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Por qué el flamenco necesita a Pansequito

El flamenco necesita a Pansequito, sí, para recordarnos continuamente que este género es un recurso cultural sostenible y renovable cuando es manejado por individuos con conocimientos, respetuosos de la materia.

Recuerdo el día en 1974 cuando salía de unos grandes almacenes cerca del río en Málaga, y de los altavoces que daban a la calle sonaba esa voz. Poco podía yo sospechar que Tápame tápame llegaría a hacer historia. Volví a entrar en la tienda. Las guitarras de Juan y Pepe Habichuela lanzaban cuchillas de compás a cualquiera que se acercara, y la voz de José Cortés Jiménez ‘Pansequito’ (La Línea, 1946, criado en El Puerto de Santa María) contribuía a reconfigurar para siempre nuestra manera de entender el cante.

 

Ya había escuchado el nombre de este cantaor, pero no lo relacionaba con ninguna voz. ¿Por qué fue este un momento tan impactante? En aquellos tiempos, Camarón fue el nuevo chico del barrio, atrayendo diariamente a nuevos seguidores, tanto jóvenes como mayores, muchos de los cuales se estaban cansando del repertorio clásico interpretado miméticamente, con el maestro Antonio Mairena que proyectaba una larga sombra en el gran paisaje del flamenco. No recuerdo que nadie abogara activamente por un cambio de rumbo, pero estas nuevas voces, la de Camarón y de Pansequito, pertenecían a dos hombres muy jóvenes, con el decir maduro y voces convenientemente gastadas de cantaores mucho mayores con sus lecciones de la vida bien aprendidas.

 

Durante un par de años en los setenta, cualquiera que afirmara ser aficionado al flamenco tenía que declarar su filiación, como si del fútbol se tratara, Barsa o Real Madrid, Camarón o Pansequito. Gracias en parte a la genial guitarra de Paco de Lucía, la balanza se inclinaba en favor de Camarón, y no es que no fuera también un genio, pero la aportación de Paco fue un factor de mucho peso. Hoy en día, Camarón es figura sempiterna de culto, mientras que Pansequito es recordado, principalmente, por los aficionados de aquella generación.

 

 

«Este hombre, con un sonido intensamente flamenco, no necesita hacer puños o muecas, no grita para comunicar su mensaje. El arte grande de cualquier tipo florece en la sutileza, y se marchita con el histrionismo»

 

 

Recientemente, ha ofrecido un recital dentro del programa del Festival de Jerez, y sus fieles seguidores se presentaron casi llenando el amplio espacio. Este hombre, con un sonido intensamente flamenco, no necesita hacer puños o muecas, no grita para comunicar su mensaje. El arte grande de cualquier tipo florece en la sutileza, y se marchita con el histrionismo.

 

 

Camarón y Pansequito.

 

 

Camarón tiene incontables seguidores e imitadores. Con algunas excepciones, cada cantaor surgido en los últimos cuarenta años se ha matriculado en aquella “escuela”. Pansequito no tiene seguidores, sino admiradores empedernidos. Aquellos caminos de melodía que se estiran como chicle, salvando curvas peligrosas, no se dejan copiar fácilmente. Justamente cuando estás seguro de que el tren va a descarrillar y estás pensando en llamar a tu madre para decirle que la quieres, Pansequito nos devuelve a la vía con la precisión de un piloto de Fórmula 1, y es más emocionante que la montaña rusa gigante de Disneylandia.

 

Algunas de sus creaciones son perfectas microsuites. Versos y música originales que nunca pierden de vista el flamenco, a la vez que suenan frescos e innovadores, haciendo puente entre generaciones, y que hubieran podido ser comprendidos fácilmente por cantaores de hace un siglo, gracias a la lingua franca de este género. Probablemente el más conocido es la siguiente joya perfecta que liga dos cuerpos:

 

Es que la vía era mu’ corta
y mu’ largo era el camino

pero nadie sabe cuál es su sino
Dejadme flores, dejadme,
que yo voy al campito a divertirme
que el campo no tiene llave 

 

Esa composición, con la peculiar interpretación de Pansequito, es una creación brillante del cante del siglo XX de uno de los cantaores con más personalidad de nuestros tiempos.

 

 

«Pansequito nutre el flamenco a la vez que se alimenta de él. Además de sus bulerías dinámicas, hay que escuchar sus luminosas cantiñas, los tarantos densos, soleá y siguiriyas cálidas, tangos sabrosos… Demuestra lo que se puede hacer con el cante sin necesidad de meterse por los berenjenales»

 

 

Pansequito nutre el flamenco a la vez que se alimenta de él, original y clásico a la vez. Además de sus bulerías dinámicas, hay que escuchar sus luminosas cantiñas, los tarantos densos, soleá y siguiriyas cálidas, tangos sabrosos… El hombre nos demuestra lo que se puede hacer con el cante sin necesidad de meterse por los berenjenales.

 

El flamenco necesita a Pansequito, sí, para recordarnos continuamente que este género es un recurso cultural sostenible y renovable cuando es manejado por individuos con conocimientos, respetuosos de la materia. Como decía Duke Ellington, si no conoces las reglas no deberías quebrarlas.

 

Desde luego, han acertado aquella vez hace tantos años en el Concurso Nacional de Córdoba cuando el jurado rápidamente organizó un “premio a la creatividad” para reconocer el genio y buenos instintos de este maestro del cante con la seductora voz flamenca.

 

 

Pansequito y Manuel Parrilla. Foto: Estela Zatania

 

 

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Jerezana de adopción. Cantaora, guitarrista, bailaora y escritora. Flamenca por los cuatro costados. Sus artículos han sido publicados en numerosas revistas especializadas y es conferenciante bilingüe en Europa, Estados Unidos y Canadá.

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