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Vicente Granados: un zamorano en Morón

Se trata de una historia curiosa y emocionante la de esta persona nacida en Villamayor de Campos, un pueblo de la comarca zamorana de Tierra de Campos, el día 3 de marzo de 1926.

Se trata de una historia curiosa y emocionante la de esta persona nacida en Villamayor de Campos, un pueblo de la comarca zamorana de Tierra de Campos, el día 3 de marzo de 1926. Desde muy joven demostró ser un muchacho inquieto, aficionado a la lectura, sobre todo a las novelas de El Coyote, novelas de ficción escritas por un español en la década de los cuarenta que causaron furor en aquella época y que influyeron en el joven lector para que naciera en él un espíritu aventurero. Y aunque su familia no pasó penurias económicas, su padre era herrero, oficio por entonces necesario, pronto despertó en su interior un fuerte deseo de aventura, fomentado por las lecturas y unas intensas ganas de salir del pueblo y probar suerte, siempre llevando en el punto de mira California y las legendarias aventuras de El Coyote, y con la firme idea de mejorar el tipo de vida que le esperaba si permanecía en el pueblo allá en Tierra de Campos, donde la miseria, como en otros muchos pueblos, empezaba a hacerse insoportable.

Tras un breve período teatral, pues se enrola en una compañía de teatro ambulante, y un paso fugaz por Madrid, es llamado a filas en 1946 con destino en la Marina, incorporándose en el Cuartel Naval de Cádiz, donde inicia su periodo militar y además comenzará a navegar en el buque hidrográfico Malaspina, de la Armada Española, que se dedicaba fundamentalmente a exploraciones del relieve submarino y a medir profundidades. Así fue transcurriendo  su vida hasta que el 18 de agosto de 1947 resultó herido de gravedad en la llamada Explosión de Cádiz al estallar el polvorín militar donde se almacenaban unas 1600 cargas explosivas pertenecientes a la Guerra Civil Española y a la Segunda Guerra Mundial que por circunstancias aún no suficientemente aclaradas explosionaron prácticamente al unísono, provocando la mayor catástrofe gaditana que se recuerda después del maremoto de 1775. El balance oficial fue de 155 muertos y más de 5000 heridos, aunque se sospecha que fueron muchos más. Por este motivo sería licenciado.

Tras algunos trabajos en Cádiz, marcha con un amigo a Tenerife y allí se introducirán de polizones en un barco mercante con rumbo a Buenos Aires, aunque ya en alta mar fueron descubiertos y retenidos hasta llegar a Buenos Aires donde serían entregados a la policía. Pero cerca del puerto se tiraron al agua y sólo Vicente alcanzaría a nado la orilla. Ayudado en la ciudad por españoles, lograría enrolarse en la Marina Mercante. En 1950, con 24 años, en uno de los viajes habituales de la compañía, llega a Nueva York y en la escala desembarca pero no regresa al barco, siempre con la idea de cambiar su vida aventurera por una más estable en la Gran Urbe, ciudad a la que todos los artistas querían llegar.

Sin embargo las cosas no salen como uno desea y es detenido con la intención de devolverlo a su país, aunque antes le ofrecieron la posibilidad de alistarse en el ejército americano como soldado en una de las bases de la Fuerza Aérea  de los Estados Unidos e ir a la Guerra de Corea, conflicto bélico que se había desatado en esos momentos. Y Vicente no lo dudó con tal de huir de la miseria castellana, se apuntó y fue destinado a una de las bases que las Fuerzas Aéreas Norteamericanas  tenían en Japón, desde donde hacían incursiones a Corea para bombardear los objetivos. Allí estuvo los tres años que duró la contienda hasta que llegó el acuerdo de paz. A su regreso, fue ascendido a sargento y se le reconoció la nacionalidad americana, así como la condición de miembro de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, siendo destinado a la Base Aérea de San Diego en California, logrando así su anhelado sueño de conocer la tierra de El Coyote.

Vicente Granados junto a la bailaora Carmen Mora en Nueva York en 1965, con motivo de la boda de la artista con el bailaor Mario Maya.

El 23 de septiembre de 1953, en el contexto de la llamada Guerra Fría, se firman los Pactos de Madrid por los que España decide ceder a Estados Unidos el uso de cuatro bases militares entre las que se encontraba la de Morón de la Frontera. El impacto en la zona fue impresionante hasta el punto de llegar a tener una presencia de hasta 2.200 militares y 500 civiles norteamericanos y el estacionamiento de hasta 26 aeronaves. Este momento sería aprovechado por Vicente para su traslado a Morón. En 1956 se había producido un hecho excepcional para el flamenco, la llegada de Donn Pohren. Este americano de Minnesota, músico de afición, nacido en 1929, se traslada a Madrid, después de haber conocido en Méjico a Carmen Amaya y a Sabicas, atraído por el flamenco, donde regentará el Tablao Los Gabrieles y conocerá a la que será su mujer, la bailaora Luisa Maravilla. Más tarde se traslada a Sevilla y entra a trabajar en la Base Aérea de Morón como contable. Por entonces conoce a Diego del Gastor iniciándose una relación fructífera. Tal fue la impresión que le produjo, que en 1965 inicia las gestiones para crear un Centro de Flamenco en Morón después de comprar allí una hacienda que llamará “Finca Espartero”, donde establecerá una residencia y un lugar de encuentro flamenco. Por esta finca pasarán americanos muy variopintos, músicos de jazz y blues, como el propio Donn Pohren, Kenny Parker (el lebrijano), David Jones (David Serva), Thomas Sorensen (saxofonista que tomará el nombre de Tomás de Utrera como guitarrista); periodistas como Moreen Silver (María la Marrurra) y Chris Carner; fotográfos como Steve Kahn (fallecido en estos días), David George, Daniel Seymour y otros más, que han dejado bellos testimonios de aquella época. Diego del Gastor será la estrella principal, pero junto a él estarán su cuñado Joselero, Manolito de María, Anzonini del Puerto, Fernandillo de Morón, Perrate, El Funi, Rosalía de Triana, Fernanda y Bernarda, Juan Talega, Antonio y Curro Mairena, además de la familia de Diego.

Vicente fue amigo de Donn Pohren y visitaba con frecuencia la Finca Espartero siempre acompañado de su fiel grabadora. En 1969, en uno de mis frecuentes viajes a Sevilla, tuve la suerte de caer con Miguel Acal en el bar Pepe de Morón, Miguel me presentó a Diego y al decirle que era de Zamora, alguien me señaló a Vicente, también zamorano, con el que inicié una buena amistad, incluso nos veíamos en Zamora cuando visitaba a su familia. El 18 de julio de 1970 sufriría un accidente de coche en el que murió su buen amigo Fernandillo de Morón, algo que marcaría su vida.

Poco a poco se fue aficionando a ese flamenco más arraigado de los gitanos de la zona; lo que en verdad admiraba era esa forma de vida, de manifestar los sentimientos, algunos de ellos vivían en condiciones míseras, como Manolito de María que residía en una cueva y que sus cantes eran comparables, al menos emocionalmente, a los auténticos blues de los negros del sur de los Estados Unidos. Ese flamenco que se oía entonces en Morón era como los blues, íntimo, cargado de una emoción que traspasaba el alma de quien lo escuchaba, convertido en grito primitivo y salvaje. Este cante de ecos ancestrales era el que emocionó a Vicente Granados hasta el punto de llegar a ser representante de flamencos en Estados Unidos. En 1965 organiza un viaje a Nueva York con su gran amigo Mario Maya, en este viaje Mario se casaría con Carmen Mora, siendo Vicente testigo de la boda y especial invitado. Además organizó varios espectáculos que llevó por Nueva York y San Francisco con Miguel Funi, Enrique el Cojo, Paco Valdepeñas, Mario Maya y diversos cantaores, además de la presencia de Mario Escudero y Sabicas, de los que era buen amigo.

Tanto de las actuaciones en Estados Unidos como las de la Finca Espartero y de la casa de Donn Pohren en el barrio sevillano de Santa Cruz, fue recogiendo testimonios con la grabadora hasta llegar a tener más de 200 bobinas de audio y de video (grabadas en sistema americano) que he ido recopilando en colaboración con la familia y que se han depositado en el Museo Etnográfico de Castilla y León con sede en Zamora, para poderlas restaurar y digitalizar, a fin de que todos los aficionados al flamenco puedan disfrutar de este archivo. Desde el Museo Etnográfico se han iniciado conversaciones con la Junta de Andalucía y con la Universidad de Sevilla para encontrar formas de colaboración. Quiero también destacar mi agradecimiento a la familia por su generosidad y altruismo, siempre a favor del Flamenco, con el recuerdo y el respeto hacia Vicente Granados, un zamorano en Morón, que nunca renunció a su tierra.

 

José Ignacio Primo

 

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