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La Torre del Baile

Entre aromas de romero y azahar se dejaba vestir de negro el día para dar paso a una de las citas flamencas más transcendentales de la provincia de Málaga. Hablo, cómo no, del Festival Torre del Cante de Alhaurín de la Torre, concretamente su XLV edición. Personalmente insisto siempre en que estos formatos de festivales que alcanzan altas horas de la madrugada han

Entre aromas de romero y azahar se dejaba vestir de negro el día para dar paso a una de las citas flamencas más transcendentales de la provincia de Málaga. Hablo, cómo no, del Festival Torre del Cante de Alhaurín de la Torre, concretamente su XLV edición.

Personalmente insisto siempre en que estos formatos de festivales que alcanzan altas horas de la madrugada han de ir derivando hacia otros más repartidos en el tiempo, tipo jornada o semana flamenca. Por otro lado, no cabe duda de que hay una gran cantidad de aficionados que disfrutan de lo lindo de este tipo de festivales, y ayer en Alhaurín se pudo palpar.

El cartel presentaba una más que equilibrada selección de artistas del género: figuras consagradas, figuras emergentes, juventud, veteranía y sobre todo calidad, mucha calidad. Y entre esa pléyade de grandes artistas, dos fueron quienes se propusieron brillar en gran manera. No es que lo demás no lo hicieran, pero Samuel Serrano en el cante y Sergio Aranda en el baile echaron más leña a la candela que ninguno de sus compañeros de cartel.

Los dos artistas más jóvenes venían en calidad de tapados en un plantel con nombres como los de El PeleMarina Heredia o el solicitadísimo Pedro El Granaíno, pero sin duda llevaron el flamenco hasta sus máximas formas expresivas. Samuel venía acompañado por otra de las figuras del cartel, el maestro Paco Cepero, que junto al de Chipiona levantó al gentío con su pulgar enduendado. Recordando al maestro Juan Villar por bulerías llevaron al público hasta el éxtasis.

Por su parte, Sergio Aranda, malagueño, sí,  malagueño, de esos que se tienen que ir lejos de su tierra para poder ganarse el pan con su arte, volvió a casa para decir “aquí estoy yo”. Su baile por soleá fue lo mejor de la noche, al menos para mí claro. Supo detener el tiempo y no cayó en el exceso de virtuosismo –que además atesora- con que nos intentan dar gato por liebre hoy en día. Sobrio, gustándose y flamenco hasta el tuétano. Hizo de los escasos 20 metros cuadrados de escenario un lienzo donde dibujó en blanco y negro los misterios de la soleá arropado en todo momento por tres artistas de bandera: Jose Manuel Fernández y Canito al cante y El Perla a la guitarra.

La noche pasó por otros grandes momentos que nos brindaron los demás artistas, como la soleá y los fandangos del Pele junto a Niño Seve, la malagueña y los tangos de Marina Heredia acompañada por su cuadro –Bolita al toque- o el esperado Pedro El Granaíno –junto a Patrocinio-, que fue el encargado de cerrar el recital. A pesar de que una parte del público había despoblado las butacas, aún quedaba un reducto importante de aficionados ansiosos de ver al granaíno. No defraudó, constatando el gran momento que atraviesa.  A pesar de su generosidad dejó al respetable con ganas. Un año más, la Torre del Cante se erigió en epicentro del flamenco malagueño en el mes de junio, sólo que este año la Torre fue conquistada por el baile.

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Rufo

 

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