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Mascarillas para los inevitables

La saeta ¿flamenca? aparece por primera vez en la hemeroteca sevillana y madrileña en 1862. Juan Breva ya las cantaba en una comedia teatral en Madrid el año 1880, y Enrique el Mellizo las estuvo ejecutando hasta 1905.

Crece la quietud del Domingo de Ramos y redacto un reportaje de urgencia a sabiendas de someterme a la exposición mediática, sobre todo cuando escucho al clásico zascandil hablar de cuanto ignora. Cuesta a veces aguantar la risa ante quienes dan luz a sus pensamientos quitándose la mascarilla, especialmente porque si un infundio es fácilmente desmontable, difícil es tratar con los hooligans, aquellos que hablan más que leen, suelen carecer de credibilidad y cuando dan cuenta de sí mismos, hacen sonar todas las alarmas.

Traigo esto a colación porque situar el origen de la saeta en un lugar exacto es caer en la égloga del provincianismo, pero también desmerecer la primacía del individuo sobre el territorio. Tampoco se pueden dictar lecciones de mostrador abonando la tesis de que Agujetas o Antonio Mairena fueron los creadores de la saeta “gitana”, como así he escuchado a dos devotos “aficionados” de casquería en un fin de semana para el gozo.

Ha llegado a mis oídos la controversia de quien renuncia a la lógica, porque ambientar la saeta en la Judea de Pilato es mascar hiel sobre la historia, falsear la epistemología de un canto de temporada que se asocia al contenido religioso desde la segunda mitad del siglo XV, pero que reclama una autopsia al menos desde que fuera marcado indefectiblemente por la Contrarreforma, la respuesta de la reforma católica a la reforma protestante de Martín Lutero y que abarca desde el Concilio de Trento (1545) hasta acabada la Guerra de los Treinta Años (1648).

 

«Situar el origen de la saeta en un lugar exacto es caer en la égloga del provincianismo, pero también desmerecer la primacía del individuo sobre el territorio. Tampoco se pueden dictar lecciones de mostrador abonando la tesis de que Agujetas o Antonio Mairena fueron los creadores de la saeta gitana»

 

La luz de la biblioteca revela que en el XVI y XVII las hubo en verso y en prosa (jaculatoria), y se agruparon a lo largo del año en las procesiones de los misioneros franciscanos, sobre todo, tanto en Andalucía y el resto de España como en Hispanoamérica, además de ser recitadas a coro por éstos en el Santo Rosario y ligadas a los cánticos del Vía Crucis, lo que nos induce a pensar cómo se vincularon a las misiones religiosas, de ahí las llamadas “saetas del desengaño” o las “penetrantes”, que se hacen presentes en el ámbito procesional desde el último tercio del XVII y a lo largo del XVIII, dejando sus últimos vestigios a principios del siglo XX.

Antes de ver su amanecer en lo jondo, el camino de la luz nos lleva a la primera mitad del XIX. Son los Hermanos del Pecado Mortal –llamados entonces saetilleros– los que en sus rondas nocturnas lanzaban sus saetas –derivadas de las saetas de misión aunque haya autores que las hagan proceder de las coplas de ánimas y de los trovos de los Rosarios de la Aurora–, a modo de aviso para la conversión del pecador. Y a finales del XIX situamos a los cantos de ciegos, saetines que éstos entonaban durante la Semana Santa.

En esta secuenciación aparece otra modalidad, la saeta popular, llana, antigua o primitiva, que, al decir de Aguilar y Tejera, dejan de “ser exclusiva de misiones y prácticas devotas” y se convierten en glosas explicativas ligadas exclusivamente al mundo de las cofradías de la Semana Santa de las provincias de Sevilla y Córdoba, principalmente. Se configuran la mayor parte tras la desamortización de Mendizábal de 1834, entre fines del XIX y principios del XX, procedentes, por lo general, de romances, como sus hermanos los pregones, pero al convertirse, por un lado, en irreverentes y jocosas bañadas en los caldos de la tierra, y de otro, cargadas de ordinariez las coplas de los ciegos trovadores y los recitadores callejeros, tuvieron que ser prohibidas durante el último tercio del XIX.

Estos cantos populares toman carta de naturaleza flamenca en los albores del siglo XX. Canzonetistas y cantaores las dirigen directamente a las imágenes que procesionan en Semana Santa y las van amoldando a la madera noble de la tipología jonda, siendo Manuel Centeno, y no El Cojo de Málaga según mi fonoteca, el primero en grabar en 1922 la “saeta por seguidilla”, Parroquia de San Lorenzo, rematada con la toná del Cristo. No obstante, ambos modelos –la antigua, cantada por el pueblo, y la flamenca, ejecutada por los profesionales– convivieron hasta bien entrado los años veinte del siglo pasado.

 

«Cabeza fría cuando a los saeteros se les caliente la boca a partir del Lunes Santo. Así que feliz Semana Santa y protéjanse de los inevitables que se quitan la mascarilla ante el baúl de la historia. Son tan letales como el virus»

 

Con todo, la saeta (¿flamenca?) aparece por primera vez en la hemeroteca sevillana y madrileña en 1862. Juan Breva ya las cantaba en una comedia teatral en Madrid el año 1880, y Enrique el Mellizo las estuvo ejecutando hasta 1905, saetas que al parecer cohabitaron con las de Paco la Luz y su hermano Perico Cantarote, el Sr. Manuel Molina y Diego el Marrurro, en Jerez, y que invalidan, pues, toda apropiación interesada, máxime cuando en las primeras grabaciones fonográficas ya aparecen las saetas populares de El Mochuelo, La Rubia o El Canario Chico.

No hay que subir, por tanto, la voz en las polémicas, sino mejorar los conocimientos, porque volviendo a la segunda incitación de este artículo, Agujetas nace el año 1939, y  Antonio Mairena graba su primera saeta en 1959. Es decir, 31 y 51 años, respectivamente, después de la grabación en 1908 de la saeta de Manuel Torre (Por no saber lo que hacerle), que, a todas luces, desmonta la ingenuidad del argumento previo.

A más de esto, esa saeta corta y jonda llega a Sevilla con La Serrana y Manuel Torre, pero alcanzó fama con Manuel Centeno, al que le atribuyeron la saeta por seguiriyas. Error inasumible porque es oriunda de La Plazuela jerezana y el sevillano la recrea entre 1910 y 1919 -según Hipólito Rossy-, pero la canta por vez primera en Sevilla el año 1919 en los balcones del Club Belmonte, esto es, después de que la grabara Manuel Torre.

Junto a los citados hay, obviamente, clásicos vitales, unos irreductibles para mi gusto, como Pastora Pavón (1912), El Cojo de Málaga (1922), Manuel Vallejo (1923), Isabelita de Jerez (1927), Tomás Pavón (1929), El Gloria (1930), Manolo Caracol (1947), Antonio Mairena (1959), La Paquera (1962), Rogelio Barrera (1972), que hizo de la saeta un cante de resistencia, o el irrepetible Manuel Mairena, con el que tuve el honor de crear la primera exaltación de La Saeta en el Cante Jondo (Sevilla, 1987).

Cabeza fría, por tanto, cuando a los saeteros se les caliente la boca a partir del Lunes Santo, pero sin olvidar que la máscara de la memoria es la certeza. Así que feliz Semana Santa y protéjanse de los inevitables que se quitan la mascarilla ante el baúl de la historia. Son tan letales como el virus.

Imagen superior: Manuel Centeno

 

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Écija, Sevilla, 1952. Escritor para el que la verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio. Entre otros, primer Premio Nacional de Periodismo a la Crítica Flamenca, por lo que me da igual que me linchen si a cambio garantizo mi libertad.

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