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¿Totalitarismo flamenco? No, gracias

El totalitarismo ha llegado para quedarse. Esa nadería que nada aporta porque nada sustancial significa, esa fruslería que podría hacer cualquiera, se ha instalado en nuestros teatros y en la conciencia de la Administración.

A estas alturas de pandemia seguimos condenados a la precarización, sin ayudas directas ni esperanza, y nos están dejando morir, pero de hambre. No se puede esperar a la total inmunidad de grupo. Los flamencos, después de más de un año de inactividad, hacen colas en las casas de empeño porque sus familias no tienen qué echarse a la boca. Urge, pues, innovar y, sobre todo, medidas para volver a la actividad con total seguridad.

La Covid-19, además, nos está haciendo más fríos, distantes e individualistas. Es inconcebible que en un mundo global y con la engañifa de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, el flamenco esté en franca debilidad. Políticos que tienen la cabeza metida en el último tramo del tubo digestivo nos quieren con el camuflaje de la impotencia, y no admiten ni que se les planteen las dudas éticas fundamentales, cuando lo importante para la Administración –a ver si se enteran los sindicatos de la mamandurria– no radica en las respuestas, sino en formularle las preguntas adecuadas.

Es la historia del flamenco de los últimos 25 años, repleta de impostores. Para ellos no hay otra herramienta que la abulia, como la del PP andaluz, que está utilizando el mismo barro que el PSOE para moldear la ineficacia, presentada a través de una obra ficticia que es indeseable en sí misma por una serie de características negativas que son las causantes de la alienación de los flamencos. 

Quizá ello sea debido a los complejos ante los grupos de presión, los lobbies, conformados por artistas, gestores culturales y ese radicalismo feminista que fomenta la desigualdad y el odio, algunos de ética cuestionable pero todos con intereses comunes: llevar a cabo acciones en beneficio de ellos mismos pero con el dinero de los contribuyentes. Y no me refiero a la Asociación de Artistas Flamencos, reactivada y presidida por la bailaora Asunción Demartos. Ni tampoco a las limosnas que reciben las Peñas Flamencas de Andalucía. Y menos aún a la Unión de Peñas y Entidades Flamencas de la Ciudad de Sevilla, nacida en febrero pero constituida en asamblea el pasado 16 de mayo. 

 

«¿Totalitarismo? No, gracias. Nos degrada. Se necesita educación flamenca si no queremos que nos reescriban la historia según convenga a los intereses del Gobierno de turno y a los artistas que los ensalzan a través de plataformas creadas para unas dádivas que están matando a lo estrictamente jondo»

 

Aludo, entre otros, a la Bienal de Sevilla, que lleva años con el paso cambiado y que, en el afán de disponer de un equipo de suplentes y desprestigiar los Giraldillos, se ha convertido en un problema endémico para el flamenco, en la némesis de nuestra identidad. Y todo por mor de un Ayuntamiento que, al nombrar a Chema Blanco como director, utiliza lo jondo para posar, no para hacer, y de un delegado de Cultura, Antonio Muñoz, que, al incubar la exclusión, pretende dejar a la crítica hasta sin fuerzas para abuchearlo.

Señalo a la par al espejismo de Unión Flamenca, rebatida por la Asociación de Artistas Flamencos de Córdoba y retratada por respaldar a la Plataforma Andaluza de Apoyo al Lobby Europeo de Mujeres (Palem), en aras de desposeer a Fosforito, en vida, de la Llave de Oro del Cante, desconociendo lo aprobado en 2005. Pero también como lobby que ha venido para apoderarse de todo, que no admite más que a los artistas, y al que señalan como aspirante a ser administración paralela, un órgano de decisión que quita y pone, que señala quién o no está cualificado, y, en definitiva, un chiringuito que si condiciona y sale más fuerte de las reuniones con el Gobierno de España o la Junta de Andalucía es porque falta una asociación intrépida que no comulgue con ruedas de molino y que plantee de una puñetera vez el gran reto de representar a todos sin distinciones.

Apremia, por tanto, un plan de rescate, de ayudas reales y sin tantas trabas administrativas, porque los modestos, que suman el mayor porcentaje de la población flamenca, no ansían  ganar el dinero de los pretenciosos. Les basta con sobrevivir frente a los que sólo piensan en continuar engordando la cartera y decirnos, además, cómo debiera ser la crítica, cuando lo que están tratando de decir es cómo no quieren que los critiquen. Así que si la “prensa amiga” quiere que estén contentos, que siga contando las batallitas a su manera para no sólo cambiar la realidad, sino también el criterio del público. 

El totalitarismo ha llegado para quedarse. Esa nadería que nada aporta porque nada sustancial significa, esa fruslería que podría hacer cualquiera, se ha instalado en nuestros teatros y en la conciencia de la Administración. El truco, como le leí a Luis Ventoso, está en que se ha creado un círculo ‘snob’ y endogámico, cubiertos de una carcasa conceptual ininteligible que trata de poner en valor lo que carece de valor. Y el público, entre tanto, haciendo el pánfilo aplaudiendo estas nimiedades.

 

«Políticos que tienen la cabeza metida en el último tramo del tubo digestivo nos quieren con el camuflaje de la impotencia, y no admiten ni que se les planteen las dudas éticas fundamentales»

 

Sí, estimado lector. El totalitarismo ha entrado en la cultura flamenca del Estado de derecho. Vivimos una distopía y estamos instaurando el peor de los mundos que podíamos crear. Ese absolutismo que todo lo acapara con grandes producciones nos ha llegado de la mano de las ‘stupidifying’ de las figuras, pero también de la mediocridad que la propia estupidez ha instalado en nuestra sociedad al infantilizarla. Ya no tendemos a la excelsitud, sino que nos conformamos con la grisura de unos libretos pergeñados por auténticos paletos que no superaron ni la EGB.

A estos embaucadores les recuerdo que antes que maestro hay que ser alumno. Y a la sociedad civil les diría que para hacer frente a los que nos falsean la vida jonda y nos dicen el flamenco que tenemos que ver con los impuestos que pagamos todos, hay que oponerse públicamente a las doctrinas que emanan de ese pensamiento –buenista, amorfo y voraz–, que tendría que estar maldecido socialmente.

Se me objetará que todo el mundo tiene los mismos derechos, lo cual es matizable, porque quien manipula y tergiversa lo jondo para llevarse todas las subvenciones habidas y por haber, esto es, quien transgrede la identidad andaluza en contra de la sociedad, no puede tener los mismos derechos que quienes, como el tejido asociativo, educadores o investigadores, trabajan en pro de la sociedad. Pero el abuso continúa porque los políticos y sus chiringuitos confunden derechos civiles (relacionados con la Constitución) con derechos humanos (el derecho universal a comer). 

Corolario: ¿Totalitarismo? No, gracias. Nos degrada. Se necesita, en cambio, educación flamenca si no queremos que nos reescriban la historia según convenga a los intereses del Gobierno de turno y a los artistas que los ensalzan a través de plataformas creadas para unas dádivas que están matando a lo estrictamente jondo.

 

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Écija, Sevilla, 1952. Escritor para el que la verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio. Entre otros, primer Premio Nacional de Periodismo a la Crítica Flamenca, por lo que me da igual que me linchen si a cambio garantizo mi libertad.

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