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Huelva y sus cantaores: semblanza de Antonio Toscano Toscano

Su afición y sus maneras cantaoras fueron el fiel reflejo de una voz valiente con sabor a bajamar, y también a pleamar, de una tierra donde se reivindica con nombre propio el amor al cante. Este es el legado de Antonio Toscano Toscano en el flamenco de Huelva.

Que se le ha perdío la llave
tú eres como el arca nueva
que se le ha perdío la llave.
Eres bonita por fuera
y por dentro nadie sabe
lo que tu persona encierra.

 

Cuando escucho cantar este fandango lo primero que se viene a la mente es Antonio Toscano. Su afición y sus maneras cantaoras. Fiel reflejo de una voz valiente con sabor a bajamar, y también a pleamar, de una tierra donde se reivindica con nombre propio el amor al cante.

 

Nacido en la calle San Sebastián de Huelva en 1936, no es posible cruzar los caminos reales del cante onubense en los últimos ochenta  años sin pararse en la figura de Antonio Toscano Toscano. No solo su voz, también su personalidad, sirvieron a la tierra que le vio nacer como motor y apuesta firme por el Flamenco fuera de sus ambientes cotidianos, transportándolos a otras tribunas y lugares donde divulgarlo, promoverlo y darle la condición merecida.

 

El solo hecho de mencionar el apellido Toscano ya denota flamenco.  Antonio comenzó trabajando de niño y adolescente en Talleres La Alemana, propiedad de su tío Antonio Toscano (anecdótica la coincidencia en nombre y apellidos). El tío Antonio pronto se dará cuenta de que la afición de sus hijos no se va a encuadrar especialmente en el flamenco y siendo él una persona “rumbosa y flamenca de las de antes” ve reflejado en su sobrino las cualidades innatas de cantaor y sobre todo de un enorme aficionado. Ni que decir tiene que no se equivocó.

 

La primera Huelva flamenca que conoció Antonio Toscano tenía “su cuartel general” en la antigua pescadería y en la calle Gran Capitán, conocida arteria de aquella Huelva de antaño donde el ambiente de “juerga y alterne” se daban cita. Allí, entre otros lugares, fue donde se batieron el cobre los cantaores del momento. Entre otros, Peque de la Isla, Antonio El Brujo, Miguel El Tomate (guitarrista y padre de Niño Miguel), siendo Antonio Melero Castilla El Muela, también conocido como Niño de Barbate, el que mayor influencia tendría en la generación nacida a partir de la década de 1930. El Muela fue un cantaor largo y de grandes conocimientos que se afincó en Huelva. Sus dotes de cante y embustes eran notables, mas su sabiduría cantaora contribuyó al aprendizaje de esa generación nacida después de la guerra. Toscano no fue menos empapándose de los cantes y maneras de El Muela, a quien años más tarde la Peña Flamenca de Huelva acogería y lo haría miembro de honor de la entidad.

 

 

«Fueron descritos como fandangos de Huelva al estilo de Antonio Toscano Toscano. Él siempre negó un estilo propio, pero la manera interpretativa y la personalidad es tan singular que no pueden cantarse esos fandangos sin que la boca sepa a Toscano»

 

 

Antonio Toscano también conocerá a Paco Maestre, cantaor onubense del Barrio de Viaplana, de quien tomará los cantes de Rengel y que con el tiempo dará su propia impronta y personalidad. Antonio participará en los concursos de fandangos de Radio Nacional de España en Huelva, con aficionados y cantaores de la talla de José Sanz Urbano, Eufrasio Domínguez, El Moreno de Paymogo, Paco Toronjo, Paco El Caena y otras jóvenes como Manolita Sánchez La Niña de Huelva.

 

Antonio sienta sus bases cantaoras en la ortodoxia. Su cante y sus formas provienen de su desmedida afición y pasión por el Arte Flamenco en mayúsculas. Ningún aditivo más allá del que la propia tradición ha traído hasta sus días. Sin ser “un mairenista al uso”, encuentra en el maestro de los Alcores una fuente inagotable en la que mirarse y en la de disfrutar de su cante.

 

 

 

 

Llegada la década de 1970, comienzan los primeros movimientos por aglutinar a los aficionados de Huelva en torno a las emergentes Peñas Flamencas. Antonio será parte importantísima y pilar fundamental para la constitución de la primera peña flamenca de la provincia onubense. La Peña Flamenca de Huelva no puede entenderse sin la participación y personalidad de Antonio Toscano Toscano. Es más, hacer mención a Antonio es retrotraernos a esa fábrica de flamenco y flamencos de Huelva que fue y es la peña que lleva por bandera el nombre de la ciudad. Pocos años después de su constitución se convierte en presidente de dicha entidad y bajo su presidencia se acometen quizás los mayores logros culturales y de divulgación. Su incansable labor y trabajo en pro de la peña flamenca en particular y del flamenco en general, siempre acompañado del trabajo de otros socios, llevó a la entidad a contar con una amplia masa social, así como con cuadros de cante, toque y baile de primer nivel con el que recorrieron gran parte de la geografía española e incluso tuvieron audiencia con el papa Pablo VI. Destacable es su contribución para contar con profesores como Manolo Marín, Rafael El Negro, Matilde Coral o cantaores de atrás como Antonio Saavedra y Chano Lobato, así como jóvenes guitarras del momento tales como Juan Carlos Romero o Manolo Franco.

 

Antonio, como no podía ser de otra manera, formó parte del cuadro de cante de la Peña Flamenca de Huelva, con quien graba tres discos a finales de los años 70. Uno de ellos la Misa Flamenca dirigida por el canónigo y flamencólogo José María Roldán y dos de estilos de fandangos de Huelva. Estos últimos sin duda pieza clave de estudio en las generaciones venideras y en la articulación de las diferentes variantes locales y personales del cante onubense. Nadie puede negar la impronta absoluta que Antonio imprimió en ambos trabajos discográficos a los cantes de Antonio Rengel, Pepe Rebollo, Pérez de Guzmán y Manuel Mora Muñoz El Comía. Nada fue igual a partir de ese momento. Incluso me atrevería a decir que corrían peligro de verse enormemente distorsionados y su recuperación se debe al trabajo divulgado por la entidad flamenca onubense. No obstante, Antonio aporta dos fandangos en el segundo de los discos –Que se le ha perdío la llave y La carita le tapé– atribuidos a Antonio Rengel y es tal la capacidad de personalización que les da que fueron descritos como fandangos de Huelva al estilo de Antonio Toscano Toscano. Él siempre negó que tuviera un estilo propio, si bien no puede negarse que la manera interpretativa y la personalidad es tan singular que no pueden cantarse esos fandangos sin que la boca sepa a Toscano.

 

 

«Su hija Isabel recuerda cuando apareció Camarón y Antonio le dijo: ‘Entra, José, que aquí vas a aprender a cantá por Huelva’. El genio de San Fernando formó parte aquella noche de la hoguera flamenca, y al marchar dijo bromeando: ‘Eah, me voy, que ya he aprendido todo lo que podía’»

 

 

Su cante, santo y seña de esta zona cantaora, lo lleva a participar en 1995 en el largometraje Flamenco, dirigido por Carlos Saura, junto a Paco Toronjo.

 

Y no podía…
una noche tormentosa
quise dormir y no podía
soñé que estabas con otro
y hasta la almohá mordía
por poco me vuelvo loco.

 

Este cante de Rengel con la inconfundible garra y maneras  de Toscano lidera la mesa de flamencos de Huelva con las guitarras de Juan Carlos Romero y José Antonio Rodríguez, sirviendo de acto introductorio a la voz de Paco Toronjo en esa misma escena.

 

Hoy, sentado junto a su hija Isabel y su yerno Lorenzo, hemos recordado momentos de su vida y su quehacer por y para el Flamenco, y asimismo para el Rocío. Porque Antonio Toscano no solo fue un flamenco sin condiciones, también fue rociero. Amó a la Señora de la Rocina y a las arenas que llevan hasta ella. Durante años su familia y él, junto a su reunión de amigos en torno a la Peña Blanca Paloma, dejaron por algunos días su quehacer diario para disfrutar de las del camino rociero y de la festividad de Pentecostés, que por estas geografías lleva nombre de Rocío. De algunos momentos de duende de aquella casa rociera fui testigo, aunque a temprana edad, pero son esos los recuerdos que más grabados quedan en la mente para siempre. Hacía memoria Isabel de cuando apareció Camarón, y Antonio le invitó a pasar diciéndole en tono jocoso y ante la admiración que le profesaba y la sorpresa por su visita: «Entra, José, que aquí vas a aprender a cantá por Huelva». Ni que decir tiene que el genio de la Isla de San Fernando formó parte aquella noche de la hoguera flamenca de la casa de Antonio, y después de participar con su voz en la citada reunión marchó diciendo, también bromeando: «Eah, me voy, que ya he aprendido todo lo que podía».

 

En mi corazón hizo un nío.
Blanca Paloma voló
Y en mi corazón hizo un nío.
A mis hijos yo enseñé.
Todos vienen al Rocío.
Mis nietos vienen también.

 

Este fandango resume la vinculación de la Familia Toscano con las Marismas, e incluso el amor por una tierra a la que siempre llevó por bandera. Porque Huelva, aunque flamenca hasta la médula, no puede considerarse como lugar flamenco con preminencia de las familias como hilo conductor del mismo. Una de esas excepciones es la familia Toscano. Antonio dejó una herencia importante en sus tres hijos: Isabel, Pepe y Marisol. Isabel es bailaora y profesora de baile. Dirige desde hace varias décadas una de las academias con más prestigio en Huelva, si bien su flamencura va más allá, atreviéndose con el cante y con la guitarra. Casada con Lorenzo Romero Monís, quien comenzó como guitarrista, hermano del maestro de la guitarra onubense Juan Carlos Romero, e hijo de Lorenzo Romero, otro grandísimo aficionado de nuestra capital. Con ambos da gusto charlar y dialogar de Flamenco y de historiografía del cante. Víctor Romero Toscano, hijo de Isabel y Lorenzo, además de un grandísimo artista plástico, atesora el cante de Huelva en su garganta siendo fiel reflejo del cante de su abuelo Antonio. Hablar de Marisol es hacerlo de una mujer cantaora. Flamenca con mayúsculas. Recuerdo hace unos años cuando después de algún tiempo volví a escucharla. Fue en el Gran Teatro, cantando al baile de las alumnas de la Academia de Isabel Toscano, y al baile de su hermana. Me retrotrajo a tiempos donde yo era un pequeño que se embobaba mirando al escenario de la Peña Flamenca de Huelva, en su sede de Adoratrices.   Quizás Pepe sea quien menos se prodiga en estas lides flamencas pero que, cómo no, atesora igualmente el legado de su padre.

 

Antonio Toscano Toscano vivió sus últimos años algo apartado de las reuniones flamencos. La pérdida de Pepi Hermosín, su esposa, lo desvinculó de ello. Si bien hasta el último momento nunca faltó en su mente un cante por Huelva o una letra por soleá:

 

Esto que a mí me está pasando
se lo contaré a la tierra
cuando me estén enterrando.

 

Lo que nunca será capaz Antonio es que nos olvidemos de su cante y de sus maneras cantaoras. De su quehacer y de su legado en el flamenco de Huelva. Porque fueron como la definición que Antonio Mairena dio al cante puro: «Con sabor a paisaje».

 

Imagen superior: Antonio Toscano Toscano, en una escena de la película Flamenco, de Carlos Saura.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Jesús Naranjo

 

 

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