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Réquiem por el futuro

La canalla política es incapaz de devolvernos la esperanza. Todo conduce a la decepción, al réquiem por el futuro. Los flamencos tienen, pues, la última palabra: escojan entre la libertad o el autoengaño.

La cultura no florece sin el apoyo institucional, y si no que se lo digan a Miguel Marín, nombrado comisario, junto a Rocío Márquez, del Congreso Mundial del Flamenco, una especie de convención que va a organizar el Instituto Cervantes tras la firma del convenio con la Unión Flamenca y que se presentará el próximo 29 de marzo “con la presencia de Carmen Linares, Arcángel, Rocío Márquez o Marina Heredia”, que para eso trabaja la gandulería política, para la foto. El resto de la semana descansa.

La plana mayor del sindicato garantiza, pues, la exclusividad, y toman un rol activo los artistas que se encuentran explícitamente orientados hacia el sistema político, régimen que además aprovecha el apellido para ridiculizar lo jondo anunciando la preparación de Caminos del Flamenco, el nuevo programa de la RTVE con Miguel Poveda y Soleá Morente, a la que sólo una mente descerebrada y obscena puede presentar como “uno de los rostros imprescindibles del flamenco actual”.

Lejos de evaluar la funcionalidad de cómo el término flamenco puede caer en la ambigüedad, estamos interesados en debatir el divorcio absoluto entre las políticas culturales y el flamenco sin artificios. Hay una retórica basada en un discurso sin acento, simplón, y que solo persuade a la colectividad de los famosos. Al resto, ni caso.

 

«Que se enteren los botarates de la gestión inútil. Si hay un arte donde la libertad no es dada, sino ganada, ese es el flamenco, un barco para que la libertad no quede anclada en la orilla del olvido. Por eso no hay flamenco sin libertad»

 

Urge, por consiguiente, no redefinir el flamenco, que para eso está la Bienal de Sevilla, sino para reafirmarlo culturalmente. Y hay que hacerlo desde el compromiso, desde el deber político, que implica participación y un sentimiento de eficacia, pero también desde el axioma de Ortega y Gasset: sólo se aguanta una civilización si muchos aportan su colaboración al esfuerzo, porque si todos prefieren gozar el fruto, la civilización se hunde.

Verbigracia. En junio de 2019, el viceconsejero de Presidencia, Administración Pública e Interior, y portavoz del Gobierno andaluz, Elías Bendodo, criticó el “auténtico disparate” de la Agencia Andaluza de Instituciones Culturales, que por entonces –agárrense que vienen curvas– contaba con “un presupuesto de 24 millones, 18 eran para pagar nóminas de 483 empleados y 5 millones para gastos generales, por lo que sólo un millón quedaba para la acción cultural”. ¡De vergüenza!

Dos años después, nos acabamos de enterar que la gran asignatura pendiente del ‘Gobierno del Cambio’ es que la administración paralela –hasta 54 entes– nos cuesta a los andaluces 5.358,82 millones de euros. Sólo con el 1 por ciento salvaríamos al sector del flamenco. Pero no. Patricia del Pozo, la titular de Cultura, abonó los impagos del gobierno de Susana Díaz y ayudó a las 301 peñas flamencas, pero ahora pone únicamente 140.000 euros a disposición de los festivales de pequeño y mediano formato, cantidad tan estrambótica como tener descabezadas las dos entidades que nos afectan, el Instituto Andaluz del Flamenco y el Centro de Documentación del Flamenco.

Ítem más. El pasado 17 de marzo, José Manuel Rodríguez Uribes, ministro de Cultura del Gobierno de España, en réplica al popular Miguel Lorenzo aseguró en el Senado que durante toda la pandemia de coronavirus ha hecho “más en un año que el PP en los últimos seis años por la cultura”, concediendo “80 millones en ayudas directas”, de los que 0 euros –esto lo digo yo– han ido a parar al flamenco.

 

«Al mayor activo de la industria cultural de España, el flamenco, la vagancia política lo está convirtiendo en pasivo. No se les exige a los garantes públicos principios y coherencia, que eso se trae de casa, pero sí que primen la hondura, los méritos y la capacidad, y no la jerarquía, la afinidad o la ideología»

 

Entre las declaraciones de Elías Bendodo y lo manifestado por Rodríguez Uribes están, obviamente, las limitaciones aclaratorias. Para la Administración, el flamenco en España está relegado a un segundo plano. Desde que se declaró el estado de alarma hace ya más de un año, la oferta de propuestas ha sido nula. Y ahora que se anuncian, no se refieren a esquemas generales para paliar el hambre física de artistas, técnicos y/o programadores, tampoco van a revitalizar el papel apremiante de lo jondo en los espacios de la esfera pública, sino que se destinan a mecanismos de control, a la coartada de la red clientelar, ignorando a la investigación, a las discográficas y a la digitalización de los fondos audiovisuales de las peñas flamencas, con lo que están posibilitando que haya más encontronazos entre el tejido asociativo y el profesional que colaboraciones.

El flamenco tiene que ser un factor de cohesión, no de división. No priorizar el rescate del tejido social en un sistema cohesionado es hacer de nuestra industria cultural un foco de deslealtad, desintegrar nuestra identificación, convertir, en definitiva, algo vivo en la nadería estática, cuando el flamenco sólo tiene un medio para sobrevivir, el escenario.

Es momento de dar, por tanto, una vuelta de tuerca a los mecanismos de participación. Puede haber una concentración nacional de los 93 tablaos que hay en España y que están tiesos pese a que dan trabajo al 95 por ciento de los artistas; e incluso indignación en los peñistas, o movilización de trabajadores del espectáculo. Al final, la mediocracia política sólo atiende a quienes actúan con ventaja competitiva. Del resto, oyen sus quejas, pero no escuchan sus peticiones.

 

«No priorizar el rescate del tejido social en un sistema cohesionado es hacer de nuestra industria cultural un foco de deslealtad, desintegrar nuestra identificación, convertir, en definitiva, algo vivo en la nadería estática, cuando el flamenco sólo tiene un medio para sobrevivir, el escenario»

 

Al mayor activo de la industria cultural de España, el flamenco, la vagancia política lo está convirtiendo en pasivo. No se les exige a los garantes públicos principios y coherencia, que eso se trae de casa, pero sí que primen la hondura, los méritos y la capacidad, y no la jerarquía, la afinidad o la ideología.

Que se enteren los botarates de la gestión inútil. Si hay un arte donde la libertad no es dada, sino ganada, ese es el flamenco, un barco para que la libertad no quede anclada en la orilla del olvido. Por eso no hay flamenco sin libertad, por más que nos den libertad, sí, pero para la muerte. Y es el momento de decir ¡basta! El reparto es perverso. El descontrol del gasto público no es capaz de convertir el mañana en algo positivo. Y la pandemia está afectando muy severamente a los más vulnerables, a los olvidados de un sistema político que está viendo pasar el funeral de lo que nos identifica.

Mantengo, por último, contacto diario con mis gentes, con los de mi Cultura, con los flamencos, y lo escribo con ira, porque todo deriva a lo mismo: la canalla política es incapaz de devolvernos la esperanza. Todo conduce a la decepción, al réquiem por el futuro. Los flamencos tienen, pues, la última palabra: escojan entre la libertad o el autoengaño.

 

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Écija, Sevilla, 1952. Escritor para el que la verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio. Entre otros, primer Premio Nacional de Periodismo a la Crítica Flamenca, por lo que me da igual que me linchen si a cambio garantizo mi libertad.

1COMENTARIO
  • Anja 22 marzo, 2021

    Muy buen análisis de la situación actual del flamenco

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