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Japón, el flamenco del sol naciente (2)

La impresionante afición de los japoneses por el flamenco no ha sido de un día para otro.

Y dime, esto cómo crees que fue. No crecería la flor del flamenco de un día para otro. Te vas a la cama el miércoles por la noche en un Tokyo yermo, como virgen inocente e ignorante de la inmensa realidad flamenca. Y te levantas el jueves, descorres tus blancas cortinas japonesas y, oh, my God, ahí está el Jardín de Venus, con cientos de aficionados locales buscando la flor que amaban, intentando emular por malagueñas a Manuel Torres o a don Antonio Chacón.

No, no fue así, me temo. Pero sí que podemos rastrear una serie de hitos históricos que influyeron decisivamente en el nacimiento de una afición, o una apetencia más bien, por lo flamenco. Hace falta recordar que el baile y la guitarra siempre han servido de arietes del cante a la hora de traspasar las fronteras españolas. Cuentan con las ventajas del compás, de lo visual y del lenguaje universal de la música. No encuentran murallitas lingüísticas ni culturales más allá de las Puertas de Tierra. El cante para escuchar, cuando cala, si es que lo hace, suele hacerlo en un momento posterior.

 

«Cifras recientes hablan de sesenta mil estudiantes repartidos entre seiscientas cincuenta academias en todo el país. Solo en Tokyo ya hay más academias que en España entera»

 

La Argentina y Pilar López

La primera vez que una compañía de baile español llega a tierras niponas ocurre en enero de 1929, de la mano de Antonia Mercé La Argentina. Y lo hace en Tokyo, inmersa en una gira internacional con motivo del reestreno de El Amor Brujo y Andalucía. Con ella van Pastora Imperio, Vicente Escudero y Miguel Molina. Entre el público, un joven bailarín de butō japonés recibe el dardo ciego de Cupido y queda para siempre enamorado del baile español. Se trata de Kazuo Ōno (1906 – 2010), gurú y maestro sin igual de aquel arte oriental. Casi cincuenta años más tarde, en 1977, Kazuo estrenó su obra Admiring La Argentina, en homenaje a la bailaora, y por la que fue galardonado con el premio de la crítica de Japón aquel año.

En España se viven los últimos años de la Edad de Oro del cante. Manuel Centeno, José Cepero, Juanito Mojama, el Niño Marchena o el Niño de Caracol triunfan en los escenarios. Y por encima de todos ellos, las consolidadas figuras de Manuel Vallejo y La Niña de los Peines, que siguen la estela de un recién desaparecido don Antonio Chacón y un genial Manuel Torres en el final de su carrera. Llegan a Japón los primeros discos de pizarra, aunque esto no trasciende de lo meramente anecdótico. Es la sonanta de Carlos Montoya (1903-1993) la que marca una muesca en el calendario de la afición nipona. En 1932, realiza una gira espectacular por todo el archipiélago. Los japoneses quedan fascinados por la guitarra flamenca. La semilla está echada.

Una guerra entre hermanos y dos bombas nucleares siembran de escombros las calles y los corazones a uno y otro lado del planeta. Habrá que esperar a la década de los sesenta para ver llegar a las primeras compañías flamencas. Pilar López, en 1959, lleva a Japón su impresionante gira mundial para enamorar para siempre a la que sería la mejor bailaora japonesa de todos los tiempos, Yoko Komatsubara. Queda la tierra abonada para que, en la década siguiente, Manolo Vargas, Rafael Romero El Gallina, Merche Esmeralda, Cristina Hoyos, El Güito, Paco de Lucía o Camarón de la Isla descubran el filón del imperio del sol naciente. A raíz de ahí surge una generación de músicos autóctonos, los primeros bailaores japoneses de talla internacional. Yasuko Nagamine,​ Masami Okada, Shoji Kojima o la ya citada Yoko Komatsubara, entre otros, no dudan en viajar a Andalucía para profundizar en su aprendizaje.

 

Antonio Gades, Los Tarantos y Carmen

Y qué me dices de Antonio Gades. No me puedes negar la importancia del bailaor alicantino en el enganche de la afición japonesa por el flamenco. Dos fechas de cine. En 1963 se estrena la película Los Tarantos, de Francisco Rovira-Beleta, protagonizada por Carmen Amaya y el propio Antonio. La cinta provoca una auténtica conmoción entre el público nipón, que comienza a viajar a España para conocer de primera mano esa manifestación única de arte. Y otra película, Carmen, estrenada en 1983 y dirigida por Carlos Saura. De nuevo Antonio Gades, acompañado de Cristina Hoyos, Pepa Flores y Laura del Sol. En febrero de 1984 obtuvo en Japón el premio a mejor película. A partir de aquí Antonio Gades y Japón viven un idilio sin fin. En 1989 el bailaor recorre el archipiélago con su compañía. Y lo mismo dos años más tarde.

 

«Mario Maya, Angelita Vargas, Matilde Coral o Manuela Carrasco consolidan el baile hasta hacer que los nipones consideren el flamenco como parte de su propia cultura»

 

Tanto amor por el flamenco no tardó en verse recompensado. En 1988 la Bienal de Flamenco de Sevilla invita a varios artistas japoneses. El cantaor Masanobu Takimoto El Cartero de Osaka acompaña en esa cita a las bailaoras Keiko Suzuki, Eiko Takahashi y Atsuko Kamata Ami, quien en 1995 sería la primera extranjera premiada en el Concurso Nacional de Córdoba. De los artistas españoles, raro es quien no viaja a Japón una o dos veces al año, si no más. Mario Maya, Angelita Vargas, Matilde Coral o Manuela Carrasco terminan de consolidar el baile hasta hacer que los nipones lleguen a considerar el flamenco como parte de su propia cultura. Y el cante se abre paso de la mano de Pansequito, Aurora Vargas, Rancapino, Esperanza Fernández, Remedios Amaya… Respecto a la guitarra, prácticamente todas las figuras del toque han pasado por allí, por lo que es inútil querer citar solo a algunos.

 

Segunda potencia mundial

Actualmente Japón es la segunda potencia mundial de flamenco, solo por detrás de España. Y quizá esté ya por delante en cuanto a producción se refiere. Cifras recientes hablan de sesenta mil estudiantes repartidos entre seiscientas cincuenta academias en todo el país. Solo en Tokyo ya hay más academias que en España entera. Para darnos una idea del alcance del interés de los japoneses por lo jondo, este ejemplo. En Japón hay dos federaciones nacionales de flamenco. Por un lado, la Asociación Nipona de Flamenco (ANIF), dirigida a todos aquellos aficionados que estén interesados en el desarrollo de este arte. Y, por otro, la Federación del Flamenco Universitario, fundada en 1995, y en la que están integradas más de diez universidades. Sus socios pagan una cuota anual para mantenerla. Y cada verano se alojan juntos en la ciudad turística de Tateyama para gozar del flamenco a todas horas.

 

Asociación Nipona de Flamenco. Foto: web ANIF

Asociación Nipona de Flamenco. Foto: web ANIF

 

Si tuvieras que resaltar una influencia entre todas las demás. El Instituto Cervantes de Tokyo, fundado en septiembre de 2007. El centro más grande que tiene el Instituto en el mundo. Forma parte del comité organizador del Concurso de Flamenco, creado en 2018 para conmemorar el 150 aniversario de las relaciones diplomáticas entre España y Japón. Los ganadores de las dos primeras ediciones fueron premiados con sendos viajes a España para actuar en el Tablao Los Gallos de Sevilla. También es responsable de las cuatro ediciones de la famosa Cumbre Flamenca de Japón, celebrada por primera vez en 2012.

Los artistas. A cuántos conoces. De los de ahora, de los buenos. Habrá que esperar a otro artículo.

 

«Pilar López lleva en 1959 a Japón su gira mundial para enamorar a la que sería la mejor bailaora japonesa de todos los tiempos, Yoko Komatsubara. Queda la tierra abonada»

 

Foto superior: Miwako Tada – FB Tablao Flamenco Japón

 

 

 

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Filólogo madrileño. Media vida en Sevilla. Centinela de las palabras. Lo jondo le acelera peligrosamente el corazón.

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