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La tertulia de Antonio Galea, los libros de Fernando el de Triana y la madre de Silverio

Décima entrega de FE DEBIDA: memorias flamencas del investigador portuense Luis Suárez Ávila. En Sevilla había tertulias en todas partes: la librería de don Antonio Galea Calderón en la calle Hernando Colón, las de Eva Cervantes, Florencio Quintero, Lorenzo Blanco, Manolito Guillén

Del año 1961 es también mi hallazgo de la librería anticuaria de la calle Hernando Colón, 19, en Sevilla. Estaba regentada por don Antonio Galea Calderón y en ella había una magnífica tertulia. La presidía, sentada en un cómodo sillón, la madre de don Antonio, que tenía 102 años. Pero ella permanecía callada y tan solamente hablaba cuando tenía necesidad de ir al excusado, haciéndole una señal a su hijo, que la acompañaba a hacer sus necesidades y volvía a ponerla en su sitio. A esa tertulia asistía, cuando estaba en Sevilla, que era muy a menudo, el Conde de Colombí, don José María Gutiérrez Ballesteros, que tenía un edificio en Alcalá de Guadaíra donde guardaba una inmensidad de objetos taurinos, desde cuadros, fotografías, carteles, capotes, muletas y trajes de toreros famosos, hasta muchas cabezas de toros disecadas. Don José María había tenido una bodega en El Puerto y, aunque abogado, era cliente del bufete de mi padre. Asistía don José Guerrero Lobillo, gaditano de Olvera, catedrático de la Universidad de Sevilla, que era especialista en las miniaturas de las Cantigas de Alfonso X. Asistía, cuando estaba en Sevilla, don Diego Angulo Íñiguez, catedrático de Historia del Arte, director de la Real Academia de la Historia, director del Museo del Prado, amigo de mi padre, que todos los días de verano, por la tarde, solía ir a mi casa en El Puerto, donde desde muy pequeño, a mis hermanos y a mí, nos ponía filminas y diapositivas de arte y nos las comentaba. Asistía, a veces, don Juan de Mata Carriazo, catedrático de varias  materias, entre ellas la de arqueología, descubridor del bronce tartésico conocido como Bronce Carriazo y editor de Crónicas medievales. Asistía Antonio Illanes, el escultor, discípulo que había sido de Antonio Susillo, y autor de muchas imágenes cofradieras de Sevilla y del busto  que, por último, hizo de Pastora Pavón la Niña de los Peines para el monumento que se le erigió en la Alameda. Asistía don Santiago Montoto de Sedas, historiador, que mantenía también su tertulia en La Punta del Diamante y era hermano de don Cástor Montoto, notario que fue durante muchísimos años de El Puerto y muy amigo de mi padre. Asistía don Eduardo Ybarra Hidalgo, erudito y poseedor de una magnífica biblioteca que presumía ser descendiente de Bölh de Faber, por Osborne, y de don Mariano Pardo de Figueroa, el doctor Tebusem, fue con el tiempo presidente de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras y hermano sobresaliente de la Cofradía del Silencio, en la que llegó a hermano mayor, como Mateo Alemán. Asistía un tal Don Luis, que era dependiente jubilado de Casa Peyré. Asistía un librero, mejor dicho corredor de libros, madrileño, llamado Romaní, que se dedicaba a mediar en la compra de libros raros y curiosos que le encargaban. En fin, que a la tertulia, además, se sumaban toda clase de clientes y personas de calidad que entraban en la librería.

 

De pronto alguno pedía tantos cafés, a Casa Robles, por teléfono y acudía un camarero para coger la demanda. Entonces se producía un batiburrillo, porque uno pedía cortado, el otro manchado, el otro con más café que manchado, otro con leche, otro más un carajillo, el de más allá un café americano. Así que el camarero decía, concluyendo: “Café para todos”. Y al cabo de un rato aparecía con una bandeja llena de cafés y todos conformes. A mí, aunque ese día tuviera dinero e hiciera el intento, nunca me dejaban pagar, porque, sin duda, me veían muy joven y estudiante.

 

«Don Antonio Galea, que también era filatélico, era una persona de carácter afable, muy hablador y, sabiendo las aficiones de cada cual, le recomendaba la compra de libros que pudieran interesarle. Así un día, en el piso alto, se descubrió un resto de la primera edición de Arte y artistas flamencos de Fernando el de Triana»

 

La librería estaba en la calle Hernando Colón, en donde tenía la puerta principal y un escaparate, esquina y vuelta a la calle Rodríguez Zapata, por donde tenía dos puertas siempre cerradas. La pieza del despacho estaba toda rodeada de libros en sus estanterías, el mostrador y una escalera de madera, para llegar a las más altas. En una de las jambas de la puerta que comunicaba con la trastienda había un cuadro de Juan Lafita, al guache, que representaba a una flamenca con mantón y peineta con mantilla, muy guapa, por cierto. Don Antonio decía que era Ana Domínguez, la madre de su amigo Silverio Domínguez, hijo natural de Silverio Franconetti. Silverio Domínguez había sido impresor y encuadernador, y hombre muy culto que mantenía una asociación cultura llamada El Arenal y muy entendido en cante flamenco. Manolo Bohórquez, cuando yo le hablé de él, se ocupó hace unos años de investigar la vida y milagros de Silverio Domínguez, instigado por mí, y concluyó con que era  hijo de Ana Domínguez, a su vez hija de Juan de Dios Domínguez, del que hablaba Estébanez Calderón en Un baile en Triana.

 

La trastienda, donde se celebraba la tertulia, estaba también rodeada de estanterías de libros y lindaba con una habitación destinada a excusado y una escalera muy empinada que conectaba con el piso alto, misterioso lugar al que solamente se subía alguna vez. Yo únicamente llegué a poder subir dos o tres veces. Ni que decir tiene que el piso alto estaba rodeado de estanterías atestadas de libros y, además, libros por todas partes, en mesas, en sillas, en el suelo… Se decía que allí se ahorcó don Carlos García, suegro de don Antonio Galea.

 

Don Antonio Galea, que también era filatélico, era una persona de carácter afable, muy hablador y, sabiendo las aficiones de cada cual, le recomendaba la compra de libros que pudieran interesarle. Así un día, en el piso alto, se descubrió un resto de la primera edición de Arte y artistas flamencos de Fernando el de Triana. Eran treinta ejemplares y me los ofreció a una peseta cada uno, así que se los compré todos. Venían intonsos, de forma que abrí con la plegadera uno de ellos y pude ver el interés que tenía. La mayoría de las fotografías procedían, según el Conde de Colombí, de su archivo. El prólogo era de Tomás Borrás.

 

 

 

Don Antonio me hizo un paquete con todos los ejemplares y comencé el reparto de ellos, a las personas que yo entendía pudiera interesarles. Recuerdo que los dos primeros ejemplares fueron para Antonio Mairena y para Ricardo Molina, a quien yo todavía no conocía, pero Antonio me pidió uno para él. Los siguientes los destiné a José Luis S. Rodríguez, a Aurelio Sellé, a Agustín el Melu, a Paco Navarro, a Anzonini, a José Luis Tejada, a Juan Antonio Campuzano de Hoyos, a Tío Parrilla, a Miguel El Bengala… Así hasta terminar con los treinta. Pero me quedé con dos, que conservo. De esta forma pude conocer, por primera vez, los retratos de Tomás El Nitri, con su Llave de Oro del Cante, a Antonia La Coquinera, o a Luisa la del Puerto… Y a muchísimos más.

 

En aquella época se acercaba a la librería un individuo un tanto raro, del que se decía que era hijo de un título de Sevilla y la oveja negra de su familia, para vender, de cuando en cuando, una hoja de álbum de sellos. Se comentaba que todo se lo gastaba en las casas de trato en la Alameda. Así decían que había comenzado de filatélico y terminaría de sifilítico.

 

«Mi padre, como buen aficionado a los libros, no me escatimaba nada para que yo comprara aquello que fuera de mi interés –y del suyo–, así que me hice de la primera edición de Escenas Andaluzas de Estébanez, que acababa de llegar a la librería un ejemplar que le llevó el anticuario Antonio Plata»

 

Mi padre, como buen aficionado a los libros, no me escatimaba nada para que yo comprara aquello que fuera de mi interés –y del suyo–, así que me hice de la primera edición de Escenas Andaluzas de Estébanez, que acababa de llegar a la librería un ejemplar que le llevó a don Antonio el anticuario Antonio Plata; o La tierra de María Santísima, de Benito Más y Prat, con ilustraciones de José García Ramos; o algunos  números sueltos de la Revista de Folk-lore Andaluz; o el Viaje por España del Barón Charles Davillier con ilustraciones de Gustavo Doré; o algunos libros, del siglo XVIII, con pie de imprenta de El Puerto, casi todos del impresor don Luis Luque Leyva; o la primera edición de la Constitución de Cádiz de 1812 que, aunque con la encuadernación muy deteriorada, me reencuadernó don José Galván (padre) en Cádiz; o Gitanos de la Bética de José Carlos de Luna… La verdad es que don Antonio Galea se desvivía por tener para cada uno aquello que pudiera ser de su interés y, cuando yo llegaba a la librería, me tenía preparado un lote, en el que yo escogía, consultaba con mi padre, por teléfono desde la misma librería, a cobro revertido, y acordábamos el dinero que iba a mandarme.

 

Todas las Navidades, don Antonio nos obsequiaba a los clientes y amigos con un ejemplar de la colección Crisolín de Aguilar.

 

Placa de la Hermandad del Baratillo en tributo a la tertulia Noches del Baratillo, de Florencio Quintero.

 

En Sevilla, en esos años, había tertulias en todas partes. La poetisa Eva Cervantes mantenía una en la que daba té con pastas a cambio de oír recitar poemas a unos y a otros asistentes. Florencio Quintero llevaba las llamadas Noches del Baratillo, también poéticas. En una ocasión, Florencio Quintero organizó un acto en uno de los kioscos de cristal de la Alameda. Se trataba de una conferencia sobre flamenco ilustrada por Platerito de Alcalá. El conferenciante, de cuyo nombre no me acuerdo, comenzó con las palabras “Yo no soy orador y seré breve”. Pues bien, en lo de orador estuvo en lo cierto, pero en lo de breve  nos equivocó, porque si no me voy a las dos horas de charla tediosa, presumo que nos hubieran dado las claras del día y no hubiera acabado. En la Librería de Lorenzo Blanco había una tertulia en la que se reunían los catedráticos de Derecho: don Manuel Giménez Fernández, don Ramón Carande, entre otros. En La Punta del Diamante, don Santiago Montoto mantenía su tertulia, a la que asistía Antonio Burgos y, en los últimos tiempos, Daniel Pineda Novo.

 

 

En The Sport, que dicho en cristiano era “Elespó”, de Manolito Guillén, cuyo padre era de El Puerto, había una edificante tertulia fija en la que paraban don Fernando de la Cámara, Diego Puerta, Almensilla, Luis Fuentes Bejarano, Andrés Martínez de León, don Eloy Domínguez Rodiño… y en la que no podían entrar las señoras. El 20 de marzo de 1977 me tocó levantar acta de su cierre, a petición de Manolito Guillén, porque no había manera de que los últimos contertulios –Francisco Lena Pacheco, Eloy Gallego Ramos, J.J. Romero, Antonio García Carranza, Joaquín Varela y Luis Fuentes Bejarano– lo abandonaran. “Mira, tú que eres abogado, levanta acta y que se vayan todos”, me dijo, y así lo hice. Luego se trasladaron a Lo de Brageli, frente al lateral de la Iglesia de San Buenaventura, hasta que se disolvieron definitivamente. El cazatalentos José Brageli, dueño de aquel bar, estaba casado con la bailaora Eloísa Albéniz, que fue profesora, entre otras, de Matilde Coral.

 

Y en el Bar Pinto, en la Campana, estaba el santo lugar flamenco que comencé a frecuentar desde 1959.

Imagen superior:  Tertulia en el bar The Sport (Sevilla), de Manolito Guillén.

 

 

→ Ver aquí todas las entregas de Fe debida: memorias flamencas del investigador portuense Luis Suárez Ávila.

 

 

Acta de cierre de The Sport, conocido como «Elespó», tertulia de Manolito Guillén.

 

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Luis Suárez Ávila (El Puerto de Santa María, Cádiz, 1944) es posiblemente el decano de los investigadores flamencos. Máxima autoridad mundial en el Romancero, es abogado y desde muy joven sintió la llamada del cante más puro.

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