ¿Podemos intentar que esta sea la primera entrevista flamenca de los últimos doce meses en la que no se le pregunte al sujeto entrevistado por esos que ustedes saben?
– Poder es querer.

 

Flamenco en Nueva York. Imágenes recopiladas por José Manuel Gamboa.

Flamenco en Nueva York. Imágenes recopiladas por José Manuel Gamboa.

 

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Periodista andaluz de intereses etéreos y estrofas cabales. Tres décadas de oficio en prensa musical y cultural. Con arrimo y sin arrimo, para seres de cualesquier afecto.

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