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Otra Bienal es posible

La Peña Flamenca Torres Macarena (Sevilla), con medio siglo de antigüedad, emite un duro comunicado en el que lamenta que «la Bienal de Flamenco ha perdido ambición, ha dejado de ser faro de referencia, y parece gobernada por la mediocridad de unos responsables que se conforman con su mera celebración sin otro objetivo que sumar cada dos años una Bienal más».

Peña Torres Macarena, Sevilla

En el debate sobre la Bienal de Flamenco de Sevilla celebrado el domingo 11 de octubre en el patio de la Peña Torres Macarena (Sevilla), curiosamente el mismo lugar donde se llevaron a cabo las reuniones previas que dieron lugar al nacimiento de este certamen hace cuarenta años, los aficionados presentes concluyeron hacer una carta abierta al Ayuntamiento de Sevilla con sus conclusiones para dar la opinión de los aficionados alzando al voz para analizar la Bienal 2020 y mostrar su su preocupación por el futuro de la misma. La Junta Directiva de la Peña Torres Macarena hace suyas estas reflexiones y se compromete a hacerlas llegar a nuestras autoridades para que sean tenidas en cuenta.

 

«Acaba de terminar la Bienal 2020 y es hora de hacer balance. Lo ha hecho tanto la crítica como el Ayuntamiento. También nosotros como aficionados queremos alzar nuestra voz, verbalizar nuestra reflexión y nuestra preocupación por este certamen que nació hace ahora 40 años impulsado precisamente por aficionados que hacían latir sus corazones al compás en el seno de las peñas flamencas de Sevilla.

La primera palabra que tenemos que pronunciar es satisfacción por el hecho mismo de haberse celebrado en un contexto como este. En plena pandemia se han celebrado 50 espectáculos, con llenos en la mayoría, cumpliendo todas las medidas de seguridad y sin ningún incidente sanitario. Un consuelo para un sector herido de muerte porque, como recordaba hace unos días el responsable de la confederación de peñas, en Andalucía la pandemia había supuesto la suspensión de 1.500 actividades y más de 3.000 contratos nada menos. Por tanto, la primera palabra al analizar la Bienal ha de ser satisfacción por el mismo hecho de haberse celebrado.

En segundo lugar hay que destacar que esta Bienal ha servido a algunos artistas para reivindicarse. Aunque evaluar los éxitos es entrar en lo subjetivo parece que, aunque la Bienal solo ha programado diez espectáculos de cante y muy pocos de toque entre una inmensa mayoría de baile, han brillado los nombres de Pedro el Granaíno y El Pele, así como los de Riqueni, junto a los jóvenes Dani de Morón y Manuel de la Luz. Todos ellos acompañan a Farruquito y Canales en el baile, entre otros, como artistas que han aprovechado su presencia en la Bienal para subrayar su papel como protagonistas de lo jondo.

 

«Hay que refundar la Bienal cuarenta años después. Es necesario diseñar un proyecto nuevo, ambicioso e ilusionante en el que quepan todos. Otra Bienal es posible, para construirla ya vamos tarde»

 

La Bienal, pues, se ha celebrado sin problemas y ha habido algunos éxitos. ¿Quiere eso decir que la Bienal ha cumplido sus objetivos? Para responder esa pregunta: por qué y para qué surgió la Bienal. Por qué y para qué un grupo de personas procedentes de las peñas flamencas se unió con José Luis Ortiz Nuevo para impulsar esto que llamamos Bienal de Flamenco de Sevilla. Y la primera respuesta es que la Bienal nació para poner en valor la cultura flamenca, para demostrar que el flamenco es una seña de identidad viva en todos nosotros y que hay que preservar. También para acercar a los profanos al hecho flamenco, para que huelan el flamenco de verdad los jóvenes y los ciudadanos que viven en los barrios y explicarles lo grande y lo creadora que puede ser esa música que hemos creado los andaluces. También para generar afición, cómo no. Para dar la oportunidad de acercarse al flamenco al público no habitual en los teatros ni en las peñas. La gente que va a esos lugares puede encontrarse con el flamenco en cualquier momento del año, pero había que hacer un esfuerzo por acercar también al público ocasional a la autenticidad, a la grandeza del hecho flamenco. Y por último, pero no menos importante, para subrayar el papel de Sevilla en el flamenco y en el mundo como urbe activa y creadora. Creemos sinceramente que pocos de esos objetivos se vienen cubriendo en las últimas bienales. Sevilla es inmune e impermeable al hecho de la celebración de la Bienal. Muchos de sus ciudadanos ni siquiera se enteran de su celebración. Muchos festivales –no hay que dar nombres– nos dan sopas con onda en comunicación y notoriedad, abren telediarios, son vividos por su ciudad… Sevilla lamentablemente ha perdido esa chispa hace tiempo.

Una Bienal realizada en el contexto actual podía haber sido aprovechada para desparramar por toda la ciudad el hecho flamenco, pero se ha preferido recluirla únicamente en grandes escenarios y se ha olvidado lamentablemente a las peñas, los tablaos, las academias de baile, al flamenco de base en definitiva, amenazado y herido de muerte además ante la crisis provocada por la pandemia.

Otro capítulo a lamentar es el de las ausencias. En todas las bienales ha habido ausencias, es natural, pero en esta han sido clamorosas. Han faltado viejos maestros: Tomasa, Pansequito, Rancapino, Aurora Vargas, Carmen Linares, Milagros Mengíbar… Veteranos que la podían haber aderezado y a los que siempre es un gusto escuchar: Juan Villar, Carrete, la Cañeta, Pepe Habichuela… Artistas en plenitud de condiciones que la podían haber enriquecido: Vicente Amigo, Arcángel, Marina Heredia, María Pagés, Sara Baras, Joaquín Grilo, Jesús Méndez, Antonio Reyes… Pero sobre todo han faltado jóvenes que apuntan y destacan, a los que hay que dar una oportunidad de dar un salto y obligarlos a admitir un gran reto: Israel Fernández, Miguel Lavi, Iván Carpio, Manuel de la Tomasa

 

«La Bienal se ha recluido en grandes escenarios y se ha olvidado a las peñas, los tablaos, las academias de baile, al flamenco de base en definitiva, amenazado y herido de muerte ante la crisis provocada por la pandemia»

 

La conclusión es que la Bienal no solo tiene una programación manifiestamente mejorable y se conforma con “sostenella y no enmendalla”, recluyéndose en los teatros, un modelo que apenas sirve de promoción turística de otoño en tiempos de no pandemia, sino –lo que es peor– la Bienal ha perdido ambición, ha dejado de ser faro de referencia, parece gobernada por el conformismo y la mediocridad de unos responsables que se conforman con su mera celebración sin otro objetivo que sumar cada dos años una Bienal más. Cada veinte meses en Sevilla nos acordamos de la Bienal y programamos dos meses para caer después en veinte meses más de olvido. Y así… Pues así no podemos seguir.

Así las cosas, el diagnóstico es que los responsables últimos de la Bienal, los políticos del signo que sean, son gente que no aman el flamenco ni les preocupa lo flamenco. Gente que pone a sus amigos a gestionar y que tiene miedo a la innovación y al cambio de modelo. Gente a la que no le preocupa la falta de ideas, de rumbo y de objetivos de las últimas bienales. Gente que se conforma con mantener la inercia sin darse cuenta de que la bicicleta se ha parado.

La pregunta es ¿qué hacer? Lo primero, en condiciones normales, sería planificar una Bienal cuyo objetivo no fuera celebrar espectáculos en teatros, sino lograr que la ciudad vibre al compás del flamenco. Es una realidad que la Bienal ha dejado de ser un festival popular y participativo, centrarla en los teatros y con precios al nivel económico de la clase media y los turistas es hacerla a espaldas de un buen número de sevillanos. La mayoría de los espectáculos se compran por Internet, un buen número desde fuera, quedando fuera del acceso de una buena parte de la ciudad.

 

«Cada veinte meses en Sevilla nos acordamos de la Bienal y programamos dos meses para caer después en veinte meses más de olvido. Y así… Pues así no podemos seguir.»

 

En segundo lugar, no olvidar que el cante no es un peaje a pagar en la programación, sino el manantial del que brota la fuente de lo jondo, que hay que preservar, enseñar y mostrar en toda su grandeza. La Bienal tiene que servir para mostrar el cante como la esencia de lo jondo en toda su dimensión. Y otro tanto cabe decir de la guitarra.

En tercer lugar, hay que resolver el divorcio existente entre las peñas y los programadores de la Bienal, como ya denunció el querido Manuel Herrera Rodas en el pregón de la Bienal de este año. Las peñas, los barrios, los tablaos, las academias tienen que participar del magma flamenco de la Bienal. Nos atrevemos a decir que esa lluvia fina que supone el flamenco de base debe suponer el 50 por ciento de la Bienal para lograr que la ciudad respire flamenco durante la Bienal y fuera de la Bienal. En ese sentido, hay que recordar que otras actividades que organiza el Ayuntamiento, como Circada o el Festival de Danza de Sevilla, tienen programación de espectáculos abiertos a todos en espacios públicos paralelos a los espectáculos en teatros, de manera que el común de los ciudadanos pueda disfrutar y sentir esos festivales y se acerquen a su mensaje aunque carezcan de recursos económicos.

En cuarto lugar, la Bienal tiene que conseguir que a los artistas les ilusione venir a la Bienal, que no lo vean como un bolo más. No se pueden traer propuestas por tercera vez vistas en la ciudad o permitir espectáculos hechos de retales de espectáculos anteriores. Los estrenos deben ser la norma, y para ello hay que intentar un circuito posterior que dé continuidad a esos espectáculos. En Andalucía existe una enorme red de teatros públicos que pueden dar continuidad a esos programas. Para ello es necesario contar con la colaboración y la suma de todas las administraciones y hay que implicar a la Junta, la Diputación Provincial, la Federación Andaluza de Municipios y Provincias… A todos.

 

«El cante no es un peaje a pagar en la programación, sino el manantial del que brota la fuente de lo jondo, que hay que preservar, enseñar y mostrar en toda su grandeza. La Bienal tiene que mostrar el cante como la esencia de lo jondo en toda su dimensión»

 

Hay que refundar la Bienal cuarenta años después. Es necesario diseñar un proyecto nuevo, ambicioso e ilusionante en el que quepan todos. Puede que la figura sea un consorcio donde se sumen las fuerzas de todas las instituciones públicas con la de las peñas y la de las empresas patrocinadoras para diseñar un plan que dibuje la próxima Bienal. Este ente tendría que ser independiente, estar libre de interferencias para gestionar y aplicar el presupuesto. Por supuesto, debería rendir cuentas y tener la transparencia como norma, algo que tanto echamos de menos en la actual Bienal en la que no se ofrecen las cifras globales de recaudación, ni el número exacto de espectadores. No digamos ya la desagregación por cada espectáculo. Y así no podemos seguir. Otra Bienal es posible, para construirla ya vamos tarde».

 

Peña Flamenca Torres Macarena

 

 

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