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Reinventarse o no ser: esa es la cuestión

Ser flamenco es otra cosa. Y por eso hay que creer de manera ferviente en nuestra taumatúrgica capacidad de sobreponernos a cualquier realidad que quiera tambalearnos. Si algo he aprendido durante estos largos meses de incertidumbre es que hay que bailar, bailar y bailar. Aunque el miedo apriete. Pero también cuando la felicidad nos envuelva.

Los artistas caminan cada día sobre una cuerda floja compuesta de retales de la ilusión efímera de comenzar un nuevo proyecto. Efímera porque acecha de manera constante el miedo a no poder sacarlo adelante por la consecuente incertidumbre de las circunstancias actuales.

Todos los que se han nutrido durante toda su vida de la magia de los escenarios viven en una continua crisis emocional. Así lo afirmaba la bailaora María Moreno en una entrevista realizada por mi compañero Juan Garrido. Decía que en los tiempos que corren, subirse a un escenario es una cita emocionante y una oportunidad de oro. Pero hasta hace escasos meses era algo muy habitual que formaba parte de la cotidianidad de los artistas.

 

«Bailar delante del espejo forma parte del día a día, eso es inapelable. Pero el vacío que se siente al darse cuenta de que pasa el tiempo y nadie se emociona, nadie grita, nadie aplaude»

 

Es frustrante. Frustrante y difícil vivir un episodio de la historia en el que por unos instantes se tiene la sensación de que el compás se ha quedado mudo. Por eso la reinvención es una de las armas más poderosas que posee una persona que se dedica al espectáculo. Reinvención que en este singular trance ha pasado por varias fases. Algunas más luctuosas y otras más esperanzadoras. Y me incluyo en estos peculiares ciclos. Creo que es significativo destacar el momento en el que nos hemos enfrentado al espejo y hemos bailado de una forma introspectiva con la finalidad de analizarnos sin prisas y sin el ritmo frenético que formaba parte del día a día. Pues parece una labor sencilla. Pero no lo es. Se trata de un importante desnudo emocional en el que intentamos llegar a conclusiones como quiénes somos, quiénes pretendemos ser y a dónde queremos llegar.

Yo estoy segura de que la naturaleza, que es sabia, ha puesto esta gran roca en mitad del curso de nuestro río para que aprendamos a sortearla y a encarar una vez más las dificultades del momento. Pensemos entonces que, después de siglos de conflagración, ¿qué pueden venir a mostrarnos ya? ¿Qué dificultad pueden poner delante a un artista que no haya tenido que sortear? Ninguna. Porque si de algo sabemos los que vivimos de cerca esta ocupación es de fatigas, obstáculos e incertidumbre. De darnos a elegir entre sentir una explosión de auténtica vehemencia durante quince minutos o tener una estabilidad que no nos concede la oportunidad de vibrar de la misma forma. Entonces nos quedamos sin pensarlo con el fugaz estallido de la exaltación. De optar por el dolor en la punta de cada dedo antes que vivir sin heridas de guerra en todo el cuerpo.

 

«La naturaleza, que es sabia, ha puesto esta gran roca en mitad del curso de nuestro río para que aprendamos a sortearla y a encarar una vez más las dificultades del momento»

 

Concluyendo un poco esta reflexión, considero ineludible ponderar qué significa la atenta mirada del público sobre nosotros. Qué suponen los aplausos resonando entrelazados con nuestra emoción. Yo me he dado cuenta de que lo necesito mucho más de lo que siempre creí. Bailar delante del espejo forma parte del día a día, eso es inapelable. Pero el vacío que se siente al darse cuenta de que pasa el tiempo y nadie se emociona, nadie grita, nadie aplaude. La falta de todos estos integrantes que forman parte del espectáculo es una compleja coyuntura a la que nos hemos tenido que enfrentar durante muchos meses. Y todavía hoy es una situación a la que seguimos haciendo frente. Por tanto, concibo este intervalo como un buen momento para pensar si hasta ahora, cuando nos ha tocado mantener un intrínseco vínculo emocional con cualquiera de los proscenios que nos invitan a soñar por un momento, hemos agradecido con sinceridad y a través de nuestras funciones el apoyo y la presencia de los espectadores más fieles.

Ser flamenco es otra cosa. Y por eso hay que creer de manera ferviente en nuestra taumatúrgica capacidad de sobreponernos a cualquier realidad que quiera tambalearnos. Si algo he aprendido durante estos largos meses de incertidumbre es que hay que bailar, bailar y bailar. Aunque el miedo apriete. Pero también cuando la felicidad nos envuelva.

Imagen superior: María Moreno – Foto de Susana Girón

 

 

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Bailaora madrileña. Graduada en Comunicación Audiovisual por la Univ. Rey Juan Carlos. En Amor de Dios, Casa Patas y Cristina Heeren desarrolló su gusto por la danza y el flamenco. «No somos atletas. Estamos empezando a cometer el triste error de ofrecer al público una confección enlazada de complejos zapateados a una velocidad desorbitada sin la modulación propia de la música que estamos adornando y que nos adorna».

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