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¡¡Cantes libres!! De relojes, compases y medidas

Por eso hay que volver a los clásicos. Se acude a ellos no para copiarlos, sino para pensarlos. Para crecer sin amaneramientos. Para aprender sus conceptos. Es difícil, sí, pero por eso escasean los grandes artistas, los grandes cantaores.

La comprensión del flamenco ha avanzado una barbaridad en las últimas dos décadas gracias al interés que han mostrado los musicólogos en explicar el género. En lugar destacado ha quedado la descripción de los distintos compases del flamenco de una manera objetiva y muy comprensiva para los legos en lenguaje musical. La feliz idea de Faustino Núñez consistente en representar las acentuaciones con el célebre «reloj flamenco» es buen ejemplo.

Cualquier joven que quiera aprender a tocar la guitarra, cantar o bailar no tendrá más remedio que guardar un escrupuloso respeto a las medidas de los tiempos. Unos asimilarán el compás de una manera reglada o académica, y otros, al tener la suerte de nacer en un entorno en el que es un idioma natural, lo aprenderán por ósmosis. Sea como sea, es inconcebible que alguien con cierto nivel acuda a un teatro a cantar atravesao por soleá, cosa que no era infrecuente entre cantaores —algunos magníficos— nacidos antes de los años 50.

Hoy los estilos llamados «de compás» —denominación vaga que habría que ir desterrando— se suelen cantar más cuadraos que hace décadas. Otro asunto es la emoción y personalidad que se les imprima y el tempo con que se ejecuten. Por poner un ejemplo, hay una tendencia actual en ralentizar la soleá hasta hacerla tediosa, aburrida. Lo mismo pasa con los tientos o las seguiriyas, cantes que quedan desnaturalizados a causa de una excesiva extensión de sus tercios. Aunque vayan ajustados a compás, si no hay un tempo vivo suelen ser soporíferos.

 

«El vídeo de Carbonerillo derrumba esa opinión. Era el concepto, el fondo, lo que llevaba a esos genios a cantar de esa forma. Por eso fondo y forma vienen a ser lo mismo en las obras redondas»

 

En los estilos «libres» —otra denominación vaga— la cosa es más confusa. Me refiero sobre todo a derivados del fandango como malagueñas, granaínas, cartageneras y tarantas. Parece que al abandonar la guitarra su primitivo compás ternario los cantaores pueden alargar los tercios a placer (ad libitum) sin tener ningún tipo de sujeción. O eso creen. Ciertamente aquí el ajuste al compás no es tan exigente como en una cantiña, pero hay algo que suele olvidarse: el sentido del cante. Y no hablo de facultades, sino del concepto que se tenga de lo que es el cante.

Hace unos días un amigo me envió el enlace a un vídeo de una actuación reciente. En ella un cantaor interpreta dos granaínas: la «corta» o de preparación (antes llamada «media granaína») seguida de la «larga» o de conclusión (a la que hoy llaman, a mi parecer erróneamente, «media granaína»). El temple con el consabido «tiriay» viene a durar un minuto completo y las coplas dos minutos cada una. Con la introducción y el interludio de guitarra la pieza se acercaba a los ocho minutos. Al terminar de escuchar eso estaba aburrido como una ostra. ¿Estaban mal cantadas las granaínas, desafinadas, mal vocalizadas? ¿Tocó mal el guitarrista? ¡En absoluto! Todo impecable. Pero tantos alardes de ejercicios respiratorios consiguieron que el conjunto me resultara soporífero. Además de que el sentido de las coplas se iba diluyendo a fuer de alargar melismas y no saber uno por qué palabra iba. Sin entrar en la calidad literaria de las letras. Eso es otro cantar.

Como contraste, pocas semanas antes todos pudimos ver y escuchar un vídeo de Carbonerillo con la guitarra de Antonio Peana en las que el cantaor sevillano interpreta con exquisito gusto dos tarantas de Linares sin pestañear. Cantadas en su justa medida. En cuatro minutos no nos provocó tedio sino todo lo contario. «¡Señores, el paladar!», que decía la Niña de los Peines en una de sus grabaciones.

Tendríamos que acudir de nuevo al reloj, pero no al de Faustino, sino a un cronómetro. Tomemos unas granaínas, o unas malagueñas o unos cantes levantinos de Chacón, de Vallejo, de Mojama, Pastora, Cepero, del Cojo de Málaga, y midamos lo que duran la interpretación de las coplas y comparemos con lo que se hace hoy. Comprobaremos que empleaban menos de la mitad de tiempo y eran los grandes artífices, que mostraban todos los matices de la música sin hacerse jartibles. A todos los mentados la naturaleza los dotó de facultades suficientes como para alargar los cantes al doble. No lo hicieron porque tenían un concepto de la justeza interpretativa que es difícil encontrar hoy. Y no, no tiene nada que ver con las limitaciones de tiempo de las placas de pizarra. El vídeo de Carbonerillo —como inteligentemente me hizo notar Carlos Martín Ballester— derrumba esa opinión. Era el concepto, el fondo, lo que llevaba a esos genios a cantar de esa forma. Por eso fondo y forma vienen a ser lo mismo en las obras redondas.

 

«Aviso a los nuevos cantaores: medida justa, sentimiento y paladar han de ser los pilares en los que se sustenten esos hermosos estilos. Más que llamarlos «libres» habría que llamarlos «presos», pues están encerrados en corsés de vaciedad expresiva. ¡¡Liberémoslos!!»

 

Acudir a un concurso de este tipo de cantes puede ser un deporte de alto riesgo, pues la tensión arterial puede caer por los suelos y no es plan de que nos dé una lipotimia. Todo tan medido, sin espacio para un quejío inesperado, todo tan alargado, tan extendido, tan manoseado que más que un cante que pretenda mostrar emoción se parece más a la masa estirada de un hojaldre que puede llegar a ocupar toda la encimera a base de pasar el rodillo.

Por eso hay que volver a los clásicos. Se acude a ellos (a los de la literatura, pintura, música, etc.) no para copiarlos sino para pensarlos, para crecer sin amaneramientos. Para aprender sus conceptos. Es difícil, sí, pero por eso escasean los grandes artistas, los grandes cantaores en este caso.

Aviso pues a los nuevos cantaores: medida justa, sentimiento y paladar han de ser los pilares en los que se sustenten esos hermosos estilos. Tal como está la cosa, más que llamarlos «libres» habría que llamarlos «presos», pues están encerrados en corsés de vaciedad expresiva. ¡¡Liberémoslos!!

Como no está todo perdido, termino con dos ejemplos de magníficas interpretaciones de estos cantes. Uno es un vídeo en el que canta Perico el Pañero con su paisano Fran de Algeciras. Fue el 9 de marzo de 2019 en el edificio de la Mancomunidad de Municipios del Campo de Gibraltar, situado en Los Barrios. El audio es del jerezano Ezequiel Benítez con la guitarra de Paco León, en un recital en el Círculo Flamenco de Madrid el pasado 15 de abril. Ambos cantaores ceden amablemente los audios para ExpoFlamenco.

 

 

 

 

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Ramón Soler Díaz (Málaga, 1966) es profesor de Matemáticas e investigador de Flamenco. Con estos antecedentes penales lo mismo se sale por la tangente que te sale por peteneras, por eso ha publicado varios libros sobre flamenco y lírica tradicional.

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