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Duende y raza: confesiones de una flamenca extranjera

¿Con qué autoridad puedo afirmar que cualquier persona, de cualquier etnia y de cualquier parte del mundo, puede sentir el duende dentro de sí mismo y puede ser capaz de expresar el flamenco más jondo y profundo? En el exterior también se siente el flamenco como forma de vida y parte integral de su ser.

Hace algunos días, el conocido cantaor Manuel Moreno Maya El Pele declaraba en una entrevista para este portal que “los duendes no existen, lo que importa es la emotividad, el ánimo del que canta, el que toca y el que baila”. Es un tema que a menudo sale a relucir en la comunidad flamenca. ¿Eso del duende es puro mito, algo inventado para darle al flamenco un aire misterioso y esotérico? ¿Es el duende sencillamente una idea concebida por campesinos ignorantes, incapaces de definir y entender estados anímicos que algún psicólogo moderno entendería como un sencillo éxtasis o gran emoción al cantar, probablemente exacerbado por la ingestión de vino peleón hasta la madrugada? El principal problema para responder a esas preguntas es definir duende, ya que cada persona tiene su manera particular de entender ese concepto. El Pele naturalmente considera que el duende no es más que el “ánimo del que canta”. Sin pretender que mi opinión tenga el mismo peso de un cantaor de gran éxito y larga trayectoria como El Pele, algo me impulsa a escribir sobre mi experiencia sobre este tema tan central de la mitología flamenca.

Nací en Latinoamérica. Mis apellidos de soltera y los de mis abuelos, hasta donde sé, son todos españoles. Son apellidos comunes, e ignoro de qué parte de España son mis ancestros, aunque es un hecho que gran parte de los que vinieron de España a Latinoamérica fueron andaluces. No lo sé, quizás tengo algo de sangre gitana en mis venas, quizás no. Lo que sí es cierto es que no puedo decir que he mamado flamenco desde que nací, como ocurre con la gran mayoría de artistas flamencos, de renombre o no. No hay músicos en mi familia, y el poco flamenco que escuché en mi infancia y en mi adolescencia fue a través de alguna vieja película mexicana o española con Lola Flores o algún otro flamenco que se adentrara al mundo del cine. A los 17 años, el flamenco no era parte de mi vida, pues no lo conocía más allá de los tópicos diluidos que, con pocas excepciones, era lo que se veía fuera de Andalucía y de España. Y fue a los 17 años que me entró el duende flamenco. ¿Dónde? ¿Cómo? Pues nada más y nada menos que cantando en la ducha.

Aunque, como dije, mi familia no era familia de músicos, desde pequeña me inclinaba siempre al arte. A la música y a la danza en particular. A los 13 años estaba en clases de danza contemporánea, y mi maestra quería llevarme a Cuba para una formación más completa pues, según ella, tenía gran potencial. Mi madre naturalmente se opuso con vehemencia, pues en su mundo eso de música y arte era solo perder de tiempo, además de que ella no consideraba ser artista como algo precisamente respetable o de gente seria. Yo también cantaba, cuando me antojaba, viejos boleros y rancheras, que era lo que escuchábamos en la radio y en la televisión en aquel tiempo. Pero hay un momento que recuerdo con claridad, a pesar de que han pasado muchas décadas desde aquello. Fue ese momento a los 17 años cuando, en la ducha, de la nada, sentí como si algo entrara en mi alma que me impulsó a cantar ayeos. Ayeos que mucho después reconocí como ayeos flamencos, aunque en ese instante me sonaban como árabes, quizás mi referencia musical más cercana al flamenco. Era una música, una melodía que salía de mi garganta como algo que jamás había escuchado. Sentía también que era algo mucho más allá del sonido, de la melodía, de los melismas. Sentí como si una semilla se hubiera plantado en mi alma, para siempre. Un trance musical que apenas me permitía escuchar los golpes de mi hermana en la puerta del baño, implorando “¡ya, cállate!”.

«Al leer que El Pele opinaba que los duendes no existen, sentí un impulso de afirmar lo contrario»

No fue sino muchos años después, luego de intrigarme por uno que otro destello flamenco en programas culturales de televisión, cuando tuve la oportunidad de acercarme al flamenco. Nada menos que en Canadá, donde la vida, en sus muchas vueltas, me había traído.  Fue en el Spanish Cultural Center de Vancouver donde aquella semilla plantada en mi alma décadas antes al fin retoñó. Empezando con baile de sevillanas y el taconeo flamenco más básico, me encontré adentrándome en cante para alumnas de baile flamenco, lo que fue el comienzo de mi larga y profunda obsesión con el arte jondo, que ya lleva más de veinte años.

Se preguntarán ustedes: “¿y qué puede saber esta de flamenco, aprendiendo sevillanas desde una escuelita en Canadá?”. Pues francamente no sé la respuesta. Lo que sí sé es que el destino quiso que conociera al guitarrista flamenco, muy flamenco, Gary Hayes, alias Gerardo Alcalá, oriundo de Nueva Orleans, Luisiana, quien tras vivir más de doce años en varios lugares de Andalucía, en los 70 y los 80, no solamente aprendió el toque más jondo de manos de Diego de Morón y otros, junto al clan Agujetas, sino que en su convivencia con las familias más gitanas absorbió la cultura jonda, entendiendo y sintiendo que no se trata solamente de un género musical, sino de una cultura, de una manera de vivir y de sentir. Fue Gerardo entonces quien nutrió mi afán obsesivo de conocer el flamenco. Y siento que fue precisamente el duende lo que nos acercó. Como comentó alguna vez Manuel Bohórquez en un artículo suyo, siento que no elegimos el flamenco, sino que es el flamenco quien nos elige.

Ah, pero ¿cómo puedo entender el flamenco, que no lo he mamado en Andalucía desde que nací? Pues escribo no tanto lo que pienso, sino lo que siento. Entiendo que hay muchos que opinan que el flamenco es propiedad exclusiva de gitanos andaluces, o al menos de gitanos españoles. Es un tema delicado porque va más allá del flamenco y abarca heridas que son producto de largos prejuicios sociales y del racismo más aberrante. La esencia gitana en el flamenco es incuestionable, al punto de que “flamenco” y “gitano” son casi sinónimos. Entonces, ¿cómo puedo atreverme a decir que el flamenco es global, universal? ¿Con qué autoridad puedo afirmar que cualquier persona, de cualquier etnia y de cualquier parte del mundo, puede sentir el duende dentro de su ser y puede ser capaz de expresar el flamenco más jondo y profundo? Pues francamente, con ninguna autoridad. Escribo lo que siento y lo que he sentido. Desde Canadá, he visto muchas personas que se consideran flamencas pero en realidad solo tienen un interés superficial por este arte, al que más bien explotan para exaltar su propio ego y sus ilusiones de grandeza artística. He visto esto no solo en el exterior, sino también en España, por parte de españoles. Sin embargo, en el exterior también hay muchos otros como Gary Hayes, quienes no solo sienten un amor y respeto inmensurable por el flamenco, sino que también lo tienen como su forma de vida y parte integral de su ser.

No busco controversias, no quiero discutir. Lo más fácil sería guardarme mis opiniones, quedarme callada y evitar conflictos. Pero la realidad es que al leer que El Pele opinaba que “los duendes no existen”, sentí un impulso de afirmar lo contrario. De contar mi experiencia, mi sentir. Para bien o para mal, siento que el duende me escogió, como ha escogido a muchos otros en todo el mundo, para contribuir a darle al flamenco el sitio y el respeto que se merece, en todos los rincones del planeta. O quizás solo esté un poco loca. Loca por el flamenco, sin lugar a dudas.

 

Jafelin Helten

 

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El conocimiento y la pasión. La jondura y la pena. El pellizco y la fiesta. Patrimonio Cultural de la Humanidad. Conectamos comunidades flamencas alrededor del mundo.

2 COMENTARIOS
  • Nono 28 marzo, 2019

    El famoso llamado “Duende”, como decía el Maestro Paco de Lucía, es una mentira de los flamencos, a lo que añadía que para él el “duende” era tocar 8 horas cada día. Y también Manuel Agujetas, decía que el duende era como les decían a los niños, que viene el coco o el hombre del saco. Cuando los escuché tuve la certeza de lo que representaba para mí el duende: Un momento de inspiración, debido a practicar cada día muchas horas con la guitara.

  • JUAN JOSE ACOSTA IGLESIA 3 abril, 2019

    Y quien no es cantaor/a,tocaor/a,bailaor/a, y no practica horas en las respectivas facetas del Flamenco, posiblemente porque no tenga cualidades para ello y nada más y nada menos se dedica a escuchar y ver en discos, vídeos y EN VIVO Y EN DIRECTO, ese/a no siente el duende.
    Pues sí, señores/as, yo soy uno de esos y siento el “duende” porque me emociono, porque me entra escalofrío agradable en mi interior, porque se me saltan las lagrimas (evidentemente no siempre me sucede todo eso, dependerá del interprete y de mi estado anímico).
    Eso es duende? Por qué no. Si Lorca lo definió así por qué alterarlo, queda bonito, queda mágico. Como la definición del flamenco como “jondo”.
    Así que, para mí, cuando existe emoción, “pellizco”, sensibilidad existe el duende porque viene de los adentros “jondo” del flamenco.
    He dichO…..

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