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La cultura que nos autodefine

La cultura, entendida como el estilo de vida de un pueblo, aparece allí donde la inteligencia ha incorporado valores a la naturaleza que, a su vez, sirven a los pueblos para autodefinirse. El flamenco es nuestra identidad cultural, nuestro mejor capital y la posibilidad más cierta de subsistencia.

El pasado domingo la RTVE nos dio a conocer en su segundo canal el documental Manolo Sanlúcar, el legado, en el que el amigo y maestro lanza entre otras sentencias una que, aunque inapelable, es aceptada en su totalidad pero que no hacemos nada por cambiarla. El compositor, guitarrista y escritor, dijo: “Aquel que quiere hacerse notar a base de alterar los cánones, ese no sabe ni dónde vive”.

 

A la luz de ese dictamen que asumo como propio, el canon forma parte de nuestra identidad y está conformado por una serie de normas fijadas de acuerdo a los preceptos de las épocas que nos han precedido, lo que me retrotrae a los albores del decenio de los ochenta, cuando hablábamos de la amenaza de una decadencia evitable. Ahora, 40 años después, lo que empieza a ser problemático es que sea evitable. Y me explico.

 

Todo aficionado cabal con formación y alguna sensibilidad intelectual o estética experimenta a diario una impresión penosa: el descontento. Como pocas cosas me descontentan más que no entender, no me limito a experimentar esa impresión, sino que procuro averiguar sus causas. Se pensaría que se ha producido una mengua de las dotes de nuestro tiempo, que los flamencos de las últimas generaciones son menos inteligentes que hace algún tiempo.

 

Pero esta explicación ni la comparto ni me convence, dado que si los flamencos son hoy tan inteligentes como antes, y sus obras no lo son, salvo un número limitado de excepciones, hay que preguntarse por qué. No se ha perdido la inteligencia, lo que ha descendido de manera aterradora es su prestigio, su estimación, su reivindicación y, en definitiva, su vocación personal y su exigencia de autenticidad.

 

 

«Hay un extraño igualitarismo compensado por la amistad, los intereses económicos, el partidismo y el papel tergiversador que ejercen muchos medios de comunicación, que meten como flamencos a quienes están más cerca del Fary que de Manuel Torre»

 

 

Se confunde todo. Hay un extraño igualitarismo compensado por la amistad, los intereses económicos, el partidismo y el papel tergiversador que ejercen muchos medios de comunicación, que meten como flamencos a quienes están más cerca del Fary que de Manuel Torre. Se habla interminablemente, por demás, de algunos fenómenos de feria a pesar de su notoria mediocridad, y poco o nada de otros que sí tienen un valor incomparablemente superior. Flamencos normales estos últimos que tienen vocación y algo tan importante y valioso como la afición. Artistas que sienten el placer de aplicar sus talentos a algo para lo que se sienten haber nacido. Y con eso basta, les importa más que el éxito –que rara vez suele ser espectacular–, el resultado de su esfuerzo.

 

La salida a ese disfraz, a ese fenómeno advenedizo a la realidad flamenca y al gran interés que en él pone la clase gobernante, no es, por tanto, más que el camino interior, es decir, la tradición, la transmisión desde el pasado al presente, y de seguro hacia el futuro. Y eso es algo que sólo le pertenece al ser flamenco, que, ora como individuo, ora como miembro de un grupo, es quien inventa, asume y perfecciona tradiciones, lo que no quita que haya tradiciones hospicianas porque se desconoce a su inventor, pero no porque aparezcan por generación espontánea.

 

Las sociedades son, en consecuencia, destinatarias, portadoras y preservadoras de las tradiciones, pero no sus creadoras. Los hacedores son arquetipos del alma popular andaluza, personajes muy concretos de Andalucía, con nombres y apellidos, y a la que quedaron ligados por lazos tradicionales. Asunto este nada baladí y que debieran considerar siempre nuestros responsables públicos, que suelen olvidar que la tarea que desarrolla la tradición flamenca conlleva la impronta de la identidad, que se configura a su vez como el centro a partir del cual se irradian las tradiciones presentes en la obra de nuestros artistas contemporáneos, en la que han de confluir motivos de obras anteriores, pero que también permita la proyección de motivos en obras posteriores.

 

 

«Los españoles sabemos, sentimos, que el flamenco es nuestra expresión artística que más dignamente nos muestra ante los otros. Se trata de algo que se hereda de generación en generación»

 

 

El más preciado tesoro de una comunidad histórica es, pues, su identidad cultural. Y los españoles sabemos, sentimos, que el flamenco es nuestra expresión artística que más dignamente nos muestra ante los otros. Se trata de algo que se hereda de generación en generación. Este legado no es un objeto. Es algo vivo y, por lo tanto, vulnerable –puede destruirse o acrecentarse–, pero también es suministrador de ideas, de ahí que decir que los pueblos necesitan de la tradición significa que todo hombre, por el hecho de habitar en un pueblo, es un heredero.

 

Desde esta óptica, difícil sería ya cuestionar que el artista flamenco, en modo alguno puede prescindir de establecer parámetros propios de los que exigen los contenidos de la tradición. Es más, tiene que cumplir con la no violación y con el deber de la belleza, siempre que se considere a la belleza como la expresión de la armonía de lo jondo.

 

Pues bien, en este marco conceptual, tengo para mí que el arte se logra íntegramente cuando, al mismo tiempo, y sin incurrir por ello en contradicción alguna, se ahonda en lo autóctono y trasciende a lo universal, es decir, cuando el artista se pone a crear y solamente él, él y el lenguaje, él y el flamenco, él y la tradición, entran en estrecha configuración.

 

 

«Si los flamencos son hoy tan inteligentes como antes, y sus obras no lo son, salvo un número limitado de excepciones, hay que preguntarse por qué. No se ha perdido la inteligencia. Lo que ha descendido de manera aterradora es su prestigio, su estimación, su reivindicación, su vocación personal y su exigencia de autenticidad»

 

 

Lo autóctono se revela, por consiguiente, como el sentido primordial de la creación estética, y si no recuérdense las distintas civilizaciones que se han sucedido en la historia. El pueblo se manifiesta como creador de cultura, mediante las vocaciones individuales que se dan en su seno y que constituyen verdaderos índices de la posibilidad creadora del mismo pueblo a que pertenecen. Y cuando se establece una convergencia entre el artista y el pueblo, es decir, cuando se profundiza en lo propio, entonces es cuando se produce el fenómeno de la identificación. Si no se produce ese reconocimiento mutuo, no se logra una verdadera cultura.

 

En conclusión, el contenido de una tradición, independientemente de su materia ética o declarativa, no sólo es este o aquel principio, este o aquel uso, sino que es cultura. La cultura, entendida como el estilo de vida de un pueblo, aparece allí donde la inteligencia ha incorporado valores a la naturaleza que, a su vez, sirven a los pueblos para autodefinirse, lo que explica que el flamenco sea nuestra identidad cultural, nuestro mejor capital y la posibilidad más cierta de subsistencia.

 

 

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De Écija, Sevilla. Escritor para el que la verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio. Entre otros, primer Premio Nacional de Periodismo a la Crítica Flamenca, por lo que me da igual que me linchen si a cambio garantizo mi libertad.

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