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Mercedes Ruiz, no dejes de bailarme

La bailaora jerezana cosechó un éxito inolvidable en Sevilla con su espectáculo 'Déjame que te baile'

Por Luis M. Pérez. Sevilla 22/3/2018. Fotos: Paco Lobato

Impresionante, en una palabra. Y en dos también. El calificativo de las grandes ocasiones, el vocablo hiperbólico que te viene a la cabeza cuando sales bailando del teatro. No escribas ahora, espera a mañana mejor, más centrado. Al fin y al cabo, no es más que flamenco. Como si fuera tan fácil distinguir este género hoy en día.

Déjame que te baile no es un espectáculo nuevo. Mercedes Ruiz y Santiago Lara ya lo estrenaron hace más de dos años en Londres, pocos días antes de presentarlo en el Festival de Jerez de 2016. Tiene por ello muchas horas de vuelo, de trabajo duro y de ensayo, aunque a Sevilla viene fresco, fresquito como un niño que llama a tu puerta con una cesta de frutas. Porque parece mentira que a estas alturas uno tenga que maravillarse por asistir a un espectáculo de flamenco, flamenco, que ya no es suficiente por lo visto el nombre sin su apellido.

Mercedes Ruiz (Jerez de la Frontera, 1980) quería bailar y bailó. Bailó como ella sabe, fina y elegante, clásica y vertical, las más de las veces; pícara y graciosa cuando se requiere. Prescindió esta vez del baile conceptual, del género dramático y de la danza contemporánea, en los que posee sobrada formación y sapiencia, y echó mano de poderío y de una técnica depuradísima para sacar adelante la mejor actuación que probablemente le hayamos visto jamás.

Se ciñó a los cantes básicos, con la sola excepción de la apertura del espectáculo por milonga y garrotín, a la preciosa voz de David Lagos (Jerez, 1973), lo que sirvió para desperezar al respetable y prepararlo para lo que se le venía encima. Doble ración de jondura sirvió David Carpio (Jerez, 1975) por seguiriyas y martinetes, estos últimos arrojados a la cara del público desde el proscenio, cuando Mercedes, de masculino traje corto colorado, metía los riñones y la sexta velocidad a sus pies,  mientras las duras facciones de Carmen Amaya le asomaban por el rostro.

El cante tuvo su protagonismo y nunca tuvo que claudicar al servicio del baile, antes al contrario. Salió de nuevo Lagos a deleitarnos con un par de pregones, el del frutero, que popularizara Manuel Vallejo, y el de los caramelos de Macandé, y ya en Cádiz la guitarra de Santiago Lara llamó por alegrías a la bailaora, que espolvoreó arte y sal por el teatro valiéndose de los giros perfectos de su bata de cola. Braceos redondos y deliciosamente lentos, inacabables, la cara arriba hacia los balcones de la calle La Palma.

Y tras la vistosa ronda de fandangos, llegamos a la madre del baile, la soleá. Mira que todos son jerezanos, pues parece que van a arriesgar. David Carpio, el gitano plazuelero de la voz afillá, se escapa un segundo a la cercana calle Castilla y vuelve con las soleares alfareras de Triana, las de Antonio el Arenero, concretamente. Mercedes Ruiz, vestido largo y negro con dorados, tira de todos los registros de su baile más fuerte. Sus torneados brazos te enamoran, sus ojos te hechizan. Los pies, ni los ves.

Y ya estamos de fiesta, pero la jerezana es valiente y prefiere en esta ocasión las bulerías romanceadas de Utrera. Huele a baile clásico y a baile gitano, a flamencas viejas de la calle Nueva. Y después sí, David Lagos por Cádiz, incluido el carcelero, carcelero, y el Carpio que le quita la guitarra a Lara para que éste se dé su pataíta, y quizás aquí se alargó la cosa con tantas pataítas, pero el respetable estaba encantado y jaleaba hasta la última palma. La ovación final, teatro en pie, nada más que te digo que si Mercedes no la corta, todavía seguimos allí.

 

Ficha artística:

Espectáculo: Déjame que te baile, Compañía Mercedes Ruiz
Ciclo: Flamenco viene del Sur
Lugar y fecha: Teatro Central de Sevilla. 20/3/2018
Baile: Mercedes Ruiz
Cante: David Lagos y David Carpio
Guitarra: Santiago Lara
Percusión: Perico Navarro
Palmas: Javier Peña y Faé Ramos

 

 

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Filólogo madrileño. Media vida en Sevilla. Centinela de las palabras. Lo jondo le acelera peligrosamente el corazón.

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