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El electricista de la Transmediterránea y la reunión de Mairena en El Burladero

Sexta entrega de FE DEBIDA: memorias flamencas del investigador portuense Luis Suárez Ávila. «En el velatorio de Agustín El Melu me encontré en medio de lo más pulido y más auténtico de la flamenquería, cada uno contando historias y sucedidos del muerto, a cual más ingenioso».

Contaba El Melu que, en una ocasión, el Gobernador Civil Rodríguez Varcárcel prohibió las peleas de gallos, que más bien las peleas en los reñideros eran la excusa de pruebas para escoger los mejores y exportarlos a Méjico o a Venezuela. El caso es que El Melu, sin actividad, se quedó más tieso, como se decía en Cádiz, que Paco Sanchís. Y con una mano encima de la otra, vino un embarcado que le propuso enrolarse en un barco de la Trasmediterránea que hacía su viaje de Cádiz a Génova. El Melu se resistía, porque, la verdad, nunca había estado embarcado, sino de pasajero. Pero la insistencia y el estado de “tiesud” llegaron a un extremo en que El Melu consintió. Y ahí me tienen a Agustín, despedido de su familia, subiendo la escalerilla del barco, donde, nada más llegar a la cubierta, le pusieron un ancho cinturón lleno de alicates y destornilladores. “¿Esto qué es?”, preguntó El Melu. “Agustín –le dijeron–, tú eres el electricista del barco”. “Pero si yo no sé nada de electricidad”, aclaraba El Melu. “Es lo mismo –le dijo el tal–, en el barco nunca ha pasado nada, te ganas tu dinero y Santas Pascuas”. El Melu no estaba muy convencido. Pero lo que no había ocurrido nunca, sucedió: se fue toda la luz del barco. Todos buscaban a El Melu. Y el Melu quería que se lo tragara la tierra –o el mar—que, en su desvarío, solamente decía que podían ser los plomos. Al cabo de una hora,  con el barco sin electricidad en medio del mar, el capitán se le acercó  y le preguntó: “Melu, ¿dónde está la avería?”. Y El Melu, que de ingenio tenía todo lo que pueda imaginarse, con gran aplomo contesto: “Mi capitán, esto no es del barco, esto es de la Sevillana”. Y tuvieron que ir dos helicópteros, con electricistas especializados, para arreglar la avería que, al final, era lo que El Melu había dicho: “Esto son los plomos”.

 

«Resulta que El Beni había dicho, de uno que estaba arruinado en Cádiz, que estaba más tieso que Paco Sanchís. Y Paco se presentó en el Juzgado de Guardia para formular una denuncia contra El Beni»

 

El Melu habló de Paco Sanchís y merece que yo hable de él. Era Francisco Sánchez Sanchís, conocido como Paco El Tieso, un bondadoso personaje gaditano que padecía una enfermedad degenerativa que le iba dejando tan inmóvil que solamente podía mover, con alguna limitación, la cabeza y oír y hablar. En todo acto cultural, en los toros, en el futbol, en cualquier reunión flamenca, allí estaba Paco Sanchís. Tenía una furgoneta adaptada a la silla de ruedas y un cuidador que era su chófer. Cuando, por ejemplo, aparecía por la Plaza de Toros de El Puerto, el chófer lo subía sobre un hombro hasta el primer piso, en grada cubierta, lo apoyaba en la pared, en mala comparación, como una momia egipcia, bajaba por el carrito, lo subía, y colocaba a Paco, amarrándolo con unas correas en él. Su sitio, generalmente, era en uno de los pasillos entre las gradas, en “delantero de balcón”. Pero a pesar de su incapacidad, Paco era simpático y muy culto. Su conversación era amenísima.

 

Paquera, Agustín El Melu y Parrilla de Jerez en el Tablao de Cádiz. Foto cedida por Antonio Barberán.

 

Cuando yo ya ejercía de abogado, una tarde, en el Juzgado de Guardia de Cádiz, de pronto me encontré con Paco Sanchís en su carrito y con su cuidador. Nada más verme, me dijo: “Luis, ¡qué desagradable! ¡qué desagradable!”. Y mandó al cuidador que me pusiera una grabación que llevaba en el magnetofón. Resulta que, en un acto al que asistió, como Paco mandaba grabarlo todo, El Beni había dicho, de uno que estaba arruinado en Cádiz, que estaba más tieso que Paco Sanchís. Y Paco se presentó en el Juzgado de Guardia para formular una denuncia contra El Beni. Figúrense ustedes lo que ocurriría en el juicio de faltas, cuando Paco y el Beni comparecieran. Me imagino que el abogado de Benito Rodríguez Rey echaría mano de la exceptio veritatis: «Señoría, es que está tieso, tieso y más tieso no se puede estar».

 

Paco Sanchís.

 

Agustín, como cantaor, fue contratado por Manolo Caracol y por Concha Piquer en sus respectivas compañías y así estuvo algún tiempo. Generalmente solía cantar una siguiriya del cuño de su abuelo El Viejo de la Isla:

 

Entre dos y una,
entre una y dos,
logré mi gusto con quien yo quería
juntitos los dos.

 

Pero sabía infinidad de cantes raros. Te hablaba con pasión de Ignacio Espeleta, de Enrique y de Luisa Butrón, de Rosa La Papera, de Chiclanita, de… Y me regaló una fotografía del grupo de actuantes en “Las calles de Cádiz”, el espectáculo que, en el año 1932, estrenaron García Lorca e Ignacio Sánchez Mejías en el Teatro Español de Madrid: en él figuran nada menos que Ignacio Espeleta, El Niño Gloria, Rafael Ortega, Juana La Macarrona, La Malena, La Geroma, Manolita Maora, Pablito y Gineto de Cádiz, Adelita la de Chaqueta… La flor y nata del flamenquerío bajoandaluz. Y la Argentinita y Pilar López.

A El Melu debo también una fotografía, que me regaló Agustín El Careta. Me llevó a un partidito de casa, en una azotea, donde vivía El Careta. Con no sé qué excusa, Agustín le mangó la fotografía de Enrique Butrón, sentado en una silla, que El Careta me regaló y que conservo. La publiqué en 1974 y de ella ha sacado copias casi todo el mundo. 

 

«De entre las placas que yo tenía, había una de una desconocida Encarna Salmerón, en la que había grabado unas soleares de La Serneta, que a mí me gustaban mucho. Sin embargo, como era gachona, a Mairena no le gustaban. Y eso me contrariaba»

 

De mis correrías flamencas, recuerdo como un hito irrepetible aquella reunión, que duró desde las cinco de la tarde de un día, su noche y terminó a las cinco de la tarde del día siguiente. Fue sobre 1970. Antonio Mairena, Juan Talegas y Melchor de Marchena, en un taxi de Dos Hermanas, muchos sábados, recalaban por mi casa. Allí oíamos discos, cantaban y sobre todo se escogían los cantes y las letras y se preparaban los microsurcos que Mairena pensaba grabar. De entre las placas que yo tenía, había una de una desconocida Encarna Salmerón, en la que había grabado unas soleares de La Serneta, que a mí me gustaban mucho. Sin embargo, como era gachona, a Mairena no le gustaban. Y eso me contrariaba.

 

Reseña en prensa del novillero Agustín El melu.

 

Pues bien, una tarde se le ocurrió a Mairena que nos fuéramos a Cádiz, a la taberna que El Melu había puesto, El Burladero, centro de la flamenquería gaditana. Y estando allí, El Melu mandó llamar a Aurelio. Mairena mandó al taxi a recoger a Ramón Medrano, a Agujetas El Viejo, a Alonso el del Cepillo y a José El Negro. La referencia para el taxista fue la de José de los Reyes El Negro, a quien, por teléfono, encontramos en el Bar Puente, en la calle Pozos Dulces, en El Puerto. El Negro se encargaría de dirigir al taxista para encontrar a los otros. Asistió también Chano Lobato. Aurelio estuvo solamente unas dos horas, no cantó y se marchó con alguna excusa. Pero cuando llegaron Medrano, Agujetas, El Negro y Alonso, aquello se puso en todo lo suyo. Fueron horas sublimes. Recuerdo la discusión de Medrano con Chano sobre las Cantiñas de Las Mirris que, según Medrano, no eran como las cantaba Chano. Y las cantó Ramón.

Alonso el del Cepillo cantó, entre otras cosas, una siguiriya de El Fillo, añadiendo que Juan Talegas no la cantaba como era, lo que produjo cierta tirantez. Alonso cantaba:

 

Mi mujé Alejandra
A la calle me echó
Dios se lo pague al guarda consumo
que m’arrecogió.

 

La cuestión era sobre la letra que Juan Talega sabía:

 

Mi hermana Alejandra
a la calle me echó
Dios se lo pague a mi primo El Gallego
que m’ arrecogió.      

      

Con el tiempo, en 2020, Luis Javier Vázquez Morilla vino a despejar la cuestión: Alejandra era la mujer de El Fillo y no la hermana. Y Alejandra echó a El Fillo de su casa y estuvo viviendo sola durante un tiempo, en un partido de casa de la Calle Espelete de El Puerto de Santa María, hasta que se reconciliaron. Pero tanto Alonso como Juan estuvieron impecables en cuanto al estilo musical. Era el mismo.

Ramón Medrano siguió por todos los cantes que sabía, y eran muchos, de la escuela de Sanlúcar, ante la admiración de todos. Antonio Mairena se rindió ante la colección de cantes de Perico Frascola, de José Frascola, de Miguel de Pepa, de Pepa la de Bochoque, de el Tuerto de la Peña… que Ramón fue desgranando.

 

«Cuando llegaron Medrano, Agujetas, El Negro y Alonso, aquello se puso en todo lo suyo. Fueron horas sublimes. Recuerdo la discusión de Medrano con Chano sobre las Cantiñas de Las Mirris»

 

Más reacios estuvieron Agujetas y El Negro, pues eran de los que opinaban que Mairena “fusilaba” todo lo que oía a los viejos. El Negro, particularmente, casi no cantó. Cuando Mairena lo instó a cantar, le respondió abruptamente “¡Cállate, Calvo Sotelo, que lo copias todo!”, haciendo alusión a la calvicie de Antonio, lo que le mortificaba. Recuérdese que estando de cantaor de atrás con Antonio el bailarín, Mairena usaba un peluquín. Y, como siempre, añadió El Negro: “Si te digo mi verdad, me quedo sin ella”.

Con todo, la reunión discurrió por los cantes de Cádiz y los Puertos, que era de lo que se trataba. En cambio, no salieron a la luz ninguno de los romances o corridos que El Negro, Alonso, Agujetas y Medrano sabían.

Cuando se entró en el capítulo de las bulerías gaditanas, Mairena dio un verdadero concierto. Ahí es donde El Negro comenzó con su Componte, niña, componte, vamos al baile…, que era la letra con la que siempre comenzaba a cantar. Y estuvo más una hora cantando bulerías distintas y hermosísimas, en lo que El Negro era un verdadero maestro del compás, seguidor en esto de las bulerías de Diego El Gurrino, el fragüero del que hablé, de Ana Losa, la Gitana de las Latas, de Jeroma La del Planchero, e incluso de Tomás el Nitri. Pasó revista a las bulerías de Luisa Butrón, a las de Ignacio Espeleta, a las de Moroncillo y a las de El Negro Liso. En fin, se explayó.

 

«El día en que murió Agustín El Melu, en 1990, llovía a mares. Mi mujer me desaconsejó coger el coche para plantarme en Cádiz en la capilla mortuoria. Pero yo, por nada del mundo, en primer lugar por el afecto que le tuve, me podía perder el velatorio de Agustín»

 

Agustín El Melu cantó varias siguiriyas de su abuelo y la conocida de su tía abuela María Borrico. Echó mano de las soleares de Enrique el Mellizo, de las de Paquirri El Guanté y de las de Enrique Ortega El Gordo, todo ello explicado con la propiedad con que Agustín hablaba de cualquier cosa.

De allí no se salió nada más que para comprar pescado frito. En memoria de aquel día, Antonio Mairena compuso, por su mano, la letra por bulerías en que dice …Y me vine a emborrachá / en la tienda “El Burlaero”…, que grabó para Philips en el disco Cantes de Cádiz y los Puertos.

Siempre que pude, acudí a la tertulia de El Melu o a su Taberna. Unas veces solo y la mayoría de las veces, después, con José Luis S. Rodríguez y Pepita Sarazena, unos impecables bailaores y conservadores de la escuela bolera, discípulos de Carito y de El Estampío, que dieron varias veces la vuelta al mundo con su espectáculo. Tuve con ellos una gran amistad y de ellos hablaré largo y tendido más adelante.

El día en que murió Agustín El Melu, en 1990, llovía a mares. Mi mujer me desaconsejó coger el coche para plantarme en Cádiz en la capilla mortuoria. Pero yo, por nada del mundo, en primer lugar por el afecto que le tuve, me podía perder el velatorio de Agustín. Y me puse en Cádiz, con mucha prudencia, porque llovía más que en el entierro de Bigotes, hasta que llegué al mortuorio de la Residencia, donde se hallaba de cuerpo presente. Allí me encontré reunido en medio de lo más pulido y más auténtico de la flamenquería, cada uno contando historias y sucedidos del muerto, a cual más ingenioso.

Imagen superior: Hermanos Melu: Torero Pacorro, Perico El Melu, Manolo el Melu, Beni de Cádiz, José El Melu y Agustín El Melu.

 

→ Ver aquí todas las entregas de Fe debida: memorias flamencas del investigador portuense Luis Suárez Ávila.

 

 

 

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Luis Suárez Ávila (El Puerto de Santa María, Cádiz, 1944) es posiblemente el decano de los investigadores flamencos. Máxima autoridad mundial en el Romancero, es abogado y desde muy joven sintió la llamada del cante más puro.

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