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La ‘fake new’ de un aniversario

El flamenco olvida con facilidad a sus héroes y premia de continuo a los traidores. Y así llevamos, por tanto, once años celebrando la farsa de “la buena suerte”.

El flamenco olvida con facilidad a sus héroes y premia de continuo a los traidores. El político de turno sabe que pronto se evadirán sus desmanes porque en el mármol donde la Administración esculpe el olvido, habitan aquellos recuerdos que son como la memoria de los muertos, que tienen los ojos cerrados a la realidad.

 

Por el contrario, quienes sí los tienen bien abiertos son los recuerdos. Nuestros recuerdos afloran cada vez que los evocamos. Y es necesario rememorar no sólo para distinguir lo relevante de lo irrelevante, sino para derribar los muros del entorno publicitario y salir de la burbuja del poder y del intercambio de favores.

 

Desde que el campo político se convirtió en publicitario, la verdad política es un valor a la baja. Las noticias-propaganda campan a sus anchas, aun siendo inciertas, y es el gobierno de la mentira que, repetida mil veces y sin posibilidad de contrastarla, se convierte en verdad única. Es cuando se impone la Pseudocracia, la subcultura de lo fingido en la que todo está pensado para que soportemos el sistema establecido sin rechistar.

 

Y en este ir más allá de la teoría de los hoax (bulos) para aplicar la praxis de los datos a la información, recordemos que el 16 de noviembre de 2010 el flamenco obtenía en Nairobi (Kenia) su máximo reconocimiento internacional al incluirse en la Lista Representativa del Patrimonio Inmaterial de la Humanidad de la Unesco. Un año después, el Consejo de Gobierno de la Junta de Andalucía declaró el 16 de noviembre como Día del Flamenco en el ámbito de la Comunidad Autónoma de Andalucía. Y así llevamos, por tanto, once años celebrando la farsa de “la buena suerte”.

 

 

«Poner en igualdad los valores históricos, culturales, identitarios e incluso comerciales del flamenco con los castells de Cataluña, el canto de la Sibila de Mallorca, la marimba sudamericana o la cetrería era rebajar su prestigio a fin de disfrazar la realidad en su beneficio»

 

 

Pero toda conmemoración se sustancia en los recuerdos, porque pese a las proclamas de los que no se habían leído los preceptos para tal catalogación, quien les habla fue el único crítico que no lo celebró, ya que como titulé en El Mundo, Ganan pocos, pierden casi todos. Y el tiempo ha venido a darme la razón.

 

La Unesco dijo sí a una música con proyección internacional desde mediados del siglo XIX. Algunos lo festejaron con champán y jolgorio. Parecía que por fin nos autorizaban a decir que somos lo que sabían hasta los tontos de babero: Patrimonio Cultural e Inmaterial de la Humanidad. Menos mal que uno pensaba que decidieron incluirnos en la lista no por el subnivel mediático de El sol, la sal, el son, que Canal Sur emitía por entonces, sino porque el flamenco es la decantación de la historia de Andalucía.

 

Estaba, por tanto, moderadamente de enhorabuena porque se dio carácter oficial a lo evidente. Pero eso no encubría nuestra carga de complejos. Porque poner en igualdad los valores históricos, culturales, identitarios e incluso comerciales del flamenco con los castells de Cataluña, el canto de la Sibila de Mallorca, la marimba sudamericana o la cetrería era rebajar su prestigio a fin de disfrazar la realidad en su beneficio.

 

Ítem más. Se ha escrito y hablado hasta la saciedad de las bondades de esta nominación. Incluso se han resaltado en grandes titulares las subvenciones y el futuro bienestar de los flamencos. Pero la realidad desmonta todas las campañas de propaganda y contradice los titulares interesados de los medios adictos.

 

Analicemos, por ello, la situación. En los previos a la catalogación, mientras que la Agencia del Flamenco daba en 2009 más de 2,5 millones de euros de subvenciones a las figuras de siempre, las peñas flamencas, que sumaban entonces 315 en Andalucía, sólo recibieron 250.000 euros, la décima parte, y los festivales flamencos de la canícula 135.000 euros, es decir, la décimo novena parte.

 

 

«Once años después, todo el sector cultural ha llegado a la convicción de estar ante el timo de un tocomocho ya incorporado a los libros de historia, en los que reza cómo el flamenco no ha ganado absolutamente nada con la catalogación de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad»

 

 

Una mirada a los Boletines Oficiales de la Junta de Andalucía (BOJA) de 2007 a 2009 delata, mismamente, que el mayor porcentaje de las subvenciones dadas, que se aproximan a los 4 millones de euros, fueron a parar a las empresas que representan sólo a una docena de artistas mediáticos y que ya denuncié en la conferencia inaugural del IV Congreso Internacional de Peñas Flamencas, de lo que se colige que la Agencia Andaluza para el Desarrollo del Flamenco no cesaba en extender en cada proyecto un ERE de extinción de la población flamenca.

 

Pero como dicta la ley de Murphy, con la matraca del Patrimonio Inmaterial de la Humanidad hemos ido a peor. En 2013 las subvenciones al tejido asociativo fueron de 65.000 euros, y en 2018 ascendieron a 120.000 euros. Este año de 2021 se han reducido, en cambio, a casi la mitad, a los 65.000 euros de 2013, y días atrás la Agencia Andaluza de Instituciones Culturales anunciaba que los flamencos que quisieran participar en los actos del 16N no tendrían contraprestación económica alguna, con lo que la perspectiva sólo admite una concluyente reflexión: las políticas de la Junta de Andalucía no sólo no reducen el poder adquisitivo de la gran población flamenca, sino que son inaceptables por su ineficacia en la gestión y por su arbitrariedad en el reparto, lo que ha llevado al aumento enriquecedor de unos pocos a cambio de, por un lado, provocar en el género la mayor caída de consumo en los pueblos de Andalucía, y, de otro, sumir al sector en una crisis que se ahonda en cada ejercicio económico.

 

La situación es, pues, insostenible para las Peñas, que no podrán garantizar su futuro, pero también para el 90 por ciento de la población flamenca. Y se agrava si reparamos en el segundo espacio de acción, en los festivales de verano. Éstos pasaron en Andalucía de 285 antes de la muerte en 1983 de su impulsor, Antonio Mairena, a 191 el año de la Expo 92, y a 87 en 2008, cuando arrancó la primera crisis, habiéndose celebrado en 2021 poco más de medio centenar, todos subvencionados por la Administración pública pero con una dotación económica de la Consejería de Cultura y Patrimonio Histórico de sólo 40.000 euros, con los sempiternos cabeceras de cartel, y la mayoría sin ajustarse al cumplimiento de la Ley de Espectáculos Públicos y Actividades Recreativas.

 

El tercer ámbito de actuación son los Tablaos, que quedaron sin espacio y sin turismo, sus dos flujos principales. Sin ayudas directas y sin medidas fiscales, el aumento de la morosidad ha crecido, pues, exponencialmente en el colectivo artístico. Y si la pérdida de trabajo es tan clara como oscuras las intenciones de la Covid-19, no hay que ser visionario para constatar que aquel triunfalismo exageraba los beneficios de la nominación.

 

Once años después, todo el sector cultural ha llegado a la convicción de estar ante el timo de un tocomocho ya incorporado a los libros de historia, en los que reza cómo el flamenco no ha ganado absolutamente nada con la catalogación de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, por más que la Administración Pública española persista en el complot de esta mascarada, o que el Instituto Andaluz del Flamenco revalide la persecución sistemática a las Peñas Flamencas de Andalucía al acoger en su seno a la SGAE, los días 15 y 16 del mes en curso, para celebrar el Día del Flamenco.

 

La decepción sigue poniendo sombras en los sueños de un mañana cargado de engaños. Todo ha quedado reducido a la fake new de un aniversario, a un logotipo para la cartelería, y, por supuesto, a un término más en el inventario de la Unesco, organismo que no es la panacea de la productividad, ni tampoco el elixir alargador de la vida flamenca, por más que haya consignas que de manera torticera señalen lo contrario.

 

 

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De Écija, Sevilla. Escritor para el que la verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio. Entre otros, primer Premio Nacional de Periodismo a la Crítica Flamenca, por lo que me da igual que me linchen si a cambio garantizo mi libertad.

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