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El “nuevo día” de Lole y Manuel

Lole y Manuel. Manuel y Lole. Nada del grito pelao del cante rancio. Más bien criaturas inocentes viviendo el ocaso de la época de los hippies

En los primeros años setenta del pasado siglo, mis visitas mensuales a la sección de discos de El Corte Inglés en Sevilla empezaron a complicarse. Normalmente, sólo tenías que rebuscar entre lo más reciente de Isabel Pantoja o Manolo Escobar para localizar a Paquera, Chocolate, Fernanda y Bernarda, Fosforito o Terremoto por si hubiera algo nuevo que se podía escuchar gratuitamente con los auriculares ofrecidos por la tienda. Por aquel entonces, el flamenco empezaba a ser receptivo a las creaciones novedosas, y nació el “rock andaluz”. Formaciones como Alameda, Triana, Pata Negra, Medina Azahara, y sin duda, Las Grecas, rápidamente estaban llenando un vacío. Había grupos en lugar de individuos, y los palos flamencos…, bulerías, tangos, alegrías, etc., no siempre se citaban, así convirtiendo cantes en canciones.

En aquella época, los cantantes vascos Sergio y Estíbaliz grabaron su primer álbum, y los italianos Albano y Romina siguieron el ejemplo. Las parejas musicales se pusieron de moda, y gozaron de gran popularidad. En 1969, los jóvenes emergentes Paco de Lucía y Camarón habían realizado su primera grabación, que llamamos Al verte las flores lloran, poniendo una cara fresca al flamenco clásico. El escenario estaba dispuesto para la revolución y ascenso de Dolores Montoya Rodríguez (1954) y Manuel Molina Jiménez (1948-2015), ahora conocidos por toda la afición como Lole y Manuel.

 

«Flamenco al natural, en toda su gloria y riqueza. Cante, baile y guitarra pasados por un prisma contemporáneo»

 

Estuve trabajando en Ibiza aquel verano del ’75. No había televisor en el apartamento, así que encendí la radio una mañana y sonaba una guitarra por bulerías, lentas y sensuales, con la voz dulcemente serena de Lole: El sol, joven y fuerte, ha vencío a la luna que se aleja impotente del campo de batalla (Nuevo Día). La delicada poesía de Manuel Molina, que también componía e interpretaba la música, seguía y seguía, pintando imágenes idílicas que nunca había conocido antes en el flamenco.

Lole y Manuel. Manuel y Lole. Nada del grito pelao del cante rancio. Más bien criaturas inocentes viviendo el ocaso de la época de los hippies. Como había ocurrido con Camarón y Paco, el nuevo producto atraía a un público joven exponencialmente ampliado. Las adversidades de la vida y la miseria de la posguerra ya no marcaban la pauta de los versos. Se hizo más importante amar y dejarse amar. En las imágenes poéticas de la fecunda imaginación de Manuel había tiempo para oler las flores y sentir el calor del sol, con un punto dulce-amargo en su dosis justita, lo suficiente para doler bien. Nosotros, los seguidores del cante rancio, nunca dejamos de escuchar a Mairena, Caracol, Pastora y otros intérpretes consagrados, pero Lole y Manuel nos invitaban a dejarnos seducir por esta perspectiva alternativa, este nuevo día.

 

 

No pude costear muchas grabaciones en aquellos años flacos –los tablaos madrileños estaban pagando 250 pesetas a los componentes de los cuadros–, pero la radio fue un recurso excelente, y se escuchaba a Lole y Manuel a todas horas.

 

«Nosotros, los seguidores del cante rancio, nunca dejamos de escuchar a Mairena, Caracol, Pastora y otros intérpretes consagrados, pero Lole y Manuel nos invitaban a dejarnos seducir por esta perspectiva alternativa, este nuevo día»

 

Unos años más tarde, me sorprendió descubrir que el apellido Montoya de Lole era de la misma “familia Montoya” que realizó el primer intento creíble de presentar flamenco casero en un entorno teatral con un mínimo de montaje, lo justito para evitar el caos, y animar la espontaneidad. Flamenco al natural, en toda su gloria y riqueza, cante, baile y guitarra pasados por un prisma contemporáneo. Y la dulce Lole, rodeada de su familia, interpretaba cante tradicional al lado de su gente: su madre, la cantaora Antonia la Negra, nacida en Argelia, que ponía un sabor árabe; su padre, Juan Montoya, un bailaor con arte, y también en el grupo, la tía de Lole, Carmen Montoya y la hija de esta, la bailaora y cantaora Carmelilla. Fue entonces que comprendí el objetivo contemporáneo de Lole en el contexto del flamenco clásico. Qué género más grande este flamenco, que acoge a Manuel Torre, La Niña de la Puebla, Manuel Agujetas, Pepe Marchena, Lole y Manuel… Ya me entiendes. 

Recuerdo la portada del disco Al Alba con Alegría (1980), donde vemos a Lole con su hija pequeña, Alba, hoy en día cantante popular por derecho propio. En aquel momento me entretuvo la idea de que el futuro de la pequeña tendría algo que ver con la música, probablemente flamenco. El padre de aquella criatura, Manuel, ya no está, pero Lole sigue dando recitales esporádicamente. La vi en el 2004 en el Festival de Jerez, y en el 2015 en la Fiesta de la Bulería. Aunque el paladar jerezano pide un decir más agresivo, Lole fue bien recibida, y logró fascinar a una nueva generación de aficionados. Ya no es la joven flower-child, sino una artista madura, aunque nunca perdió el sereno semblante que tanto identifica a Lole y Manuel.

Nuevo Día… El Romero Verde… La Mariposa… Todo es de Color… La banda sonora de una generación cuya influencia aún perdura, y que sigue seduciendo.

 

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Jerezana de adopción. Cantaora, guitarrista, bailaora y escritora. Flamenca por los cuatro costados. Sus artículos han sido publicados en numerosas revistas especializadas y es conferenciante bilingüe en Europa, Estados Unidos y Canadá.

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