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El vocabulario cambiante del flamenco

A nadie debería sorprenderle que el vocabulario del flamenco sea susceptible al cambio. De hecho, siempre lo ha sido, pero a una velocidad más discreta.

Gastamos mucho tiempo y tinta virtual hablando de la evolución del flamenco, una dinámica implacable que engrasa las ruedas de cambio, sea para bien o para mal. Hace cincuenta años la visión privilegiada de Paco de Lucía aceleró el proceso, y el género jondo no ha vuelto a ser igual desde entonces. Sin duda, sigue existiendo el flamenco clásico, pero está envuelto en una estética nueva. Hay otro decir vocal, los dedos del guitarrista pasean alegremente por el diapasón del instrumento en busca de armonías nuevas que nos llevan a paisajes mentales para acomodar maneras novedosas, mientras que los bailaores emplean movimientos y atrezo poco típico que responde a esta creatividad.

 

Así que no debería sorprenderle a nadie que también el vocabulario del flamenco sea susceptible al cambio. De hecho, siempre lo ha sido, pero a una velocidad más discreta. Hasta el aficionado más verde sabe que no se dice cantador ni bailador, sino que se suprime la “d” para las versiones andaluzas, cantaor y bailaor. La palabra tocaor está cayendo en desuso siendo reemplazada por guitarrista, que parece lucir mayor dignidad. Y esos guitarristas ya no tocan “variaciones”, más recientemente llamadas “falsetas”, porque la estructura de rasgueo/falseta/rasgueo/falseta ha cedido protagonismo a temas sin costuras que provocan el disgusto de los veteranos que se quejan de que no es posible identificar qué se está tocando.

 

 

«Recuerdo que hace unos cincuenta años, en una conversación con amigos, me corrigieron por haber dicho “por soleares”. Por lo visto la gente guai decía “por soleá”, y así ha sido hasta hoy»

 

 

Recuerdo que hace unos 50 años, en una conversación con amigos, me corrigieron por haber dicho “por soleares”. Por lo visto la gente guai decía “por soleá”, y así ha sido hasta hoy, aunque los aficionados mayores siguen empleando la forma anterior. ¿Y quién impuso la palabra castañuelas en lugar de palillos?

 

Un baile tradicional de alegrías, con todos sus elementos, incluyendo el segmento lírico y despacio hacia la mitad, se ve cada vez menos, ¿pero cómo hemos de llamar aquel segmento? A lo largo de las décadas he escuchado el silencio, la falseta y también la filigrana. 

 

Puede sorprender a algunos el saber que la palabra que más disgustos trae es “palo”. A menudo verás a aficionados mayores de 60 o 70 años refunfuñar cuando alguien más joven habla de “palos” para lo que antes se conocían como “formas” o “cantes”. Es imposible saber cuándo tuvo lugar el cambio, o quién lo puso en circulación. Sólo sabemos que se empezó a decir hacia finales de los años sesenta, o comienzos de los setenta. El cantaor Antonio Mairena, en su histórico controvertido libro Mundo y formas del cante flamenco, publicado en 1963, sólo menciona cantes y formas. Asimismo, el flamencólogo y musicólogo Hipólito Rossy no habla de “palos” en otro libro pionero, Teoría del cante jondo, publicado en 1966.

 

 

«El DRAE reconoce más de veinte acepciones de la palabra “palo”. La undécima es: “Cada una de las variedades tradicionales del cante flamenco”. Vale, si lo dice la RAE. Pero entonces, ¿qué hacemos con zapateado, una forma bailable que no tiene cante asociado?»

 

 

Está claro que hizo falta alguna palabra más apropiada, porque cante puede ser un verso, una melodía, una forma o una serie de varios elementos, como en un contrato que podría estipular cierto número de cantes completos. La palabra “forma” es todavía más ambigua. En el llamado “libro verde” de Luis Soler Guevara y Ramón Soler Díaz, Antonio Mairena en el Mundo de la Siguiriya y la Soleá, a lo largo de 538 páginas la palabra “palo” sólo sale cuatro veces, aunque el tema de la histórica obra es precisamente un estudio pormenorizado de los cantes. Salió publicado en 1992, cuando la palabra “palo” ya fue clara ganadora del asunto del vocabulario, pero uno de los autores está dentro del grupo de edad que históricamente es reacio al uso de la palabra, lo cual puede ser el motivo de su casi ausencia.

 

A veces se defiende el uso de la palabra “palo” por asociación con la costumbre de marcar el compás sobre una mesa o barra de madera, o con un bastón, pero entonces quedan excluidos todos los cantes de compás libre. Parece algo más fácil apoyar la explicación de que “palo” se refiere a los cuatro palos de una baraja de cartas. Es interesante que la Real Academia Española, autoridad máxima en asuntos lingüísticos del español, reconoce más de veinte acepciones de la palabra “palo”. La número once es: «Cada una de las variedades tradicionales del cante flamenco». Vale, si lo dice la RAE. Pero entonces, ¿qué hacemos con zapateado, una forma bailable que no tiene cante asociado?

 

Imagen superior: Diego Carrasco, Manuel Molina, Tomasito y Moraíto en el Festival de Nimes 2006. Foto: Estela Zatania

 

 

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Jerezana de adopción. Cantaora, guitarrista, bailaora y escritora. Flamenca por los cuatro costados. Sus artículos han sido publicados en numerosas revistas especializadas y es conferenciante bilingüe en Europa, Estados Unidos y Canadá.

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