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Cristobalina… Sanlúcar, Utrera, Lebrija

Aquel capítulo de 'Rito y geografía del cante' fue acerca de Cristobalina Suárez, la señora de Miguel Funi. Ella cantaba unas cantinas con sabor a antiguo con la guitarra de Pedro Bacán. Por siguiriyas, a palo seco, marcaba el compás veloz que había sido la norma antes de que los bailaores lo ralentizaran para obtener un efecto dramático.

Cristobalina Suárez y María Vargas. Foto: Daniel Salguero 'La Fragua'.

Con el mundo desmoronándose en pequeños trocitos mientras nos quedamos observando impotentes, aquí estoy yo, agarrando como puedo los recuerdos de tiempos más sencillos cuando el flamenco no era una “industria cultural”, ni estaba siempre a la venta.

A principios de los años 70, solía pasar los inviernos en Morón de la Frontera cuidando la Finca Espartero, una casa rural a pocos kilómetros del pueblo, que en verano servía de retiro flamenco donde los huéspedes pasarían un par de semanas empapándose de un tipo de flamenco que no se solía ver en los tablaos, salas de fiestas o teatros. Durante la larga temporada baja, después de dilatadas fiestas, y al no encontrar nada abierto de madrugada para seguir con el cante, artistas y aficionados de Morón y otros lugares a veces llegaban a mi puerta, creyendo inocentemente que la finca, que en su día había sido propiedad de Pepe Pinto, y con su fama de lugar abierto al flamenco, era una especie de venta de carretera.  Para mí, calcula, el sueño hecho realidad de cualquier aficionado. Siempre había vino peleón, aceitunas aliñadas en casa y un puchero de garbanzos con aceite. Lo suficiente para repostar y seguir la pista del duende.

 

«Yo había oído decir que la esposa de Miguel Funi era buena cantaora. Le pregunté por qué no había venido con él, por qué no se había profesionalizado. Él me contestó: ‘porque yo no quería que lo hiciera’. Y no insistí»

 

Así conocí a Miguel Funi y Pedro Bacán (1951-1997) de Lebrija, festero y guitarrista respectivamente. Dos artistas tremendos, y buena gente de la que hablaremos en otra ocasión.  Yo había oído decir que la esposa de Miguel era buena cantaora, y le pregunté por qué no había venido con él, y por qué, de hecho, nunca se había profesionalizado. Él me contestó en seguida “porque yo no quería que lo hiciera”, y no insistí. En aquellos años las mujeres casadas no solían cantar en público, así que no me sorprendió la respuesta.

Uno o dos años más tarde, el día 6 de noviembre, 1972 para ser exacto, estaba en Casa Pepe, el popular bar de Morón, viendo el único televisor público en el pueblo para el episodio semanal de Rito y Geografía del Cante presentado por el querido amigo José Mª Velázquez-Gaztelu. El capítulo de aquel día fue acerca de Cristobalina Suárez, la señora de Miguel Funi, así que por fin iba a escuchar a esta cantaora de la que tanto se hablaba.

 

La cantaora Cristobalina Suárez. Foto: discográfica Acción

La cantaora Cristobalina Suárez. Foto: discográfica Acción

 

En este episodio de la histórica serie, filmado en casa de los padres de Cristobalina, ella explica que nació en Sanlúcar, pero que ha estado viviendo muchos años en Lebrija, cantando en las reuniones y celebraciones familiares, sin dedicarse profesionalmente, porque “soy una gitana más”, aunque deja claro que no se asusta de subirse a un escenario.

La voz de Cristobalina es dulce e hiriente, con un decir inquietante y evocador, típica de Sanlúcar, Lebrija y Utrera, que es el título de su única grabación (AC 40.026 1974). El sonido Camarón aún no había saturado el ambiente en 1972, y la personalidad cantaora de Cristobalina es inconfundible y muy flamenca.

Cuando se le pregunta si ella, y su marido de entonces, Miguel Funi, se habían influenciado mutuamente en el cante, responde que no, atribuyendo cualquier diferencia al hecho de que Miguel es de Lebrija, provincia de Sevilla, mientras que ella es de Sanlúcar, provincia de Cádiz, aunque sólo hay unos 35 kilómetros entre ambas localidades.

 

«Entrañables los tangos con la niña chica en el regazo, medio dormida mientras su madre nos lleva a través de sus cantes»

 

Dice que no hay artistas en su familia –es el año 1972, aún quedaba por descubrirse la actual Aurora Vargas–, excepto por su prima, la cantaora María Vargas, destacando que en general quedan muy pocos cantaores. Cristobalina recuerda como su abuelo, Juan Vargas, le cantaba cuando era pequeña, el mismo abuelo que María Vargas a menudo cita como fuente. Es interesante que, cuando se le pregunta a quién había escuchado, nombra a Perico Frascola, de Sanlúcar, un cantaor de siguiriyas, martinetes y cantiñas fallecido en 1915, 21 años antes de que ella naciera, y que no dejó grabaciones. En 1972, Antonio Mairena ya había desenredado atribuciones históricas que anteriormente no habían sido de interés para la mayoría de los cantaores, especialmente los no profesionales.

Cristobalina canta unas cantinas con sabor a antiguo con la guitarra de Pedro Bacán. Por siguiriyas, a palo seco, marca el compás veloz que había sido la norma antes de que los bailaores lo ralentizaran para obtener un efecto dramático. Entrañables los tangos con la niña chica en el regazo, medio dormida mientras su madre nos lleva a través de sus cantes que incluyen referencias como “vámonos pa’ Utrera”, o a la Virgen de la Consolación.

El episodio acaba con bulerías cantadas al retrato del abuelo Juan Vargas, y pataítas caseras, incluida la de Paco Vargas, tío de Cristobalina y María Vargas.

No os perdáis esta joya de vídeo.

Imagen superior: Cristobalina Suárez y María Vargas. Foto: Daniel Salguero ‘La Fragua’.

 

 

 

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Jerezana de adopción. Cantaora, guitarrista, bailaora y escritora. Flamenca por los cuatro costados. Sus artículos han sido publicados en numerosas revistas especializadas y es conferenciante bilingüe en Europa, Estados Unidos y Canadá.

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